La arquitectura española entre el neoclasicismo y el romanticismo

Teatro Real de Madrid. Fachada posterior
Época:
Inicio: Año 1800
Fin: Año 1900

Antecedente:
Neoclasicismo y Romanticismo

(C) José Rogelio Buendía Muñoz



Comentario

Si bien en la producción de Ventura Rodríguez el clasicismo italiano que envuelve sus edificios le aproxima a la corriente neoclásica, donde verdaderamente se vislumbra en España el nuevo modo es en el hacer de Juan de Villanueva (1739-1811). Este gran arquitecto, hermano menor de Diego, muestra una genialidad de la que éste carecía. Su arquitectura se basa en la auténtica asimilación del lenguaje neoclásico sin olvidar acentos castizos, los que le da una gracia que hace que sus edificaciones se encuentren entre las más airosas de su tiempo en Europa, como demuestra el Museo del Prado.
Si Juan de Villanueva da el primer paso dentro de la, arquitectura clásico-romántica, es un grupo de arquitectos que trabajan en torno a 1800 el que establece esta corriente en España de modo definitivo: Justo Antonio de Olaguibel(1752-1818), Antonio López Aguado (1764-1831), Isidro González Velázquez (1765-1840) y Silvestre Pérez (17671825).
Olaguibel es uno de los constructores neoclásicos que inicia una nueva sistemática no sólo en sus edificaciones sino en la planificación urbanística. El clasicismo-romántico llega a su cénit con una de las últimas producciones de Antonio López Aguado. Fue llamado el arquitecto afortunado, ya que después de la Restauración dinástica, al ser purificado Silvestre Pérez, le queda el campo libre en Madrid, encargándose de obras oficiales como la clasicista y solemne Puerta de Toledo, erigida en 1817 como entrada triunfal con motivo del regreso de Fernando VII. Un año más tarde, muestra por primera vez su faceta clásico-romántica en el desaparecido cenotafio a las víctimas del 2 de Mayo, donde utilizó el jónico, al modo del neogriego británico. Dentro de esta línea renovadora se inscribe su proyecto para el malogrado Teatro Real de Madrid, para el cual usa, como casi siempre, láminas de libros de arquitectura a las que, no obstante, infiere un carácter personal.
El paso decisivo hacia el romanticismo lo da Aguado en su intervención en la Alameda de Osuna, que se convierte en el más delicioso conjunto arquitectónico-paisajístico enclavado en la periferia madrileña. En él, la estética de lo pintoresco brilla con personalidad, si bien en los jardines trazados por franceses están presentes recuerdos galos e ingleses, sobre todo asemeja su traza a los del Petit-Trianon, en Versalles. Por su sensibilidad e inteligencia, doña María Josefa de Pimentel -duquesa de Benavente y Osuna-, protectora de la mayoría de los ilustrados españoles y del propio Goya, no sólo es quien promociona la obra sino su alma. Tanto en el interior del palacio como en sus jardines, lo caprichoso forma una simbiosis con el clasicismo. En las fantásticas arquitecturas de templetes, casitas, ermita... interviene un afamado pintor de escenografías teatrales, el milanés Angelo Tadei, y en cierto modo tiene relación con el Jardín del Príncipe, en Aranjuez, trazado por Villanueva. Pero la obra más bella del conjunto es el casino de baile, elevado por Aguado en 1815; en él se conseguían efectos lumínicos casi fantasmagóricos a través de especiales juegos de espejos. Para el interior del palacio Goya no sólo ejecutó cuadros de gabinete -así, su primera serie de Brujerías (1798)-,sino que diseñó su decoración. Indudablemente, la duquesa no quiso que El Capricho fuera la obra de un solo arquitecto, sino que al utilizar a varios artífices la convirtió en suya. Será Martín López Aguado (1796-1866), hijo de Antonio, quien finalice el palacio, añadiéndole un encantador pórtico con columnas corintias rematado por una balaustrada adornada con graciosas esculturitas.
Apartado Silvestre Pérez de los ámbitos cortesanos, el único rival importante que le queda a López Aguado en Madrid es Isidro González Velázquez. El sí era un arquitecto afortunado, pues había disfrutado durante cinco años, en Roma, de una beca concedida por la Corona y pertenecía a una ilustre familia de artistas, recibiendo una esmerada educación, lo cual le abrió, junto a su talento, las puertas ofíciales y privadas en plena juventud. Mas probablemente la base de su triunfo fue su sólida formación, producto en gran parte de su afán de aprendizaje y su curiosidad. Así, desde Roma llevó a cabo un viaje al sur de Italia como hacían los grandes arquitectos europeos. Por ello, su praxis iba a coincidir en cierto modo con las de Schinkel, Klenze, Soane... Los dibujos realizados en Pesto y en otros lugares de Italia le servirían como basamento de futuras creaciones, pues su espíritu libertario romántico sería disciplinado por el riguroso dibujo. Al igual que Goya, González Velázquez sentía predilección por los grabados de Piranesi.
