La construcción de una herencia familiar

Don Felipe y Doña Juana
Época: Reyes Católicos
Inicio: Año 1474
Fin: Año 1516

Antecedente:
La España de los Reyes Católicos

(C) Angel Rodríguez Sánchez



Comentario

Los biógrafos de los Reyes Católicos suelen atribuir a su genio personal y a su habilidad diplomática la construcción de una estrategia familiar que produjo durante su vida una importante presencia hispana en el conjunto de relaciones entre los distintos Estados europeos y con el Papado, y que desembocó en una herencia de singulares proporciones. La práctica de una estrategia familiar orientada a emparentar con las principales casas nobiliarias y con las dinastías reales no era nueva; sirvan como ejemplo dos de las muchas situaciones precedentes: los padres de Fernando el Católico, Juan II de Aragón y Juana Enríquez, hija del Almirante de Castilla, planearon el destino de su hija Juana de Aragón, tercera de las hermanas que tuvo Fernando, hasta cuatro veces. Juana de Aragón, que había nacido en 1455, fue ofertada a un hermano del rey Enrique IV, después al duque de Berry, hermano de Luis XI, más adelante a Federico, hijo de Fernando I de Nápoles y, por fin, lograron casarla con Fernando I de Nápoles. Algo semejante ocurrió con la misma Isabel la Católica; antes de contraer matrimonio con Fernando, se estudió la posibilidad de que lo hiciese con el rey de Portugal, el duque de Berry y Ricardo de Gloucester, hermano de Eduardo IV de Inglaterra.
Esta estrategia, común en todas las cortes europeas, además de revelar la necesidad de cimentar las relaciones internacionales con relaciones personales, originó situaciones muy complejas que a su vez señalan la práctica de una fuerte endogamia, necesaria para intentar mantener unas relaciones diplomáticas más basadas en la desconfianza mutua que en la colaboración formal. Como resultado, las estrategias de las familias reales necesitaron recurrir al Papado en busca de múltiples dispensas que resolviesen los frecuentes impedimentos de parentesco. Además, dicha estrategia afectó también a los hijos procedentes de relaciones extraconyugales; sin salirnos del ejemplo de la familia de Fernando el Católico, su padre Juan II de Aragón, que contrajo dos matrimonios, primero con Blanca de Navarra y después con la ya citada Juana Enríquez, además de los siete hijos legítimos contabilizados entre los dos matrimonios, tuvo otros cinco hijos de relaciones extraconyugales, algunas de las cuales no fueron episódicas. De estos cinco hijos, uno fue conde de Ribagorza, otro fue arzobispo de Zaragoza, y su hija Leonor fue casada con Luis de Beaumont, conde de Lerín y condestable de Navarra. Los otros dos, Fernando y María, murieron siendo niños. Los ejemplos podrían multiplicarse por detrás, por delante y durante el tiempo al que se refiere esta historia. En la propia familia nuclear de los Reyes Católicos el destino de algunos de los hijos exigió la intervención pontificia, también se decidió la estrategia que había que seguir con los hijos bastardos de Fernando, y hasta tuvieron que hacer frente a un caso de divorcio. Los Reyes Católicos tuvieron cinco hijos, de los que cuatro fueron mujeres, y sólo uno varón, el malogrado príncipe don Juan; intereses interiores relacionados con la pacificación de los bandos nobiliarios, y exteriores, significados por una política de buena vecindad, contribuyeron a que el destino de sus hijos se orientase a contratos matrimoniales muy particulares en cuyo fondo existieron tres decorados: el Atlántico, el Mediterráneo y la relación con los países rivales, singularmente con Francia, a la que los Reyes trataban de aislar por la competencia que ambas monarquías mantenían respecto de los territorios italianos.
Con esta finalidad han de entenderse las bodas de sus hijas Isabel y María, que relacionaron a la Monarquía Católica con Portugal: la hija mayor, Isabel, casaría con el infante portugués don Alfonso, y cuando murió éste, con el rey don Manuel. A la muerte de Isabel, ocupó su lugar su hermana María, que hacía el cuarto lugar en el total de hijos habidos por los reyes. Los otros tres hijos permitieron estrechar las relaciones con el imperio y con Inglaterra; Juan y Juana contrajeron matrimonios con Margarita de Austria y con Felipe de Borgoña, el Hermoso, ambos nietos del emperador Maximiliano de Austria, y la más joven de la descendencia legítima, Catalina, lo hizo primero con Arturo y después con Enrique VIII de Inglaterra. La práctica de los matrimonios dobles era frecuente; Maximiliano de Austria preparó en 1507 una doble alianza matrimonial que afectaría a otros dos de sus nietos: María de Habsburgo casaría con Luis, heredero de la corona de Hungría, y su hermana Ana de Hungría lo haría con Fernando de Austria. Tanto las alianzas matrimoniales con Castilla como las realizadas con Hungría acabaron beneficiando a los nietos del emperador Maximiliano.
