La Corte, un lugar de promoción social

Familia del pintor
Época: Barroco Español
Inicio: Año 1650
Fin: Año 1700

Antecedente:
La pintura barroca madrileña

(C) José María Quesada



Comentario

Si a principios de siglo la pintura florece en varios centros, a partir del reinado de Felipe IV empiezan a diferenciarse nítidamente esas dos escuelas, que reúnen a los pintores más dotados; el resto cada vez permanecerá más anquilosado en modelos estéticos anticuados. La Corte, en especial, se convierte en el gran foco donde convergen pintores de las diferentes regiones españolas para perfeccionar su arte y, sobre todo, para mejorar sus expectativas económicas y sociales. De este modo, es habitual encontrar artistas nacidos fuera de la ciudad: Carreño es asturiano; Cerezo, de Burgos; Cabezalero, de Almadén; Escalante, al igual que Palomino, cordobés. Es en Madrid donde podían estudiarse las innovaciones del Barroco decorativo y todos venían con las ideas claras y precisas acerca de dónde podían ascender más en su oficio. Además, es aquí donde existía desde antiguo un fuerte y arraigado componente reivindicativo de la pintura como arte liberal y no artesanal.
Desde los tiempos de los pleitos de Vicente Carducho, pasando por la búsqueda del hábito de una orden militar por Velázquez, los artistas madrileños se sienten firmes en sus aspiraciones de mantener un status social más elevado que los del resto de España. Proliferan las Academias particulares, las discusiones sobre Arte, la referencia a los modelos italianos, a los tratados que hablan de la importancia de la reflexión, de la idea o invenzione en el proceso creativo frente a la mera ejecución. Es tan importante el papel de los artistas de la Corte que incluso cuando exista un encargo decorativo importante fuera de Madrid se recurrirá frecuentemente a sus artistas, como sucedió con el lienzo central para el convento de los Trinitarios de Pamplona, ejecutado por Carreño.
También es en Madrid donde surge un mercado más floreciente de obras de arte, donde la nobleza en su afán por rivalizar en lujo y fasto con la propia Corona demanda mayor número de objetos de arte. Algo muy significativo del auge de este mercado es que exista un buen número de artistas especializados en los cuadros de géneros menores, como Juan de Arellano, su hijo José, o Bartolomé Pérez, en la pintura de floreros, o Benito Manuel Agüero, en el paisaje clasicista...
Por su parte, la Corona ofrece un mecenazgo muy destacado con los grandes ciclos decorativos de los Palacios Reales; especialmente importantes son las decoraciones murales del viejo Alcázar y de algunos conventos de patronazgo real, sobre todo en este momento. El mismo clero, si cabe menos centralizado económicamente en la Corte, también permanece como un cliente muy dinámico, que conserva intacto su poder adquisitivo y que demanda a estos artistas una decoración para sus templos más acorde con los nuevos tiempos y con los nuevos gustos estéticos vinculados a la exaltación de la Iglesia católica triunfante de la Reforma protestante.

Imágenes

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