Las importaciones italianas y las primeras obras renacentistas

Reales Alcázares (Sevilla). Puerta
Época: Renacimiento Español
Inicio: Año 1500
Fin: Año 1599

Antecedente:
Arquitectura del XVI en Sevilla

(C) José C. Agüera Ros



Comentario

El conocimiento del arte del Renacimiento se produciría en Sevilla a través de estampas, de ilustraciones de libros y de distintas piezas de las artes industriales provenientes de Italia. Mientras las primeras, aun contribuyendo a despertar la curiosidad por las nuevas formas y los modernos repertorios ornamentales, debieron tener una incidencia escasa, la presencia de los objetos tendría mayores consecuencias, al incidir en la transformación del marco de la vida cotidiana. A estas iniciales importaciones italianas seguirían muy pronto obras artísticas de más entidad y trascendencia, entre las que deben incluirse tres piezas de cerámica vidriada, surgidas en el mundo florentino y relacionadas con el taller de Andrea della Robbia, como son la Virgen del Cojín, el retablo de la Virgen de la Granada, ambas en la catedral, y el tondo del Nacimiento que remata la portada del monasterio de Santa Paula.
Con las obras llegaron también los artistas. Uno de los más destacados es el escultor Domenico Fancelli, quien en 1509 se trasladó a Sevilla para instalar en la Capilla de la Antigua de la catedral el sepulcro del arzobispo don Diego Hurtado de Mendoza, encargado por su hermano, el segundo conde de Tendilla, siete años antes. Concebido como arco de triunfo a la antigua por sus novedades estructurales, iconográficas y ornamentales, es obligado considerarlo como una de las piezas capitales en la introducción del Renacimiento en España. Desde fines del siglo XV está documentada la presencia en la ciudad del ceramista de origen pisano Francisco Niculoso, a quien cabe la gloria de ser el introductor en nuestro país de la técnica de la cerámica polícroma a la italiana y de aportarle un nuevo repertorio decorativo, el grutesco. Su escasa producción, de altísima calidad, estuvo destinada a satisfacer los gustos, cada vez más exigentes y orientados hacia la opción clásica, del estamento más elevado de la sociedad sevillana. En el retablo de la Visitación de los Reales Alcázares y en la portada del monasterio de Santa Paula, obras ambas de 1504, así como el retablo del monasterio de Tentudía, fechado en 1518, se ofrecen temas figurativos extraídos de repertorios flamencos y ornamentación clásica de origen italiano, realizados con un brillante y rico colorido, traducción literal de la pintura de caballete.
A pesar de la trascendencia de las obras y artistas mencionados, el principal medio para la incorporación de Sevilla al Renacimiento fue la importación de mármoles italianos. En forma de portadas, ventanas, columnas o fuentes, su presencia fue decisiva para renovar el viejo caserío, de esencia islámica, que caracterizaba la ciudad. Resulta sorprendente el número y la calidad de las obras que, desde los talleres genoveses, fueron llegando paulatinamente a lo largo de todo el siglo. Como ejemplo pionero en su utilización hay que considerar la casa habitada por el banquero genovés Francesco Pinelli, a quien se documenta en la ciudad desde 1473. Su posición económica y su interés por el comercio ultramarino le permitieron participar, como banquero, en los viajes de Colón, no resultando extraño que al fundarse la Casa de la Contratación fuese designado su primer factor.
La vivienda familiar posiblemente sea la primera manifestación del nuevo estilo en la arquitectura andaluza. Producto de un largo proceso de ampliaciones y reformas, el edificio demuestra una clara apuesta por el nuevo estilo, aunque pervivan tradiciones góticas y mudéjares. Elemento destacado del conjunto es el patio, con galerías de arcos peraltados sobre columnas genovesas y con cimacios tratados como cornisas clásicas. En ellos apoyan pilastras de yeso con grutescos, motivos que recubren el intradós de los arcos y que se repiten en las enjutas, rodeando unos medallones. Las galerías y salas adyacentes se cubren con estructuras de madera de tradición mudéjar, pero ornamentadas con temas clásicos y los escudos familiares.
Idéntica pugna entre lo antiguo y lo moderno se hace patente en otras residencias nobiliarias sevillanas. Así ocurre con las casas de las Dueñas y de Pilatos, vinculadas a la familia Enríquez de Ribera. En el patio de la primera se emplearon columnas genovesas, pilastras y frisos de yeso con grutescos, así como cimacios cúbicos y antepechos de tracería gótica. Algunos de tales elementos son claramente renacentistas, pero otros responden a la tradición mudéjar. A dicha estética pertenecen las cubiertas de madera, mientras los yesos de la capilla son góticos y tal vez realizados por los mismos artistas que trabajaron en la Casa de Pilatos. La construcción de ésta fue iniciada por don Pedro Enríquez, si bien el grueso de la obra se efectuó por su viuda, doña Catalina de Ribera. El programa constructivo tuvo diferentes etapas, mostrando al principio una clara vinculación decorativa con lo nazarí. También se usaron elementos góticos, caso de los antepechos, y mudéjares, como son techumbres y puertas, y más tardíamente los mármoles genoveses. Entre los encargados por don Fadrique Enríquez de Ribera, primer marqués de Tarifa e hijo de los fundadores, se encuentra la portada, contratada con Antonio María Aprile de Carona en 1520, durante su paso por Génova al regreso de su viaje a Jerusalén. Concebida, como arco de triunfo a la antigua, su instalación tuvo lugar en 1533, fecha en la que el marqués encargó a Carona columnas y fuentes para la casa y sepulcros para algunos antepasados. Los primeros elementos marmóreos contribuyeron a aportar un cierto aire clásico al conjunto, que años más tarde se enfatizó con las pinturas murales de las galerías altas y con los bustos de emperadores romanos, personajes de la antigüedad y demás esculturas clásicas que se situaron en el patio.
