De doña Blanca y Juan II a los Albret

Iglesia de San Francisco (Olite, Navarra). Detalle de la portada
Época:
Inicio: Año 1450
Fin: Año 1500

Antecedente:
Monarquía y arte en Navarra

(C) Javier Martínez de Aguirre



Comentario

Resulta esclarecedor comparar lo que sabemos se hizo en los primeros cuarenta años del siglo XV con lo producido en los sesenta restantes, que no han sido estudiados en profundidad. Los tiempos de bonanza continuaron al menos hasta la muerte de la reina Blanca en 1441: algunas obras iniciadas en vida del rey Noble debieron concluirse en la década de 1430. La reina resulta un personaje muy digno de atención en lo referente a la promoción artística. Había reinado en Sicilia, de donde volvió viuda en vida de su padre. Desde joven manifestó interés por el arte: creemos existen razones suficientes para considerar encargo suyo hacia 1420 la portada de San Francisco de Olite. En torno a 1425 hay que situar el sepulcro de su hija, la infanta Juana, hoy en el Museo de Navarra, que tuvo yacente en su ubicación inicial tudelana y hoy sólo conserva los grandes escudos de don Juan y doña Blanca en los laterales sobre deteriorados leones.
Tras la muerte de su progenitor, Blanca prosigue el embellecimiento de Olite con el atrio de Santa María (en obra en 1432), cuyas arquerías siguen una tipología de pilar que simplifica los precedentes navarros (claustro de Pamplona, galería del palacio olitense) y perdurará en el reino durante el siglo XV (Sangüesa: San Francisco y El Carmen). Concentra la figuración en la puerta principal, con las estatuas de la Virgen y la reina, de nuevo sobre ménsulas con ángeles portaescudos, esculturas ambas de excelente calidad atribuidas a Lome por Janke. Intervino, asimismo, en la catedral, en iglesias y conventos desaparecidos, como San Sebastián de Tafalla o los franciscanos de Tudela.
Por desgracia Blanca murió demasiado pronto (1441), y su ausencia trajo la desdicha al reino. La desmesurada ambición de su marido, Juan II, y el no reconocimiento de los derechos de su hijo el príncipe de Viana Carlos, heredero del reino conforme al testamento de la reina, terminaron en un conflicto abierto entre padre e hijo, que dividió durante décadas a la sociedad navarra entre beaumonteses y agramonteses, y preparó poco a poco el terreno para la anexión a Castilla en 1512. Del príncipe de Viana conocemos su afición por las letras y las artes, aumentada si cabe tras su matrimonio con Inés de Cléves, que marcó la irrupción en Navarra de modos y gustos borgoñones. Pero ignoramos una promoción artística directa acorde con sus intereses literarios. La guerra abierta entre padre e hijo se inició en 1451 y prosiguió intermitentemente hasta el fallecimiento del príncipe con fama de santidad diez años después.
El enfrentamiento perduró con los demás hijos, jalonado por la muerte de la princesa doña Blanca (1464) y del príncipe de Viana Gastón (1470), hasta la muerte de Juan II (1479). Tras quince días de reinado de Leonor (muerta en 1479), el reino navarro pasaría a su nieto Francisco Febo (muerto en 1483) y más tarde a la hermana de éste, Catalina, que casada con Juan de Albret iba a ser la última reina de Navarra como reino independiente. Tan complicada historia familiar se mezclaba con las hostilidades permanentes entre las facciones del reino y con turbios asuntos, como las sombras de envenenamiento que planean sobre las muertes de varios protagonistas. Luchas, vaivenes, desinterés por Navarra de Juan II, minorías de edad de los herederos e inseguridades llevaron a que la segunda mitad del siglo XV careciera de grandes proyectos artísticos promovidos por la monarquía.
Tampoco el reino estaba para empresas de calidad. Decepciona ver los encargos de quienes encabezaban los bandos beaumontés y agramontés, como la capilla de don Juan de Beaumont en Cizur Menor. La consecuencia fue el retraso con que las formas del arte llamado hispanoflamenco se desarrollaron en Navarra: hasta cerca del 1500 no se aprecia una recuperación. Fue la catedral de Pamplona la gran obra que impulsó la reacción. Faltaba la cabecera, que podemos fechar a partir de 1480, probablemente con colaboración regia, que no se plasmó en escudos o documentación. La cabecera es extraña, con soluciones ajenas a la tradición hispana como la existencia de un pilar cerrando el eje longitudinal de la capilla mayor, o la inclusión bajo la misma bóveda de cada tramo de girola con su capilla correspondiente. También el entrecruzamiento de nervios en los arranques, o la manera de surgir dichos nervios directamente del pilar, sin capitel, nos hablan de soluciones nórdicas, aunque éstas sí asimiladas en el arte hispano de la segunda mitad del siglo XV.
Las torpezas en la resolución de detalles inclinan a diferenciar en la cabecera la traza novedosa y sorprendente de la realización, dirigida probablemente por un maestro menos diestro. ¿Fue el propio Johan Lome quien proyectó la cabecera cuando era maestro de la catedral en 1439? Es una hipótesis de imposible confirmación. Aparte de la catedral, a los últimos reyes navarros podemos asignar una intervención profunda en el palacio real de Sangüesa, hoy conservado sólo en una de sus alas, con sobrios y elegantes ventanales cuadrangulares. Quizá tuvieron algo que ver en los inicios de la nueva bóveda gótica de Leire, donde permanecen las armas reales. Pero es un balance pobre, explicable por la continua amenaza en que los navarros vivieron y que finalmente se resolvería en 1512, cuando la invasión castellana acabó con siete siglos de independencia del reino. Con ello se cerró el gran proceso de unificación de los reinos hispanos que preparó a nuestro país para la modernidad.

Imágenes

Catedral de Pamplona. Interior