Las pinturas de Sijena

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Comentario

Cuando en agosto de 1936 las llamas se apoderaron de la Sala Capitular del monasterio de Sijena (Huesca), desaparecía una de las lecciones más interesantes de la Historia del Arte Medieval. Aquel suceso suponía la práctica eliminación de un programa pictórico de hacia 1220, que todavía hoy conocemos gracias a que en los meses de aquella primavera, se había realizado una intensa campaña destinada a fotografiar lo que ya se entendía como un gran conjunto. Además, las llamas acabarían también con la techumbre mudéjar, una de las más antiguas conservadas.
De todos modos, el blanco y negro de las fotografías no deja ver aquellos azules, verdes y amarillos que, según testimonios, dominaban en unas pinturas realizadas al temple. Por otra parte, el calor hizo que los escasos restos conservados en el Museo de Arte de Cataluña, cuyo traslado terminó en 1960, muestren una monocromía alejada de cualquier parecido con su estado original.
Toda una serie de circunstancias debió sumarse en la gestación del centro religioso. Desde la política, en un afán de desarrollar un proceso repoblador ya iniciado, hasta la geográfica, por tratarse de un cruce de caminos hacia pueblos y ciudades importantes. Del mismo modo, no se puede olvidar el componente religioso, en este caso derivado de la incidencia en aquel tiempo de las órdenes militares.
En este sentido, cabe decir que la Orden de San Juan de Jerusalén iba a servir de apoyo al centro monástico. Sería, por otra parte, femenino y alentado desde la propia monarquía, poniendo especial empeño la reina Sancha, esposa de Alfonso II de Aragón (1162-1196). Lo cierto es que en marzo de 1188 se le daba vida y ya hay indicios, no confirmados, de una primera consagración en el mismo año. Sin embargo, la definitiva y documentada será en 1258, y hasta entonces el monasterio se irá levantando paulatinamente, mientras cobija a Sancha en su retiro y se destina a panteón real, que muy pronto acogerá sus restos y los de su hijo Pedro II.
Como arquitectura, el centro se compone de las dos partes que le son básicas: por un lado, las dependencias monacales que se levantan en torno a un claustro y, en segundo término, la iglesia. Esta es de planta con una sola nave, crucero y tres ábsides, del que destaca el central. Los edificios se levantaron desde su fundación en 1188 hasta, casi con seguridad, la consagración de 1258. Ello supone una serie de etapas, siendo la primera la que afecta a la nave, levantada sobre la antigua iglesia, la sala capitular y el resto de las estancias del monasterio. La segunda duraría hasta la mitad del siglo XII y afectaría al crucero y cabecera, comenzando al norte por el primero para levantar el panteón real, luego serían los ábsides, el crucero sur y, finalmente, la portada principal.
En su arquitectura se dejan ver lógicas influencias de lo más próximo, es decir, del románico avanzado aragonés, navarro y catalán, así como del, más lejano, occidente francés.

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