Gregorio Fernández y su escuela



Comentario

Tenemos escasas noticias biográficas de Gregorio Fernández (h. 1576-1636), aunque las necesarias para comprender que su persona sintoniza plenamente con la atmósfera dura y agria de aquella España del siglo XVII: la de los flagelantes, de carnes ensangrentadas y doloridos cuerpos. Los pasos procesionales más emotivos de la famosa Semana Santa de Valladolid fueron temas predilectos de este artista, que en ellos vivificó los episodios de la Pasión. Excepcional escultor y único en cuanto a originalidad, se mantuvo siempre tan individual que nos recuerda a un antecesor suyo, Alonso Berruguete (1486-1561).
En la historia de la escultura, Gregorio Fernández representa la tendencia más realista y sincera de su época. Coetáneo del otro genial escultor, activo en Sevilla, Martínez Montañés, ambos definen la estética hasta cierto punto contrapuesta de las dos grandes escuelas escultóricas de este siglo. Montañés, de formación clasicista, diseña sus obras bajo el dominio de la armonía entre lo bello y lo espiritual, mientras que Fernández, hijo de la cultura contrarreformista de Felipe II, crea una imagen religiosa lo más didáctica posible, lejos de los planteamientos puramente estéticos.
El maestro Gregorio mantuvo un taller que absorbió los contratos no sólo de Valladolid, León y Madrid, sino también los del País Vasco y Extremadura. Natural de Sarriá (Lugo), se formó en el taller vallisoletano de Francisco Rincón (h. 1567-1608), quien le influye durante el primer decenio del siglo, así como los escultores clasicistas Pompeo Leoni y Arfe de Villafañe, que viven en la Corte de Valladolid entre 1601 y 1606.
El propio Gregorio Fernández declara, el 17 de noviembre de 1610, que tiene 34 años poco más o menos. La mayoría de las personas en este tiempo sólo podían saber los años que tenían si recordaban con precisión el número de Pascuas o Navidades vividas, siempre y cuando su madre supiese el año de nacimiento de la criatura. Por esta razón debemos decir que nació más o menos hacia 1576. En 1615 compró las casas donde había vivido Juan de Juni, escultor por el que sentía profunda admiración. La ciudad se convirtió en el centro de escultura más importante que había en Castilla desde 1541, año en que se instaló allí Juni, aunque ya antes Berruguete, si bien no de un modo permanente, trabaja en Valladolid.
La casa-taller, tapiada y con un patio interior, estaba enfrente del desaparecido convento del Carmen Calzado, el lugar predilecto de Fernández, donde quiso que lo enterraran. Tuvo una hija, Damiana, casada cuatro veces, dos de ellas con escultores: Miguel de Elizalde y Juan Francisco de Iribarne, quienes trabajaron en el taller del suegro. También tuvo un hijo que murió a los cinco años y el verdadero ayudante de taller fue su hermano, Juan Alvarez, hasta marzo de 1630, año en que falleció.
Tenía su casa como si se tratase de un hospital por la continua asistencia a desvalidos, pobres y hambrientos a quienes socorría a diario. Rodeado de fama y veneración, este escultor adquirió la consideración de hombre tan virtuoso que a las gentes les parecía poseedor de claros signos de santidad. El pintor Palomino, autor de las "Vidas de los pintores y estatuarios eminentes españoles" (1714-1724), nos transmitió lo que venía diciéndose de él un siglo después, en el XVIII. Antes de trabajar se postraba en profunda oración, guardaba ayuno, cumplía penitencias y mantenía el necesario diálogo con Dios para que le dispensase su gracia: todo esto resulta muy esclarecedor. Como Bernini o Martínez Montañés, fue un artista para quien esculpir una sagrada imagen era un compromiso con la fe. Es esencial recordar que la religiosidad del siglo XVII se define ante todo como mística: era la época de los santos visionarios.

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