Significado y valoración globales del espacio isidoriano

Colegiata de San Isidoro (León). Tímpano del Perdón
Época: Arte Español Medieval
Inicio: Año 1050
Fin: Año 1200

Antecedente:
San Isidoro de León y su ámbito de influencia

(C) Etelvina Fernández González



Comentario

A finales del siglo XII y, tras los procesos constructivos analizados, el complejo artístico isidoriano había logrado concluir su magna obra. Por iniciativa de Santo Martino, Canónigo de la Real Colegiata se añadió al conjunto, junto al ábside norte de la basílica, la Capilla de la Santísima Trinidad. Es posible, sin embargo que, accidentalmente, las obras fuesen costeadas por la reina doña Berenguela.
Se trata de un pequeño oratorio cuadrangular, rematado en exedra y con cubierta abovedada. El paramento, muy pobre, de cantos rodados e hiladas de ladrillo debió estar revestido con frescos de los que aún se conservan pequeños vestigios. Fue consagrada en 1191.
A partir del análisis estrictamente artístico de un edificio medieval no siempre se consigue captar y conocer plenamente el valor que pudo tener en aquellas etapas de su remoto pasado. Es por tanto necesario, en ocasiones, ahondar en otra serie de campos polifacéticos que puedan esclarecer su significado e historia más profundos.
Así, desde el punto de vista artístico, la Real Colegiata de San Isidoro es un ejemplo de distintos momentos de apogeo del Románico y la expresión perfecta de la integración de la arquitectura y escultura a la que se aúna, en el recinto del Panteón, la pintura mural.
Por otro lado, íntimamente ligado a estos aspectos artísticos debemos considerar, en el espacio isidoriano, la actividad del Scriptorium y la posible vinculación al lugar de un taller de eboraria. Todo ello, unido a su ubicación en el Camino de Santiago lo entroncan a las corrientes plásticas internacionales más significativas del momento.
Asimismo, no podemos olvidar, por lo que al orden espiritual se refiere, que se trata de un centro religioso que custodia venerables reliquias. Este hecho convirtió a la basílica de San Isidoro en un hito importante de la peregrinación, en lugar de perdonanza en la ruta jacobea, en centro penitencial regio y en solar funerario real.
Igualmente, por su vinculación a la Corona no se puede desligar de momentos y acontecimientos importantes de la vida del Reino. Por eso no es extraño que haya albergado curias extraordinarias, como sucedió en el año 1188, cuando Alfonso IX convocó Cortes que se reunieron al amparo de su claustro.
Además, con frecuencia se ha hablado del polifacético complejo isidoriano desde un aspecto simbólico. Se ha querido ver como ejemplo de arte imperial cuando de la época de Fernando I se trata. Parecido significado se le asigna también a la solemne consagración de la basílica, presidida por Alfonso VII en 1149, después de la toma de Baeza (1147); hecho que se llevó a cabo en un entorno de connotaciones políticas y de exaltación de la figura del referido monarca, quien afirmó, definitivamente, la idea imperial leonesa o del Imperio Hispánico, ya que él fue emperador en ejercicio, rey superior a otros por reconocimiento y vasallaje.
Aconteció la citada victoria, según cuenta don Lucas de Tuy a comienzos del siglo XIII, con la intervención milagrosa de san Isidoro. Desde un punto de vista plástico el evento quedó reflejado, posteriormente, en el programa iconográfico bordado en el Pendón de Baeza. Se adorna la enseña con la efigie ecuestre del prelado hispalense, que blande la espada y enarbola la cruz; el brazo de Santiago que, saliendo de la nube, empuña la espada; la estrella; el blasón de Castilla y León y pequeños castillos y leones distribuidos en la zona superior.
Su carácter erudito y áulico es bien notorio. Así, san Isidoro, santo visigodo, se convierte, como Santiago matamoros y san Millán, en un santo guerrero de la Reconquista. Porta la cruz anicónica que nos lleva al punto de partida de esa fuente simbólica: al "Vexillum" constantiniano, cuyo precedente indudable de tal imagen en la Península debemos buscar en la época de la Reconquista, cuando la cruz anicónica se convirtió en el emblema de la recién creada monarquía asturiana.
Y fue además una enseña insigne por la que los monarcas leoneses y castellanos sintieron gran aprecio y la llevaban a la guerra, a la cabeza de su ejército, pues "los reyes de Castilla antiguamente habían por costumbre que cuando entraban en la guerra de moros por sus personas, llevaban siempre consigo el Pendón de San Isidoro de León, habiendo con él muy gran devoción".
Concluimos pues con las palabras con las que hemos iniciado este estudio: el interés de la basílica de San Isidoro de León desborda el ámbito estrictamente artístico para convertirse en testimonio de primer orden de la vida espiritual, política y cultural de la época, en un auténtico protagonista de la historia de su tiempo.

Imágenes

Urraca de Castilla y León Fernando I de Castilla y León