En la historia de la familia todas las estrategias, pese a los intereses del dirigismo que ejercitó la patria potestad, no acabaron igual, y las que terminaron bien en apariencia, contribuyeron a que se produjeran nuevas e importantes complicaciones. A largo plazo, y sólo concediéndole el valor de una simple invocación, que en ocasiones resulta ser accesoria, las reivindicaciones dinásticas y sucesorias se produjeron dentro de un marco mucho más amplio que siempre estuvo presidido por otro conjunto de problemas: la política seguida con Portugal -que es anexionado a la Corona de Castilla en 1580-; con Inglaterra, que exigió la intervención hispánica más conocida por uno de sus episodios más llamativos, el del desastre naval de su flota; con el Imperio, con las sociedades controladas en Italia, o con los Países Bajos, la estrategia familiar de los Reyes Católicos también ha de dejar su hueco a una interpretación menos triunfalista que permita relacionar lo que se ha denominado justamente imperio español con las bases que lo hicieron posible. Y es que en toda cuenta de resultados, desde otras perspectivas además de las que produce nuestra visión del tiempo presente, deben colocarse en cada columna contable los éxitos y los fracasos.
La singular herencia de Carlos, nacido en Gante en 1500, vino propiciada por una cadena de infortunios; el príncipe don Juan murió en 1497, malográndose además el resultado del embarazo de su mujer Margarita que dio a luz una niña muerta, y al año siguiente, en 1498, murió la hija primogénita Isabel, y dos años más tarde, su hijo Miguel que había sido jurado como heredero por Castilla, Aragón y Portugal. Desde 1502, en que son proclamados herederos Juana y Felipe el Hermoso, hasta el otoño de 1517, año en el que viene a Castilla el que va a ser emperador Carlos, primero la enfermedad de Juana y después la muerte de su marido, dejaron a Carlos como heredero de todos los Estados, y desde la muerte de su abuelo paterno Maximiliano, emperador del Sacro Imperio. La llegada a este final no fue nada fácil; una complicada red de intereses, agravados por la muerte de Felipe el Hermoso, hizo muy dudosa la candidatura de Carlos al trono castellano, que realmente ocupaba su madre doña Juana. Castilla y los Países Bajos se convirtieron en escenarios de estrategias dinásticas enfrentadas; por un lado, el emperador Maximiliano, a la muerte de Felipe el Hermoso, nombró a su hija Margarita regente de los Países Bajos, quien además de encargarse activamente de la educación de Carlos, sirvió con la oposición de la nobleza local y de los personajes que rodeaban al futuro emperador a los intereses antifranceses de Fernando el Católico. Por otro lado, en Castilla, la incapacidad de la reina doña Juana dejó a Fernando el Católico con la libertad suficiente para desear que fuese Fernando quien le sucediese en Castilla, y antes, entre 1506 y 1511, a pensar en un heredero de sus reinos orientales en el fruto de su matrimonio con Germana de Foix. Sólo a partir de 1515, con el fin de la regencia de Margarita de Austria en los Países Bajos y el triunfo diplomático de los consejeros de Carlos ante Fernando y Cisneros, inclinó definitivamente la balanza en beneficio de Carlos. Medio siglo separa la última voluntad de Isabel la Católica de la de su nieto, y cuando Carlos V hace su testamento en 1554, casi triplica el número de títulos que heredó de sus abuelos:
"Emperador de los Romanos, Augusto Rey de Alemaña, de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Secilias, de Hierusalem, de Ungría, de Dalmaçia, de Croacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galizia, de Sevilla, de Mallorca, de Cerdeña, de Córdova, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algezira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias, islas y Tierra Firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Lothoringia, de Carintia, de Carniola, de Linburj, de Luçenburg, de Gueldres, de Athenas, de Neopatria, Conde de Barcelona, de Flandes, de Tírol, de Auspurg, de Arthois y de Borgoña, Palatino de Henao, de Olandia, de Zelandia, de Ferrete, de Friburg, de Hanurg, de Rosellón, de Hutfania, Langrave de Alsacia, Marqués de Burgonia y del Sacro Romano Imperio, de Oristán y de Gociano, Príncipe de Cataluña y de Suevia, Señor de Frisia, de la Marcha Esclavonia, de Puerto Haon, de Vizcaya, de Molina, de Salinas, de Tripol y de Malinas, etc".
Esta gran herencia, que no sólo ha de atribuirse a la estrategia familiar desarrollada por los Reyes Católicos, sino también a las guerras de conquista, a la actividad diplomática ante las cortes europeas y el Papado, y al descubrimiento de las islas y continente americano, constituye el punto de partida del gobierno de una dinastía extranjera que se proyectó como un imperio universal. Su fundamental base social y económica fueron los territorios peninsulares e insulares de un complejo de Estados, Castilla, Aragón, Navarra, sobre los que previamente se había desarrollado la tarea de gobierno de la reina Isabel y del rey Fernando.

Imágenes

Juana la Loca Cortejo del bautizo del príncipe don Juan Enrique IV de Francia