Catedrales góticas castellanas

Catedral de Avila. Fachada occidental


Comentario

Cuando Suger -hábil político al servicio de la monarquía capeta y uno de los más interesantes hombres de la Iglesia en la Francia del siglo XII- decide reconstruir el coro de la iglesia abacial de Saint-Denis, justificando su gran obra mediante todo un programa teológico-estético en relación con la mística de la luz y la imagen soñada del templo como Jerusalén Celeste, estaba sentando las bases de una revolución que, en lo sucesivo, afectaría a la arquitectura y que encontraría su más feliz expresión en las grandes catedrales. En otras palabras, Suger estaba firmando el acta de nacimiento de la arquitectura gótica. Pero con unos ideales espirituales no era suficiente. La revolución a que nos referimos exigió del concurso de otros factores; sin ellos la plasmación pétrea y luminosa de la evocadora imagen del templo celestial hubiera sido imposible.
La especulación teórica de Suger y el pensamiento filosófico desarrollado en la Escuela de Chartres eran sólo el fundamento ideológico que habría de incidir sobre unos condicionantes técnicos y materiales, las formas y estructuras del nuevo sistema ojival. Fue preciso, por tanto, que se aunase la utilización simultánea y casual (Bony) de elementos constructivos -el arco apuntado y la bóveda de crucería- que aisladamente se habían empleado con anterioridad en otros edificios, por lo demás absolutamente románicos, la posterior aplicación del arbotante, de trascendentales consecuencias para la historia de la arquitectura, y los avances técnicos que nos permiten hablar de una revolución industrial del siglo XIII, para que obispos y cabildos, de acuerdo con los maestros arquitectos y con el concurso de un importante contingente de obreros, levantasen inmensas catedrales.
Estos enormes edificios, que poco a poco se erguían orgullosos sobre el conjunto de la trama urbana, habrían de impresionar, con la monumentalidad de sus fábricas, su brillante cromatismo y la suntuosidad de las riquezas que atesoraban a los prelados hispanos que en las primeras décadas de la centuria acudieron, por distintas razones, al país vecino. Pero antes de que esto sucediera una serie de experiencias venían manifestándose ya en nuestro país, experiencias que en modo alguno implicaban la creación de ambientes góticos, pero que demuestran cómo los maestros que aquí trabajaban comenzaban, con mayor o menor fortuna, a hacerse eco de lo que estaba sucediendo al otro lado de los Pirineos.
Durante el último tercio del siglo XII y las dos primeras décadas del XIII (coincidiendo en Castilla, por tanto, con el reinado de Alfonso VIII) asistimos a la fase preparatoria, a la gestación de la arquitectura gótica que se pondrá de manifiesto, definitivamente, en las grandes catedrales castellanas a partir de la tercera década del siglo. Esta etapa de tanteos, de dudas, de aplicación aislada de elementos del léxico constructivo gótico en edificios de aspecto y concepción aún plenamente románica, ha recibido por parte de la historiografía diversas denominaciones. Los términos transición, tardorrománico y protogótico (Pita Andrade y Azcárate), junto con la polémica expresión Estilo 1200 (acuñada en torno a una exposición celebrada en Nueva York en 1970 y que Branner trató de defender para la arquitectura), o las palabras disolución del románico (Yarza), han protagonizado un ya largo debate historiográfico que por razones evidentes no podemos desarrollar en un trabajo de este tipo.

Imágenes

Catedral de Cuenca. Nave central Catedral de Toledo. Triforio del transepto