Alonso Cano en Sevilla

Virgen de la Oliva
Época: Barroco Español
Inicio: Año 1600
Fin: Año 1699

Antecedente:
Martínez Montañés y la escultura sevillana

(C) María Teresa Dabrio González



Comentario

La primera mitad del siglo XVII en Sevilla fue una etapa extraordinariamente fecunda en el terreno de las artes; a la sombra del taller de Martínez Montañés irán surgiendo otras figuras que, una vez independientes de la tutela del maestro, serán los encargados de crear ese inmenso bagaje plástico que constituye la escultura sevillana del Seiscientos. Junto a otros artífices activos en estos años hay dos que merecen ser destacados especialmente: Alonso Cano y Juan de Mesa.
Aunque Alonso Cano (1601-1667) es granadino de origen y en Granada terminará su vida, su estancia en Sevilla marcará de tal modo a los artistas que formaron su círculo, que se hace de todo punto imprescindible el análisis de la obra que aquí dejó. Hijo de ensamblador, su extraordinaria capacidad le llevó a ejercitarse y a practicar en las tres nobles artes: arquitectura, escultura y pintura, ocupando cargos de responsabilidad en el gremio de pintores. En Sevilla, donde aparece en sus comienzos vinculado al taller de Pacheco, casará dos veces y vivirá hasta 1638, fecha en que, atraído por el deseo de gloria, decide aceptar el patrocinio del Conde-Duque de Olivares y marchar a la Corte. Lo difícil y altanero de su carácter, unido a la trágica muerte de su segunda esposa, han dado motivo suficiente para que se le hayan dado a su vida caracteres de novela romántica, justificando así su salida de Madrid hacia Valencia; terminará recalando en Granada, donde tras muchos sinsabores consigue la adjudicación de una ración en la catedral; desde el punto de vista artístico, se convertirá en el modelo y maestro de las jóvenes generaciones y sus obras marcarán el rumbo de la escuela granadina de la segunda mitad del siglo.
En la estética de Alonso Cano se mezclan las pervivencias manieristas de su formación intelectual con los nuevos aires barrocos, patentes en determinados aspectos de su lenguaje formal, tamizado todo por un personalísimo concepto de belleza, más cercano al ideal clásico que al reflejo de la realidad, lógica consecuencia del ambiente neoplatónico de los círculos cultos sevillanos con los que Cano se relaciona, especialmente en sus años de vinculación al taller de Francisco Pacheco.
Gran parte de la producción de Alonso Cano en Sevilla se ha perdido y en otros casos es difícil precisar su labor al ser obras hechas en colaboración con su padre. De cualquier modo, la obra conservada permite un acercamiento y una valoración de su estética. Como arquitecto de retablos sus piezas van a significar el paulatino abandono del lenguaje de raíz manierista para tender cada vez más hacia una nueva concepción formal que, tomando como base los esquemas del lego jesuita Alonso Matías, fructificará en una manera distinta de articular los retablos, basada en el empleo de un orden tetrástilo gigante y en el mayor protagonismo de los soportes. Asimismo mostrará preferencia por la colocación de trozos de entablamento sobre los capiteles, coronado todo por una cornisa poderosa, empleando como ornamento cartelas, guirnaldas y frutas, además de una bellísima galería de infantes que en variadas actitudes pululan por toda la pieza, convirtiéndose desde entonces en elemento esencial de la retablística andaluza del Barroco.
El retablo mayor de la parroquia de Lebrija (Sevilla), concertado por el artista en unión de su padre Miguel Cano en 1629, a pesar de las vicisitudes por las que pasó su ejecución, ilustra perfectamente cuanto decimos, y mejor aún, el magnífico retablo del Evangelista del convento sevillano de Santa Paula, donde la turgencia de las formas, el juego de los planos y la riqueza de los motivos decorativos hablan ya claramente el lenguaje barroco.
También actuó Alonso Cano como escultor mientras vivió en Sevilla; las obras de este momento revelan su amor por la belleza y por la delicadeza de las formas, patente en los rostros femeninos de óvalo perfecto, ojos rasgados y boca pequeña que algunos han señalado como genuinamente andaluces. Las esculturas sevillanas de Cano fluctúan desde las formas amplias y compactas, animadas por el quiebro de la pierna derecha que evidencian los ecos montañesinos, como lo muestran la Santa Teresa que guarda el convento del Buen Suceso (1628) y la Inmaculada procedente de la parroquial de La Campana, actualmente venerada en la iglesia de San Julián (1633-34), hasta formas más libres y originales; en las que predomina lo que Sánchez-Mesa define como silueta en ánfora, cabalmente plasmada en la bella Virgen de la Oliva, titular del retablo de Lebrija, cuyos efectos plásticos se ven reforzados por la bella policromía de labores recamadas que realizara para ella Pablo Legot. Es este tipo el que se impondrá en su producción granadina y el que se convertirá en el norte y guía de toda la producción posterior al maestro.

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