Los restos arquitectónicos

Mosaico figurativo
Época: Arte Antiguo de España
Inicio: Año 150 A. C.
Fin: Año 350

Antecedente:
Las villas hispanorromanas

(C) Dimas Fernández-Galiano



Comentario

Las excavaciones de las villas romanas se han llevado a cabo en nuestro país de una manera por lo general deficiente e incompleta; la inconstancia de las administraciones en mantener el apoyo continuado que precisa la investigación arqueológica ha motivado que nuestro conocimiento de estos edificios deba apoyarse en noticias fragmentarias e insuficientes. No hay muchas villas que hayan sido excavadas en más de un 40 por 100 de su superficie, pocas las que permiten el estudio de una parte significativa de su planta, y menos aún son los casos en que las excavaciones y la publicación de los hallazgos muestran haber seguido una metodología científica. No obstante, algunas villas romanas, por el volumen de sus excavaciones, contienen el suficiente número de datos para aventurar un estudio de conjunto. Puede afirmarse que Hispania fue un país con una densa población rural en época romana, y que el número de villas halladas es abundante y su grado de riqueza grande, sólo comparable a las de la misma Italia. En ciertos aspectos, nuestras villas romanas se diferencian claramente del resto de este tipo de establecimientos en otras zonas del Imperio.
La tipología arquitectónica varía sensiblemente, aunque predomina la forma de construcción mediterránea con habitaciones dispuestas en torno a un patio central columnado o peristilo, rodeado por cuatro pasillos, generalmente recubiertos con mosaicos. Este tipo de estructura se adapta bastante bien a los distintos climas hispanos, y presenta la ventaja adicional de ser muy flexible, permitiendo la disposición de salas de distintos tamaños, adaptadas a diferentes finalidades y usos, y el progresivo añadido de cuerpos diferentes de edificaciones, a veces duplicando el patio original mediante la construcción de otro cuerpo de edificio ordenado en torno a un segundo peristilo.
Es imposible referirse a los usos de las habitaciones sin conocer previamente el uso del conjunto. Si la construcción se realizó o se remodeló finalmente para servir como residencia de un rico propietario romano, las necesidades domésticas del edificio deben mostrarse en la disposición de la planta: por ejemplo, cabe esperar reconocer el oecus o gran salón o habitación de recepción de la casa; el triclinio o comedor, los cubículos o dormitorios y otros espacios cuya organicidad permita reconocer con un razonable grado de certeza el uso y las funciones del edificio a que pertenecen.
Sin embargo, por extraño que pueda parecer, muchos espacios arquitectónicos conocidos como villas no responden en absoluto a una tipología más o menos asimilable a la requerida por el uso de una casa romana. Ello ha invitado a algunos arqueólogos a inventar nombres para espacios no conocidos por los textos: por ejemplo, el de oecus-triclinio referido a una habitación de grandes dimensiones y susceptible de ser utilizada de modo ambivalente. En otras ocasiones, el deseo de comprender la estructura arquitectónica conforme a los moldes conocidos ha obligado a forzar la interpretación de los hallazgos hasta el punto de hacerlos incomprensibles.
Algunas de ellas se construyeron o remodelaron indudablemente como residencias de propietarios romanos: por ejemplo, las villas de Rielves (Toledo), Las Tiendas (Mérida) o Carranque (Toledo). Presentan coherencia en la forma y disposición de las estancias, ordenadas orgánicamente en torno a un espacio central descubierto; la iconografía de sus mosaicos guarda relación con el probable uso de las salas que decoraban y los hallazgos de muebles apoyan esta interpretación. En otros casos, los restos arquitectónicos y arqueológicos, así como la iconografía de los elementos decorativos hallados en las excavaciones hacen dudar seriamente de que el destino principal para el que fueron realizadas o ampliamente remodeladas -dado que la mayor parte de ellas pertenecen al siglo IV d. C.-, fuese el de ser viviendas de ricos propietarios.
Personalmente tengo serias dudas de que la existencia de una clase de domini latifundiarios, esos señores prefeudales a los que se refiere corrientemente la historiografía del momento, pueda explicar coherentemente el fenómeno arquitectónico de las villas. Mi convencimiento proviene de un análisis múltiple de elementos arqueológicos y documentos iconográficos, y se apoya asimismo en una lectura crítica de textos literarios cuyo análisis pormenorizado no tiene cabida aquí. Pero quizá sea momento de señalar que estas villas se desarrollan fundamentalmente en torno a lugares de culto, que muchas de ellas son precisamente templos, un buen número de las más importantes y mejor conocidas. Esta afirmación, no obstante, no puede entenderse sin algunas puntualizaciones previas sobre la naturaleza de los cultos de origen oriental que durante los siglos II a IV d. C. se habían extendido extraordinariamente por toda la parte occidental del Imperio.
