Una clientela novadora de pintura letrada

Nazareno
Época: Renacimiento Español
Inicio: Año 1500
Fin: Año 1599

Antecedente:
La obra de Luis de Morales "El Divino"




Comentario

Desde esta perspectiva, la clientela popular e iletrada del Luis de Morales tradicional debiera convertirse en otra culta, latinista, al día en materia bibliográfica (que maneja incluso libros que bordean el filo de la prohibición o caen directamente dentro del "Indice"), e inquieta y novadora en materia devocional y espiritual, en un momento como el siglo XVI de inusitada efervescencia religiosa y un apasionamiento que desembocaría en nuevas y diversas teologías, reformas, contrarreformas, herejías varias, dispersas guerras de religión, concilios generales y sínodos locales, catecismos y libros de oración. Ya hemos apuntado de pasada los contactos que debió establecer Morales con los obispos Francisco de Navarra (1498-1563) y Cristóbal de Rojas y Sandoval (1502-1580); sin embargo, su más conocido cliente, casi su mecenas al pasarle un excelente sueldo de 160 ducados anuales (el arquitecto real Juan Bautista de Toledo comenzó su carrera española con uno de 220), fue su sucesor en la sede episcopal y futuro santo Juan de Ribera (1532-1611).
Conocemos bastante al detalle sus peticiones de estos años; a Morales le encargó ya en 1564 un Retrato de Juan de Ribera (Madrid, Museo del Prado), dos tablas con la Virgen en 1565 y, en 1566, otro retrato para su capilla (probablemente el del tríptico del Ecce Homo de colección particular de Cádiz, similar a los ejemplos sevillanos de la catedral y del convento de las Teresas), una Virgen con Niño (a imitación de otra del conde de Monteagudo, quizá don Juan Hurtado de Mendoza el santo) y una Procesión del Concilio de Trento (que le costó 4.500 dineros o maravedís, el muy alto precio de 12 ducados); en 1565, el prelado había enviado dos tablas de la Virgen a Sevilla y, al año siguiente, una tercera al obispo de Avila, Alvaro de Mendoza; en el bienio 1567-1568, el futuro San Juan de Ribera pagaba al pintor por un tríptico de la Quinta Angustia (el ya citado de Cádiz, con su retrato), por su famosísimo Juicio del alma (Valencia, Colegio del Patriarca), por dos Cristos a la columna con San Pedro y por dos Vírgenes gitanas. Además del Juicio del alma, la fundación valenciana del Corpus Christi -creado por Ribera durante su gobierno de la archidiócesis mediterránea- conserva hoy un Nazareno que procedía del oratorio de su palacio arzobispal.
Los tres prelados de Badajoz, que con mayor o menor frecuencia requirieron los servicios de Morales y debieron orientar sus encargos, parecen haber coincidido en algunos rasgos. El agustino Navarra (1546-1556), estudiante en Toulouse y París, más tarde rector de la Universidad de Salamanca y reformador de la de Alcalá de Henares, fue discípulo del también canónigo de Roncesvalles el Doctor Navarro, el famoso erasmista Martín de Azpilicueta, amigo del escritor Cristóbal de Villalón y del arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza, quien terminaría prácticamente sus días en las cárceles inquisitoriales de Roma acusado de escribir un catecismo sospechoso de protestantismo; presente en las sesiones conciliares de Trento en 1545-1547, Navarra permaneció en Venecia y Milán hasta 1552, en estrecha relación con Carranza, el cardenal Pole, su secretario Priuli y Ascanio Colonna, muchos de ellos más tarde en contacto con los luteranos de Valladolid y miembros del círculo romanovéneto de los reformistas católicos italianos, acusados de herejía por el papa Paulo IV. Nombrado más tarde arzobispo de Valencia, Navarra aplicó su sentimiento irenista y pacificador a la conversión conciliatoria de los moriscos que no permanecían demasiado firmes en su nueva fe; creó una Junta especial, cuyos comisarios debían abandonar la política de la mano dura y, en cambio, "tratar este negocio con toda benignidad, de suerte que esta gente no se encandalice... para que estos bivan Christianamente y reciban la doctrina más por amor que por temor, e incluso tenían que castigar a los christianos viejos si deshonraren a los christianos nuevos llamándoles perros moros", e impulsó un catecismo en valenciano, para su más fácil lectura, que publicaría finalmente su sucesor Ribera.
