Pedro de Arbulo y Juan Fernández de Vallejo

Sillería del Coro de San Benito
Época: Renacimiento Español
Inicio: Año 1550
Fin: Año 1599

Antecedente:
Becerra, Anchieta y la escultura romanista

(C) María Teresa Dabrio González



Comentario

Si durante el primer Renacimiento la escultura riojana alcanzó altas cotas de calidad, éstas se mantuvieron en el último tercio del siglo con dos personalidades de la tierra, que asimilaron como el mejor el manierismo romano: Pedro de Arbulo (1533-1608) y Juan Fernández de Vallejo (muerto en 1599). En 1509 declaraba así Diego Jiménez: "digo que por quanto yo soy escultor y tengo deseo e bolundad de aprender el dicho oficio... y no he hallado mejor aparejo ni he hallado en Castilla con quien yo aya de asentar e rresidir e aprendiendo que con bos, el señor Pedro de Arbulo". Certeras palabras de un escultor que quería asimilar los nuevos ideales. Arbulo tuvo buena escuela, el retablo de Astorga; datos recientes le sitúan avecindado en la ciudad leonesa en 1563, cuando recibe el encargo de "hacer el dicho retablo de Casoyo como e de la manera que el dicho Gaspar de Becerra estaba obligado a hacerlo". Un joven San Miguel alanceando al dragón, es la prueba de un Arbulo romanista al amparo de Becerra. El poder que da a Bartolomé Hernández y las relaciones con Bernal Gabadi y Cristóbal Umaña confirman su actividad en Valladolid y León en los inicios del Romanismo, posiblemente al lado de Anchieta, un joven de su misma edad.
A su vuelta hará en Briones el retablo y bulto funerario de la capilla de los Ircio (1564), manifiesto del nuevo estilo en La Rioja. Tiene un solo cuerpo, dos columnas recubiertas de follamen, frontones con niños recostados y bucráneos en las ménsulas. Las referencias a Becerra continúan en los relieves de las Virtudes y la Inmaculada, bella imagen con ligero contraposto y manos cruzadas sobre el pecho. Si es que Arbulo no estuvo trabajando en Briviesca, es seguro que conoció el monumental retablo como lo demuestran obras posteriores y su estancia en Bardauri (1574) para tasar la obra de Gámiz. Asentado en la tierra, con prestigioso taller en Briones y con contactos esporádicos con Anchieta y Larrea, el panorama se presentaba halagüeño, máxime cuando junto a Fernández de Vallejo establecen compañía. Disuelta ésta en 1571, Arbulo dominará en la Rioja Alta y Vallejo en Logroño. Desde 1569 las obras se suceden, entre ellas sobresalen tallas y relieves del retablo de San Andrés de Eiba (1569), el retablo y sillería de San Asensio (h. 1570, desaparecido), los mayores de Desojo (1571), San Torcuato y Manjarrés (h. 1571) y el del Monasterio de la Estrella (1597, Museo de Logroño). Un robusto San Andrés barbado preside el retablo de Eibar y similar es el San Pablo de Manjarrés. El relieve de la Piedad de Desojo es réplica de Miguel Angel, mientras que el mismo tema en La Estrella recoge para la Virgen el modelo que Becerra realiza en la del Pentecostés. En 1568 Arbulo tasaba una obra en Fitero, denominándosele escultor y arquitecto y en Manjarrés confirma su calidad de tracista un ordenado retablo con un bello esquema serliano que cobija la Asunción. Si su obra y las relaciones profesionales nos hablan de su prestigio, más lo hace la llamada desde El Escorial para, en compañía de Jordán, tasar las imágenes del patio de los Evangelistas (1593) de Monegro.
Nada sabemos de Juan Fernández de Vallejo hasta 1566 en que tasa el retablo de Barriobusto y un año después contrata el retablo de Lanciego. A partir de este momento podemos señalar la colaboración con Pedro de Arbulo, contactos con Gámiz y la amistad con Anchieta (tasa el retablo de Asteasu y colaboran en Sotes). Vallejo asumirá perfectamente los esquemas del Romanismo. La monumentalidad, las actitudes heroicas y la fuerza contenida, caracterizan sus imágenes como el San Andrés de Lagunilla. Desde Logroño, donde asienta su taller, se encargará de obras en Sorzano (h. 1571), Leza (h. 1571, hoy en Berganzo), Lagunilla (1576), Luezas (h. 1580), Sotes (1589), Muro de Cameros y Galilea. Sorprende por lo excepcional el retablo de Lanciego, de esbelta traza y con tramo palladiano. La calidad es alta en imágenes como la Asunción a la manera de Becerra y relieves como la Piedad del ático o los Evangelistas del banco, pero se advierten diferencias notables.
El resto de la obra de Vallejo presenta más uniformidad estructural. En Lagunilla, Berganzo y Sorzano el esquema es el mismo, banco con los cuatro evangelistas y dos cuerpos. Un frontón triangular corona la caja del titular en el primero, mientras que un arco de medio punto inscrito en un tramo palladiano cobija la imagen de la Virgen en el segundo. Destacan en Lagunilla los relieves de la vida de San Andrés bien organizados a pesar de los muchos personajes y la talla de la Asunción recordándonos el esquema de Anchieta en Burgos. Como un joven ignudi miguelangelesco talló Vallejo el San Simón Celote de Berganzo, de canon alargado y línea serpentinata manierista. También en este mismo conjunto contemplamos la equilibrada escena de San Martín partiendo la capa.
En el relieve de la Visitación de Sorzano llama la atención la digna apostura de San José y sobre todo el conseguido Zacarías, un calvo barbado con el dedo índice en la boca en actitud incrédula, gesto efectista que también se observa en la Visitación de Jaca. El relieve del ático de Santa Catalina de Sotes, con la escena de Cristo en majestad, nos vuelve a poner en relación con Miguel Angel. Seguidores de Arbulo y Vallejo en La Rioja son Hernando de Murillas, Antón de Zarraga y Lázaro de Leiva. Se relacionan con el Romanismo riojano y Juni escultores de El Burgo y Soria como Juan de Arteaga, Pedro del Cerro y Gabriel de Pinedo.

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