Cuando esta operación ornamental se concluyó, los encargos a talleres genoveses se habían generalizado y eran muchas las casas sevillanas que presentaban, bien de serie, bien expresamente labrados con los escudos familiares, un considerable número de soportes y otros elementos constructivos italianos. Entre éstos cabe citar la portada y ventanas que don Hernando Colón encargó en 1529 al propio taller de los Aprile, con destino a su casa de la Puerta Real; las columnas, balaustrada y solería que en 1532 solicitó al mismo taller el jurado Juan de Almansa, para su residencia del barrio de San Bartolomé, y las portadas que don Pedro de Guzmán, conde de Olivares, encargó en 1536 a Giacomo Solari para el palacio que levantaba en la villa de dicho nombre. También al Alcázar llegó el interés por las piezas italianas y en 1534 se encargaron a Antonio Aprile y Bernardino de Bissone una serie de mármoles para renovar el Patio de las Doncellas, teniendo el mismo destino los concertados en 1561 con Francisco y Juan de Lugano y los solicitados en 1564 a Francisco de Carona. Con los primeros artistas citados se relacionan las columnas del Cenador de la Alcoba o Pabellón de Carlos V en los jardines del real palacio, pudendo corresponder al mismo taller los que configuran el claustro principal del monasterio de Santa Inés. En este último, como en otras residencias sevillanas coetáneas, las piezas marmóreas se complementan con labores de yeso con grutescos y pinturas murales, tanto figurativas como simplemente ornamentales, en las que los postulados estéticos y el repertorio clásico están siempre presentes. De hecho, aunque tales decoraciones han desaparecido en la práctica, las fuentes documentales demuestran cómo fueron los estucos y maderas talladas, las pinturas murales y la azulejería, unidas a las piezas del mobiliario, los elementos que más contribuyeron a la renovación estética de las viviendas sevillanas.
Pero no sólo para las moradas terrenas, sino también para las eternas, recurrieron los nobles sevillanos a los mármoles italianos. Como una consecuencia del sepulcro del arzobispo Hurtado de Mendoza cabe considerar los encargados en 1520 a Pace Gagini y Antonio María Aprile de Cardona por el primer marqués de Tarifa, con destino a sus padres Catalina de Ribera y Pedro Enríquez. Otro tanto cabría decir del labrado por Giangiacomo della Porta y Giovanni María Pasallo en 1548 para Juan Portocarrero y María Osorio. Este último se encuentra en el monasterio de Santa Clara de Moguer, mientras aquéllos se instalaron en la Capilla del Capítulo de la cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla. A distinta tipología, pero demostrando el éxito de los modelos italianos, responden el sepulcro de don Baltasar del Río, obispo de Scalas, existente en la catedral y que se atribuye a los Apríle, y el retablo-sepulcro de los marqueses de Ayamonte, encargado en 1525 a Antonio María Aprile y en el que además colaboraron Bernardino Bissone y Pier Angelo della Scala.
Cuando muchas de las piezas señaladas aparecieron en Sevilla, la ciudad vivía ya una etapa histórica. De hecho, las importaciones marmóreas y, en general, el gusto por lo italiano habían dado ya sus frutos y en los niveles cultos de la ciudad y entre ciertos artistas la apuesta por el arte del Renacimiento era definitiva. El nuevo período se inició en 1526, coincidiendo con la boda del emperador Carlos V e Isabel de Portugal.
La entrada del emperador en la ciudad fue la oportunidad que Sevilla esperaba desde hacía años para presentarse ante el mundo como cabeza del imperio. Sus pretensiones se basaban tanto en su condición de capital económica del reino como en razones históricas, entre las que se encontraban su fundación por Hércules, la constitución de su cabildo por Julio César y su papel de difusora de la ciencia, la cultura y la fe. En razón de tales aspiraciones, Sevilla puso especial empeño en transformar su fisonomía durante el recibimiento imperial. La ciudad, mediante las arquitecturas efímeras, ofreció una imagen distinta a la real y cotidiana, apareciendo como una ciudad clásica. Aunque tal fisonomía fue temporal, muy pronto se inició, por el que presumiblemente fue responsable de dicha operación, el arquitecto Diego de Riaño, la construcción del primer edificio público de estilo renacentista de Sevilla, las Casas Capitulares. Con su edificación también se inició el proceso de transformación urbanística de la ciudad.

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