Cristóbal de Rojas y Sandoval (1556-1562), hijo del marqués de Denia y tío del futuro privado real el duque de Lerma, se había doctorado en Alcalá y, como arcediano de Jerez y chantre catedralicio, residió en Sevilla antes de ser nombrado, en 1546, obispo de Oviedo. Asistió también al Concilio de Trento (1551-1552) y fue amigo de Francisco de Borja, el futuro santo, introduciendo a los jesuitas en su diócesis pacense, como a las carmelitas descalzas de Santa Teresa de Jesús en la sevillana, durante su posterior arzobispado hispalense; ninguna de estas órdenes recibía en aquellos momentos un apoyo unánime y sin discusión, a causa de las suspicacias que levantaban sus caracteres innovadores. Mientras gobernaba Rojas y Sandoval la sede de Córdoba, encargó la publicación de unos "Documentos y avisos a los rectores del obispado de la prudencia que deben guardar consigo y con sus penitentes" (1569), en los que prevenía a los últimos del peligro de los falsos misticismos, actitud de la que pronto se le acusaría de fomentar entre sus antiguos feligreses extremeños.
Juan de Ribera (1562-1569) era hijo bastardo del duque de Alcalá Perafán de Ribera. Intelectuamente muy inquieto y poseedor a la postre de una espléndida biblioteca que incluía obras tanto de ciencias sagradas como de naturales, astrología, artes mágicas y ocultismo, se formó en Salamanca y Sevilla; allí entró en contacto con los jesuitas y el maestro Juan de Avila, con quien mantuvo correspondencia; en Sevilla mantuvo contactos con el doctor Egido -también procesado por hereje- y Constantino, por lo menos hasta 1556, fecha en la que milagrosa y muy oportunamente se dio cuenta de su error. Asimismo disfrutó de la amistad de fray Luis de Granada, quien le dedicó su vida del maestro Avila, con quien mantuvo larga relación epistolar y de quien en Valencia conservó dos retratos. Su ulterior carrera eclesiástica -como Patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia- y política -como virrey de este reino- no nos interesa pero apunta la categoría del que más tarde llegaría a los altares.
El clima en el que se movieron estos tres prelados parece similar, con raíces erasmistas y una clara tendencia a radicalizar su espiritualidad, con su preferencia por la oración mental (privada más que comunitaria y pública), su proclividad al abandono en la voluntad divina, su veneración de los Hechos de la Pasión de Cristo, su afán por una consolación espiritual que se evidenciaba en emociones fuertes e incluso lacrimógenas. El deseo del dolor sensible está bien puesto de manifiesto en el "Audi Filia" (1554) -incluido en el "Indice de libros prohibidos" de 1559- del venerado Apóstol de Andalucía y futuro San Juan de Avila, la misma suerte que corrieron dos tratados del admirado fray Luis de Granada: "De la oración y consideración" (1554) y "Guía de pecadores" (1556). Además, la semilla de este discípulo del Apóstol de Andalucía debió de quedar bien sembrada en la propia Badajoz y sus alrededores, donde residió desde 1547, antes de trasladarse a Evora a mediados de los cincuenta. No es de extrañar, por lo tanto, aunque el acusador dominico fray Alonso de la Fuente exagerara, que a partir de 1570 tanto Rojas como Ribera, junto a los jesuitas, el mismísimo maestro Juan de Avila y el propio fray Luis de Granada fueran inculpados de causar y promover -aunque en realidad sólo fuera de forma involuntaria- la desviación herética de los alumbrados extremeños, que sólo se cerraría con las condenas leves del auto de fe, de 1579, de la villa de Llerena.

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