Emoción y naturalidad en su etapa de madurez

Cristo yacente
Época: Barroco Español
Inicio: Año 1600
Fin: Año 1699

Antecedente:
Gregorio Fernández y su escuela

(C) Isabel del Río



Comentario

Los señores de palacios y suntuosos sepulcros invirtieron su haber en fundaciones piadosas, levantadas con arquitectura pobre y ricas decoraciones. Pero la gran oportunidad no le vino con el trabajo proporcionado por los nobles, quienes sólo con dificultad podían ver cumplidos sus deseos, sino de la distinguida orden del Císter, cuya famosa abadesa Isabel de Mendoza le contrata en Valladolid el retablo mayor de Las Huelgas en 1613, bajo la presión de que debe entregarlo terminado en el plazo de un año. Bien organizado debía tener el taller este maestro para firmar ante notario que, de no cumplir dicho plazo, se quedaría con la obra, y esto cuando el proyecto requería nada menos que seis estatuas de tamaño natural, varios relieves, dos grandes escenas y un Calvario. Con gran celo y sin descanso tuvo que trabajar en esta obra de tan depurado misticismo que suscitó un sinfín de elogios entre los clérigos de la ciudad. También la popularidad de los propios cistercienses y de su santo patrono se expandió desde que Gregorio plasmara de modo tan convincente el Abrazo de Cristo a San Bernardo, una de sus obras maestras inspirada en la pintura de Francisco Ribalta. En la composición, dos masas verticales, que son el fundador de la orden y el Crucifijo, se funden en la equilibrada diagonal de los brazos. El acento emocional está en la naturalidad de sus gestos y facciones. En la madurez, en las obras anteriores a 1616, su estilo desarrolla aspectos manieristas tal como vemos en el desnudo del citado San Gabriel, de una perfecta e idealizada belleza formal.
Una etapa muy productiva es la de estos años, momento de grandes obras y con capacidad para mantener sus aspiraciones de perfección en el trabajo. Los ayudantes, buenos artesanos, se someten a la dirección del maestro para sacar obras que en conjunto respondan a una unidad estética. Esto se refleja bien en el retablo de la catedral de Miranda do Douro (1610-1614, Portugal). En general lo más frecuente es que sean dos o más talleres los que se comprometan, con sus bienes, a terminar una obra de esta envergadura. Para este trabajo se asocia Fernández con Cristóbal Velázquez y un amigo, Juan de Muniategui; este último debió de hacer el diseño, porque se corresponde con su estilo de estructurar todo el conjunto en torno a un solo cuerpo, casi en función del tablero central. La mayor parte de la escultura la hizo Gregorio Fernández, de ella destaca el relieve de la Asunción de la Virgen, en presencia de los Apóstoles, donde es tan monumental la figura divina que su tamaño representa un valor por sí mismo.
Otra parroquia, la de los Santos Juanes en Valladolid, le pide la escultura del retablo mayor, que había de trazar nada menos que Francisco de Mora. Es excepcional el proyecto porque entre los relieves no se intercala ninguna escultura. El trabajo fue tal que le debió ocupar alrededor de tres años, de 1613 a 1615. El cuerpo central, siempre el más importante, es el que parece haber esculpido el maestro y, en cambio, los laterales tienen una calidad bastante desigual. Mora basa el diseño arquitectónico en el orden y la claridad, en un equilibrio exquisito para conseguir la máxima armonía entre la escultura y la arquitectura. Una belleza rara de encontrar y que en los posteriores retablos de Gregorio Fernández no estará presente porque dominará, y con mucho, la escultura.
En el mismo año de 1613 talla una serie de reliquias de busto para los jesuitas de San Ignacio en Valladolid, quienes después, hasta 1616, le pidieron hacer otras, para componer no un relicario -como habían pensado inicialmente- sino dos. Son santos agradables, singulares y cercanos a nosotros, en el sentido de que comienzan a plasmar rasgos naturalistas. Ya conocido entre los jesuitas, los de Vergara (San Sebastián) le encargan un San Ignacio (1614), la primera obra que hace para el País Vasco, y con ella inicia una serie de este santo hasta 1622, en que realiza uno para la iglesia de San Miguel de Valladolid. La humanidad de este visionario es sorprendente; de complexión menuda, algo bajo, seduce por la profunda tristeza de su mirada. Parece estar tomado de una descripción de alguna de sus biografías. La evolución del arte de Fernández se dirige hacia el efectismo: las telas son tratadas como finas láminas de madera, para conseguir un fuerte contraste de claroscuro y este recurso técnico de los pliegues será copiado por toda una pléyade de escultores del siglo XVII.

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