La obra

La Dolorosa. Angel
Época: Arte Español del Siglo XVIII
Inicio: Año 1700
Fin: Año 1800

Antecedente:
Vida y obra de don Francisco Salzillo y Alcaraz
Siguientes:
Colaboración de retablos
Su época dorada. Los pasos
Revalorización de la última etapa

(C) Germán Ramallo Asensio



Comentario

Su producción fue cuantiosa; 1792 obras apunta Ceán y ello seguramente lo hará informado por gentes que le conocieron directamente, pero ésta se vio aún aumentada con el paso del tiempo, cuando se le fue atribuyendo toda obra que mostrara una calidad razonable. Semejante actuación no sólo se llevó a cabo con este escultor; lo mismo se hizo con Berruguete, Montañés o Gregorio Fernández, buscando siempre dar un valor añadido a las imágenes que, cuando se realizaron, buscaban esencialmente cumplir con el fin devocional que movía su encargo. Hasta Sánchez Moreno no se elaboró un Catálogo completo y fidedigno de la obra de Salzillo. Tras la publicación de su libro en el año 1945, hubo otra edición corregida y ampliada por el mismo autor; ampliaba, y después de estas dos ediciones poco más se ha variado.
La primera obra independiente fue la Santa Inés de Monte Pulciano, para el convento de dominicos de Murcia, que su padre había dejado inconclusa a su muerte en 1727, y, según Baquero, otra más para el mismo convento. Tras esto fue reconocido su buen hacer, superior, incluso, al de su progenitor, por lo que los encargos abundaron de inmediato.
En torno a los años 30-35 realizaría obras tan hermosas como la Santa Bárbara de San Antolín, la Sagrada Familia de San Miguel, San José con el Niño de Santa Clara, la Inmaculada, para el convento de Santa Isabel (hoy en Santa Clara) y la Santa Lucía, de San Bartolomé. La Sagrada Familia es un delicioso y pequeño grupo (90 cm) que además de a los tres personajes acostumbrados incluye a San Joaquín y Santa Ana, situados dos peldaños más abajo, a modo de sacra conversazione; aquí están ya reflejados los caracteres faciales y tipos que van a repetirse tantas veces, así como la vivaz policromía que hace de estas esculturas pequeñas joyas. La Virgen con su rostro redondeado de muy delicadas facciones y expresión afable, aunque ensimismada, sólo alterará el semblante cuando le toque el papel de Dolorosa que, sin perder un ápice de belleza, ni siquiera de juventud, expresará desde lo hondo el más profundo dolor. San José será muy representado, tanto llevando al Niño de la mano, como sujetándolo en sus brazos: de la primera forma lo representa en el convento de Santa Clara; de la segunda, en el que hizo para Ricote; que firmó en 1746. Siempre es un hombre joven y apuesto y expresa la máxima ternura ante Jesús niño.
Mención aparte merece la Inmaculada que, destinada a rematar el retablo mayor del convento de Santa Isabel, está ahora en las Claras: aquí, la leve flexibilidad de su cuerpo, el insinuado contraposto y, sobre todo, el revoloteo del manto, que ya no repetirá, nos están haciendo referencia a Dupar, quizás por deseo del escultor, pero sin descartar las imposiciones de modelos que podían exigir los comitentes. Esta imagen, llena de gracia, está a su vez servida por una riquísima policromía de túnica y manto que nos lleva directos a las modas del Rococó. El mismo espíritu vamos a notar en el delicioso relieve de forma elipsoidal y enmarcado con el mejor diseño rococó, en el que representa una candorosa escena, inspirada en Correggio, con la Virgen que ofrece el pecho al Niño mientras éste, ajeno a la solicitud de la madre, jugueteaba con Juan Bautista niño: La Virgen de la leche (ahora no lo es, pues se ha retallado el pezón y pintado la mama del mismo color rojo del vestido), obra que se realizó, y así lo indica, para el oratorio privado del canónigo don Bernardino Marín y Lamas, uno de aquellos refinados e ilustrados clérigos que gozaban más cuando se unían ética y estética. Seguro que la estampa modelo la suministró e impuso él mismo, prendado por la gracia de aquel pintor italiano.
Hacia 1735 se viene fechando otra obra que consideramos de absoluta maestría: la Dolorosa, de la iglesia de Santa Catalina, toda de talla y tamaño algo menor que el natural. La figura mira al cielo y abre los brazos como la antigua orante, adquiriendo un tono muy teatral, pero la belleza de su rostro, lo convincente de su dolor, y la gran sabiduría demostrada en el diseño de ropas y plegados nos muestran a un artista de la máxima calidad que ha superado con creces su fase de formación. Por estos años se fechan muchas más que no es cuestión de pormenorizar aquí, pero sí quiero pronunciarme ante la Santa Rosalía, de la iglesia de Santa Eulalia que, por todos los componentes estilísticos, considero mucho más cercana a Dupar.

Imágenes

Belén. Degollación de los inocentes