Los esmaltes románicos

Urna de Santo Domingo de Silos. Pieza central
Época:
Inicio: Año 1050
Fin: Año 1200

Antecedente:
Las artes suntuarias
Siguientes:
Los primeros esmaltes
El siglo XII

(C) María Luisa Martín



Comentario

El conocimiento del arte de la esmaltería sobre metal se remonta a la más lejana antigüedad. Todos los indicios llevan a situar en el Extremo Oriente su cuna. Sin embargo, Occidente entraría en fechas tempranas en contacto con está modalidad artística. En un primer momento con seguridad mediante el intercambio de presentes, hábito frecuente entre emperadores. Pero, inmediatamente, conseguirá un gran desarrollo, que le dará entidad propia.
La variedad de vocablos (electrum, olovitreus, lapis, gemma, etc.) con que supuestamente se le ha identificado en documentos antiguos, llevó a cierta confusión a la hora de definir su naturaleza. Hasta el siglo IX no se utiliza la palabra smaltum que aparece por primera vez en el "Liber Pontificalis", en la enumeración de los objetos preciosos ejecutados por orden del Papa León IV (847-855) y donados a la Basílica de San Pedro. A partir de este momento, el término comienza a generalizarse.
Antes de centrarnos en el período que nos ocupa bueno será que, brevemente, definamos qué es el esmalte, cuál es su composición, la técnica de aplicación y el lugar que ocupó en el contexto general de las artes medievales.
El esmalte es un vidrio reducido a polvo y coloreado por óxidos metálicos. El color dependerá del componente básico. Así, el hierro dará el rojo; el cobalto, el azul; el cromo, el verde; el antimonio, el plomo o la plata, el amarillo, etc.
Generalmente estos óxidos lo dejan transparente, pero si contienen cinc o arsénico lo vuelven opaco. Se puede aplicar sobre diversas superficies, especialmente lámina de metal revestida de fundente (materia vítrea incolora), que facilita su adherencia. Funde entre 700° y 850°. Los metales más utilizados son el oro, la plata y el cobre (habitualmente sobredorado), en función de la época y la técnica en que se trabaje.
Durante el período románico lo más frecuente será el empleo de cobre, que se sobredora para emular el brillo del oro, metal por excelencia. Ya en las "Etimologías de San Isidoro" el oro se considera como portador de la luz y espejo de la Luz Divina. En una sociedad donde los poderes temporal y religioso estaban íntimamente unidos, había que asegurar al culto divino por lo menos el mismo lujo que caracterizaba el servicio de corte. Por ello, las piedras preciosas o semipreciosas jugarán también un importante papel por su resplandor y la carga simbólica que se les confiere. Junto a ellas y al marfil, el esmalte, en un principio, prestará su colorido a la orfebrería. Sin embargo, a lo largo del siglo XII se observa una cierta decadencia de ésta, que será compensada con el auge que adquiere la esmaltería. El empleo del cobre y el bronce, señalado anteriormente, permite un considerable abaratamiento de las piezas. Técnicamente se usa el excavado (campeado o champlevé) que consiste en rebajar pequeñas superficies en la lámina de metal, cuyos huecos se llenan con polvos de esmalte. El conjunto se somete a una alta temperatura que los funde. La operación se repite nuevamente y después se procede al pulimento.
El origen de esta técnica es muy antiguo, pudiendo remontarse a la Segunda Edad del Hierro. Filóstrato de Lemnos, a comienzos del siglo III nos dice cómo los "Bárbaros habitantes del Océano extienden colores sobre el cobre ardiente, que una vez enfriados se convierten en un esmalte duro como la piedra". A veces se combina en una técnica mixta con el procedimiento del alveolado, al que viene a sustituir. El alveolado (tabicado o cloisonné) consiste en soldar perpendicularmente sobre la plancha de base unas laminillas de metal muy finas que siguen el contorno del dibujo, formando unas celdillas que se llenan con polvo de esmalte. El conjunto se somete a temperatura de fusión y tras rellenar los alvéolos y calentar nuevamente, se procede al pulimento. Generalmente se aplica sobre oro. El proceso está descrito con exquisita minuciosidad en el Tratado del monje Teófilo "Schedula Diversarum Artium", redactado en el primer tercio del siglo XII.
La utilización de esta técnica imponía una cierta rigidez y sequedad a las composiciones, debido a esos tabiques de separación. Su sustitución por el excavado, permite una mayor libertad compositiva, máxime si tenemos en cuenta que además las cabezas, en primera instancia, y la figura completa después, se van a fundir aparte y a incorporarse posteriormente, a la lámina metálica. Una mayor expresividad está así garantizada.
Después de la división formulada por la Academia entre Artes Mayores y Menores, las englobadas en este último grupo han sido consideradas generalmente en un segundo plano con respecto a las primeras. Sin embargo, estas mal denominadas Artes Menores que, de serlo serían únicamente debido a su menor tamaño, gozaron de gran estima en el mundo medieval, ocupando un lugar incluso superior, al considerar únicamente las piezas de orfebrería como verdaderas obras de arte. Formaban parte fundamental de los tesoros eclesiásticos y desempeñaban un papel insustituible en el culto a las reliquias. Además, no hay que olvidar las obras de carácter profano, desgraciadamente peor conocidas, dado el escaso número que ha llegado hasta nosotros. A su carácter simbólico se unía también su valor crematístico sirviendo habitualmente de reserva monetaria.
Dentro de este contexto, la esmaltería conoce durante el período medieval sus momentos de mayor auge. En la época románica, con el empleo del cobre y la aplicación técnica del excavado, y, durante los siglos del gótico, mediante el uso de la plata y el esmalte traslúcido.

Imágenes

Báculo con decoración de esmaltes