Por la naturaleza mística de sus doctrinas, estas religiones requerían unos espacios litúrgicos diferentes de los templos clásicos, y la transformación de estos espacios tiene un largo desarrollo que cobra formas diferentes en los distintos lugares del orbe romano. Tengo el convencimiento de que uno de los desafíos inmediatos que debe plantearse la investigación histórica del Bajo Imperio es la definición arqueológica de estos espacios y la valoración de las villas romanas a partir de esta nueva consideración. El camino a recorrer es difícil: es necesario tener en cuenta la naturaleza ocultista de estas religiones, cuyos ritos estaban velados por la imposición de silencio al iniciado; lo que de ellos conocemos nos ha llegado precisamente a través de sus detractores, los primeros escritores cristianos, Orígenes, Prudencio, Fírmico Materno, Agustín, etcétera, pero especialmente a través de los considerables avances en su investigación que ha proporcionado la arqueología en los últimos años.
Estas religiones, por una parte, eran variadísimas en origen y desarrollo: los cultos de Isis y Osiris, de Magna Mater y Attis, de Mitra, de Dioniso, de la diosa Siria y muchos otros vinieron a añadirse, en distintos momentos, a los de Eleusis y Samotracia, que se hallaban bien enraizados en el mundo griego y romano. Durante el siglo IV, al sincretismo absolutamente extendido de estos dioses con los del panteón olímpico, vienen a unirse los efectos de la transformación de muchas de las deidades olímpicas, que ven resucitados algunos de sus olvidados rasgos originales y se presentan reforzadas espiritualmente por unos cultos propios basados en el misterio (Zeus y los titanes, Venus y Adonis, etcétera). A este panorama complejo hay que sumar la naturaleza y el influjo de otras religiones orientales, el cristianismo y el judaísmo, que en este momento tienen un fuerte componente mistérico, y que se hallan desgranadas a su vez en numerosas sectas gnósticas, más o menos heréticas.
Los componentes de esta complicada amalgama muestran unos profundos cambios en la mentalidad y en las concepciones religiosas durante el último siglo de la Hispania romana, cambios que conllevaron transformaciones sustanciales de los espacios sagrados: el templo tradicional dejó paso a una variadísima serie de estancias adaptadas a las nuevas necesidades litúrgicas, del mismo modo que las creencias en los dioses del panteón olímpico se iban retirando en favor de divinidades de características más acordes con las aspiraciones y los sentimientos religiosos de las gentes. La religión tradicional siguió debatiéndose en la lucha contra estas nuevas tendencias y muy especialmente contra el cristianismo; pero antes de la derrota final asistirá durante los últimos tiempos a una profunda renovación que tuvo consecuencias arqueológicas.
Muchos de los edificios conocidos como villas son templos; la dificultad, ahora, consiste en establecer los diferentes cultos, las deidades diversas a quienes estaban dedicados, el reconocimiento arqueológico de los espacios rituales. No es tarea fácil, pero tampoco creo imposible abordarla; por el momento, limitémonos a indicar algunas de las villas a las que habrá que llamar santuarios.
Una habitación cuadrada rematada con una exedra en uno de sus lados parece ser una forma característica de ninfeo o espacio consagrado a las ninfas. En varias villas lusitanas aparece claramente diferenciado de los edificios en torno: Olháo (Faro); villa de Frades, Sáo Cucufate (Béja); Estoi, Milreu (Faro), y en la Dehesa de la Cocosa, aquí ligeramente diferente. Otros santuarios hispanos consagrados a las ninfas y conocidos hasta la fecha como villas presentan esta forma arquitectónica, decorada con mosaicos: son los de Comunión, un amplio aedes dedicado a las ninfas, con distintas dependencias y estancias, la más característica (con la forma mencionada de espacio cuadrangular y exedra) decorada con un mosaico con Diana cazadora; otros santuarios dedicados a Diana y a las ninfas son los de las llamadas villas de Prado (Valladolid) y San Julián de la Valmuza (Salamanca).
A falta de una interpretación mejor, también se han dado a conocer como villas algunos espacios rituales dedicados a Magna Mater y Attis, como el de Fraga (Huesca), amplio edificio construido a mediados del siglo IV d. C., y el de Almedinilla, santuario recientemente descubierto, probablemente consagrado a Attis.
Otras varias villas son asimismo templos: la llamada casa del Mitra, de Cabra, Córdoba, excavada parcialmente hace unos años, presenta una estructura arquitectónica original concebida para recrear artificialmente el espacio de la cueva o spelunca mitraica, por medio de un patio que reproducía artificialmente la fons perennis, y en cuyo centro se dispusieron sendas estatuas de Mitra tauróctono y Dioniso. Otras villas hispanas, como la de Torre de Palma y Azuara, son verosímilmente espacios organizados en torno a un culto religioso: el primero, con un fuerte componente de carácter dionisíaco; el segundo, probablemente dedicado a los misterios de Samotracia.

Imágenes

Mosaico  (Conimbriga, Portugal)