Su peculiar lenguaje clásico-romántico fluye ya en 1802 al proyectar la Casita del Labrador en Aranjuez; así, con un criterio plenamente pintoresco inscribe en el delicado conjunto la ruda y rústica construcción preexistente donde vivió una familia campesina. Su más suntuosa habitación es el Gabinete de Platino, una de las obras maestras del llamado estilo Imperio, diseñado por los arquitectos favoritos de Napoleón, los exquisitos Percier y Fontaine. Aquí, con mayor riqueza que en los saloncitos de la Malmaison, con la ayuda de excelentes artistas y artesanos se labra una verdadera joya arquitectónica, pues se utilizan materiales preciosos como el platino, que le ha dado la denominación. Si bien más sencilla, no es menos hermosa, llegando a lo sublime, la sala pompeyana, de Isidro González Velázquez, otra de las obras excelsas del maestro clásico-romántico.
En el Campo de la Lealtad, cerca del Museo del Prado, en 1822 González Velázquez eleva el más bello obelisco español, el Monumento al 2 de Mayo, hoy dedicado a los caídos por España, donde se aglutinan formas clásicas y románticas. Anteriormente, en Mallorca, donde buscó refugio durante la Guerra de la Independencia por no acatar a José I, había realizado uno de los más interesantes proyectos urbanísticos del momento, el Paseo del Borne, donde también sabia y lúdicamente aplicó juegos visuales a través de obeliscos, estatuas, balaustradas... especialmente dinamizados por el agua de las fuentes. Asimismo, adecuó algunos edificios del entorno al conjunto, como se aprecia en la adherencia en la nueva fachada del Consulado del Mar de soluciones que había investigado en Aranjuez. A su retorno a Madrid el plan quedó inconcluso, y hoy reformas estilísticas sin fortuna han destruido parte de lo realizado por González Velázquez: Vulgarizando lo sublime han convertido el Borne en urbanismo de masas.
Mientras en Mallorca se llevaba a efecto ese importante proyecto, en Madrid Silvestre Pérez -que había acatado al hermano de Napoleón como soberano- estaba ocupado en los planos y trazas del proyecto, encomendado por José Bonaparte, por el que se uniría las fachadas del Palacio de Oriente con San Francisco el Grande a través de una amplia avenida con espaciosas y atrevidas plazas. En dicha planificación estaban previstos elegantes arcos triunfales, columnas conmemorativas, estatuas ecuestres, fuentes... logrando un sorprendente efectismo en el que superaba al proyecto parisino de Percier y Fontaine en torno a la Rue Rivoli. Mas esta urbanización madrileña quedó, como sucedió tantas veces en la arquitectura europea del momento, en lo efímero.
¿Quién era ese arquitecto que atrajo la atención del rey intruso? Silvestre Pérez había nacido en Epila (Zaragoza) y se formó junto a las obras de la basílica de El Pilar dirigidas por Ventura Rodríguez. El por entonces todopoderoso arquitecto le protegió desde que se traslada a Madrid en 1781. Brillante alumno en la Academia, consigue ser premiado con la bolsa de estudios para disfrutar de una formación en Roma (1790). Con anterioridad había efectuado importantes proyectos en la Corte: destaca el Palacio de los duques de Villahermosa, en el Paseo del Prado (actual Museo Thyssen), donde demuestra tener gusto y sensatez, pues planifica un sobrio edificio en granito y ladrillo haciendo juego con el vecino palacio del Prado como homenaje a su admirado Villanueva. Será López Aguado quien lo finalice respetando sus ideas.
En Italia, Silvestre Pérez, junto a González Velázquez, descubre la verdadera arquitectura clásica, pero tampoco desprecia la renacentista. A su regreso desarrolla una intensa labor, especialmente en el País Vasco. Aparte de intervenir en la urbanización de Vitoria y llevar a cabo edificaciones en distintos lugares donde muestra su talento y conocimientos, en 1807 efectúa un atrevido y brillante proyecto en un nuevo puerto para Bilbao, aunque de nuevo ronda en la utopía. Partiendo de un octógono -como en ciertos proyectos del siglo XVI- superpone avenidas y calles en diagonales que se distribuyen en forma de abanico; abundaban en esta urbanización las plazas -tanto circulares como rectangulares-; algunas de las actuales, como la del Rey y la del Príncipe, proceden de esta malograda planificación. Retornará al norte de la Península después de su exilio en Francia (1812-1815). Durante esta estancia aprende las formas y las técnicas del clasicismo-romántico del país vecino, como muestra el solemne Ayuntamiento de San Sebastián (1828) y el antiguo Hospital de Achuri, en Bilbao.
