Secretarios reales

Infantes don Diego y don Felipe
Época: Austrias Mayores
Inicio: Año 1516
Fin: Año 1598

Antecedente:
El gobierno de la Monarquía en la Corte

(C) Fernando Bouza



Comentario

Obsérvese que el avance de la escritura en el despacho supone un incremento considerable del papel de los secretarios. Toda la historiografía insiste con razón en la importancia creciente de los secretarios reales a lo largo del siglo XVI, desde figuras como Francisco de los Cobos, que alcanzó enorme relevancia en tiempos de Carlos I, a la de Mateo Vázquez de Lecca, personaje crucial y de indispensable referencia en la segunda mitad del reinado de Felipe II. De especial importancia habrían sido los secretarios del Consejo de Estado, cuya secretaría se dividió en 1567, a la muerte de Gonzalo Pérez, entre Antonio Pérez (Italia) y Gabriel de Zayas (Norte), para ser reunidas de nuevo en la persona de Juan de Idiáquez en 1579, pasando Zayas a ocupar la secretaría del Consejo de Italia.
La importancia de su papel mediador en el despacho de los negocios ha podido ser observada ya en el citado Papel que en 1598 le fue remitido al futuro Duque de Lerma. Los secretarios reales solían provenir de la pequeña nobleza o de los grupos letrados de juristas, y su proximidad al rey, así como la circunstancia de que el reparto y manejo de papeles pasase por sus manos como secretarios personales del rey o como secretarios de los distintos consejos, hizo de ellos elementos clave dentro de la vida de la corte y su compleja lucha política.
Sin duda, eran personas de confianza del monarca y éste recurrió a ellos para ejercer el control de la red de consejos, aunque eso no impedía necesariamente que los secretarios pudiesen servir también a otros intereses. Es sabido que las distintas facciones existentes en Palacio se disputaban sus favores y, en este sentido, se ha hecho clásica y recurrente la adscripción de Antonio Pérez al grupo del Príncipe de Éboli. Lo que es seguro es que los secretarios reales no formaron el cuerpo cohesionado de fieles servidores de los objetivos reales y que, sin duda, rivalizaron entre sí por mantenerse en lugares de tan gran relevancia, no despreciando alguno la posibilidad de encabezar su propia facción cortesana construida sobre la proximidad al rey y a la información.
Volvamos ahora al texto del citado Papel de 1598 y veamos cuál de las tres maneras de consultar parecía más conveniente para que aplicada por el nuevo rey Felipe III, beneficiase las aspiraciones de Lerma, porque en ese texto se da un salto muy interesante desde el despacho y el papel de los secretarios a la figura del privado. La recomendación última que en 1598 se le hacía a Lerma era la siguiente: "Cuando los Presidentes (de los Consejos) consultaban tiranizaron las cosas y a ratos la voluntad de su Majestad y descompusieron todos los privados que concurrieron y ni aun Ruy Gómez se pudo conservar con ellos. La última manera de consultar tengo por más justificada para la verdad de las cosas y para tomar buen acuerdo en ellas y que Vuestra Señoría gane de su Alteza (Príncipe Felipe) que todas las consultas lleguen a sus manos y que Vuestra Señoría las resuelva con su Alteza y hagan asentar los decretos con el secretario de su Majestad que escogiere".
Obsérvese, primero, que aquí los consejos no son presentados como los grandes colaboradores del monarca en una supuesta administración cada vez más centralizada gracias a ellos, sino como instancias contrapuestas a los designios reales. Y, en segundo lugar, en la advertencia de que una de las maneras de lograr la privanza venía a ser desplazar a los secretarios en ese papel mediador entre el monarca y los consejos. Y, en efecto, la aparición del valimiento en el XVII supondrá el debilitamiento de la función de los secretarios reales tal y como había llegado a manifestarse en la última parte del reinado de Felipe II.