No brillará en ningún arquitecto de la siguiente generación el genio creativo de sus predecesores. En gran medida ello se debe al surgimiento de la Escuela de Arquitectura de Madrid, en 1844. Su fundación fue perentoria debido a la utilización de los nuevos materiales, especialmente el hierro y el hormigón, lo que exigía nuevos y ordenados conocimientos técnicos. Por otro lado, la arquitectura, salvo en raras ocasiones, se masifica; al someterse a la técnica, la libertad artística queda un tanto coartada hasta que pasados unos años, gracias a los materiales innovadores, se logrará una arquitectura dinámica. Mas por entonces las preocupaciones formales e historicistas limitaron la trayectoria de la arquitectura española.
El primer plan de estudio de la Escuela de Arquitectura contaba con dos períodos: el primero de aspecto preparatorio, y el segundo de especialización. La preparación para el ingreso en la Escuela se llevaba a cabo en centros privados o estudios de arquitectos. Los planes de estudio en la etapa romántica oscilaron entre los cuatro a seis años, impartiéndose nuevas materias, lo cual desconcertaba tanto al alumnado como a los profesores. Ahora bien, este relativo desorden sirvió para estimular la libertad de cátedra que fue aprovechada por algún brillante profesor para impulsar el espíritu creativo de sus discípulos. Así lo hizo el inquieto y prestigioso catedrático Juan Miguel de Inclán (1774-1853), quien, como Hittorf y Klenze, defendía la policromía en la arquitectura al contrario que la mayoría de sus anodinos camaradas. De este modo, en el encantador y atrevido tabernáculo para la Virgen de los Milagros en El Puerto de Santa María, utiliza elementos cromáticos heredados de la tradición andaluza e impregnados de los conocimientos del momento. Sus renovadoras ideas-arquitectónicas son en parte resumidas en los "Apuntes para la historia de la Arquitectura y Observaciones sobre la que se distingue con la denominación de Gótica" (1833) donde por vez primera en España se defienden los estilos medievales.
Tardaría algunos años en arraigar el goticismo en España. La clientela de los arquitectos formada especialmente por los entes públicos y por la nueva burguesía adinerada exigía que se construyeran las edificaciones que promocionaban siguiendo las pautas anteriores. En pocas ocasiones los arquitectos podían hacer gala de los conocimientos adquiridos. Solamente algunos a los que se encargaron importantes proyectos oficiales podían demostrar su sabiduría y habilidad. Tal es el caso del manchego Francisco Jareño (1818-1892), quien adquiere el título de arquitecto en 1848. Después de ciertos éxitos en edificios madrileños se ocupa de la construcción de la Casa de la Moneda, cuya gran nave industrial estaba precedida de dos edificaciones clasicistas; contrastando sin herir el sobrio racionalismo de la fábrica con la elegancia de los palacetes dedicados a fines burocráticos, el conjunto fue bárbaramente demolido. Más importante aún es la elevación de la Biblioteca Nacional (1865): tras una elegante fachada con frontón y escalinata, aún clásico-romántico, surgen excelentes salas destinadas a la lectura y al depósito de libros. El depósito general dispone de un emparrillado férreo con pasarelas para la distribución de los libros que concuerda en cierto modo con las soluciones utilizadas por Labrouste en sus bibliotecas parisinas, Santa Genoveva y la Nacional.
El arquitecto que en estos tiempos isabelinos eleva la enseña romántica es el catalán Elías Rogent (1821-1897), compañero de promoción del anteriormente estudiado, aunque más imaginativo. Indudablemente, en él fructificaron las enseñanzas de Inclán, pues fue el más importante arquitecto medievalista español de este período. A él se debe la creación o restauración-construcción de muchos edificios neomedievales catalanes. De este modo, con un criterio historicista semejante al de Viollet-le-Duc reconstruye, o, mejor dicho, construye la majestuosa iglesia de Santa María de Ripoll (1865). Sólo teniendo en consideración el criterio historicista vigente en el momento se puede juzgar esta solemne edificación. Utilizando los conocimientos adquiridos en sus restauraciones construye el edificio más importante del neomedievalismo español del momento, la Universidad Literaria de Barcelona (1867-1871), en donde triunfa y finaliza la arquitectura romántica hispana. Al finalizar la Universidad es designado director de la recién fundada Escuela de Arquitectura de Barcelona, desde donde promoverá el neomedievalismo y el nacionalismo catalán.

Imágenes

Basílica del Pilar (Zaragoza). Fachada principal Monumento a las víctimas del Dos de Mayo (Madrid)