Durante el siglo XVI, aunque hubo privados, y muchos, no se llegó a institucionalizar oficialmente su figura como sí se hará a comienzos del siglo siguiente. Algunas veces el término era todavía empleado para referirse, sin más, a un personaje que se encontraba muy próximo al monarca y al que éste daba muestras de especial predilección; por ejemplo, podemos encontrar que Pero Hernández de la Cruz, el famoso bufón más conocido como Perejón y que fue retratado por Antonio Moro, aparece calificado de "muy privado" del rey a mediados del siglo. Sin embargo, también existió la privanza como categoría política muy cercana a lo que después se conocerá como valimiento, llegando a ser una constante de la vida de corte de los Austrias Mayores, ante todo en el período de Felipe II.
Juan de Silva, Conde de Portalegre, nos ha dejado una serie memorable de privados de este rey que comienza con el conocido Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli, y que hasta acabar con Cristóbal de Moura pasa, entre otros, por Luis Méndez de Haro, el Cardenal Espinosa, el Marqués de los Vélez, el Conde de Barajas o Juan de Zúñiga, Príncipe de Pietrapercia. Silva calificaba a Moura de "árbitro de los negocios de todos sus reinos" y definía al privado como aquél que ocupa "el primer lugar en los negocios y en la gracia de los reyes porque el Rey (lo) quiere apartar por su gusto para sí".
Como se ve, esta clase de privanza alcanzada en los años finales del siglo puede considerarse un antecedente directo del valimiento tal como lo vendrán a encarnar posteriormente Lerma, Uceda u Olivares, primeros amigos del monarca que lo ayudaban en el gobierno para descargar al Príncipe del peso de los negocios. Sin embargo, aunque, como hacía Silva, Cristóbal de Moura era considerado el principal sostén del anciano Felipe II, a finales del XVI se hablaba de la existencia de varios privados al mismo tiempo. Esto, indudablemente, supone una merma considerable en las condiciones de la privanza, pues la perfección de ésta debería exigir la existencia de un solo elegido del rey, algo a lo que parece que Felipe II nunca estuvo dispuesto.
Cuando éste murió en 1598 se afirmaba que los últimos años había venido gobernando con tres privados, el citado Moura, Juan de Idiáquez y Diego de Cabrera y Bobadilla, Conde de Chinchón. Contando con ellos se habría efectuado el repartimiento de negocios y provincias, correspondiéndoles, respectivamente, los asuntos de Portugal y Castilla, de Flandes y Norte de Europa y de Aragón e Italia. Un curiosísimo tratado titulado El Príncipe Instruido, redactado por un anónimo aragonés para la educación de Felipe IV, se refería así al sistema de gobierno de estos tres privados junto al rey. Este: "... (daba) a cada uno hora para que negociase con él, a Don Cristóbal, en despertándose dándole la camisa y estregándole los pies, todo el rato y tiempo que eran menester, al de Chinchón después de comer un rato, y a Idiáquez a la tarde hasta anochecer, y llevaba cada cual su minuta o memoria de lo que consultaba y lo que el Rey resolvía se quedaba con ello su Majestad y si detenía la consulta hasta ver lo que resolvía lo asentaban y así despachaban con lo cual iba alentado el Rey con los negocios sin que se cansase mucho".
La proximidad con el rey de que gozaban los privados se muestra a la perfección en este texto, donde Cristóbal de Moura aparece despachando con el rey "en despertándose dándole la camisa y estregándole los pies". Esa intimidad con lo que, valga la expresión, podríamos llamar la persona privada del monarca era tanto un medio de ganar la privanza como una prueba de que se había llegado a ella y, en este sentido, se mantendrá en los validos del siglo siguiente.
En realidad, los llamados tres privados -Moura, Idiáquez y Chinchón- formaban parte de la gran Junta de Gobierno, la última de las varias que formó Felipe II desde mediados de la década de 1570 con la intención de mejorar el despacho de los negocios y, en la medida de lo posible, de sacarlo de la órbita de los consejos, por donde empezaron a no pasar los asuntos de mayor importancia que, en cambio, se reservaban para juntas permanentes u otras creadas ad hoc a las que eran convocados expertos y consejeros elegidos expresamente por el monarca.

Imágenes

Palacio de Carlos V (Yuste, Cáceres) Silla de manos de Felipe II Antonio Pérez, retrato anónimo