Villa rústica, villa urbana: el perpetuo dilema del campo y la ciudad

Mosaico de María Severa
Época: Arte Antiguo de España
Inicio: Año 150 A. C.
Fin: Año 350

Antecedente:
Las villas hispanorromanas

(C) Dimas Fernández-Galiano



Comentario

Los romanos consideraban sus villas como lugares de esparcimiento y de recreo, al margen de la rentabilidad económica que pudiera reportarles: la villa también era un lugar donde el propietario podía retirarse para descansar del ajetreo de la ciudad, entregarse a la caza y pesca, dedicarse a la lectura o a las actividades artísticas. Este ocio no era incompatible con los usos agropecuarios de la villa, pero evidentemente exigía unas instalaciones diferentes a las requeridas para la agricultura. En oposición a la villa rústica, los romanos distinguían la villa urbana (término a su vez confuso porque significa, según autores, bien una villa situada en el interior de una ciudad o bien aquella parte de la villa dedicada a residencia del propietario). Para entender las villas romanas es importante comprender cómo estas habitaciones reservadas al propietario varían en dimensión y funciones a lo largo del tiempo.
Catón (IV, I), en el siglo II a. de C., aconseja que esa parte dedicada a vivienda tenga un buen emplazamiento y disponga de buenas edificaciones para que el propietario vaya a ella con gusto; Columela (1, 4, 8), tres siglos más tarde, no se expresa de manera distinta y aconseja que se reserve al padre de familia la mejor habitación posible, para que vaya al campo con frecuencia y permanezca en él gustosamente. Estas noticias nos dan a entender que, durante bastante tiempo, el propietario romano fue en esencia un absentista que acudiría a su hacienda lo imprescindible para revisar las cuentas, dar órdenes al villicus o capataz, autorizar compras e inversiones en la finca, recoger los beneficios y regresar cuanto antes a su residencia habitual; normalmente en un centro urbano próximo.
Durante los siglos III y IV, las villas hispanas muestran un auge sin precedentes, que se ha creído consecuencia directa de la decadencia de la vida urbana, supuestamente causada por los desórdenes traídos por la anarquía militar y las invasiones francoalemanas de los años medios del siglo III. Cualquiera que fuesen las causas, parece constatado por la arqueología que a partir de los años de la tetrarquía se produce un extraordinario florecimiento de las villas romanas en Hispania. La explicación que tradicionalmente se ha venido ofreciendo a este fenómeno propone una huida más o menos generalizada de las ricas aristocracias urbanas hacia el campo, desvinculándose así de unas ciudades en ruinas, evitando cargos onerosos en la administración municipal y eludiendo la creciente presión del fisco.
De acuerdo con esta teoría, las clases pudientes habrían abandonado sus antiguas sedes y construido ricas residencias campestres en las que dedicarse a la supervisión de sus producciones agropecuarias y a formas más o menos exquisitas de ocio; habrían llevado consigo, a sus nuevas viviendas, todos los refinamientos que la ciudad podía ofrecerles, construyendo termas, piscinas, gimnasios, edificios ricamente ornados con peristilos, grandes salones de recepción, columnatas y un amplio etcétera, que constituye lo que ha dado en llamarse con cierta fortuna en la literatura especializada urbs in rure.
Sin embargo, esta visión de conjunto, aun conteniendo elementos a los que puede prestar apoyo la arqueología, es a la vez simplista y desenfocada. Cabría preguntarse, primero, si la decadencia urbana del Bajo Imperio en Hispania es un hecho cierto; segundo, si esta supuesta decadencia conllevó necesaria y mecánicamente una revitalización del agro; y tercero, en qué medida afectó esta fuga aristocrática a los establecimientos rurales conocidos como villas.
El término urbs in rure es engañoso: propone que algo pueda ser una ciudad sin serlo. Sin embargo, se ha aceptado corrientemente para definir el grado de comodidades y lujo que han podido documentar las excavaciones en las villas romanas. Este nivel de riqueza que efectivamente muestran las villas a partir de finales del siglo III puede tener poco que ver con la supuesta decadencia de las ciudades; pero ya que hasta ahora así se ha venido explicando, preguntémonos por el avatar de las ciudades hispanas a partir de la reestructuración tetrárquica. El panorama de decadencia generalizada de las ciudades hispanas del siglo IV, que ha venido admitiéndose normalmente entre los historiadores de la antigüedad tardía, está siendo matizado en diversos estudios recientes.
No parece que tras las revueltas, desórdenes e invasiones del siglo III, la vida urbana desapareciese, ni que las ciudades se hallasen mayoritariamente en ruinas, ni que las aristocracias romanas hubiesen dejado de tener en ellas las sedes de su poder y su prestigio social. Las ciudades habían, es cierto, envejecido, pero eso no las hacía inhabitables; los cargos municipales eran sin duda onerosos, pero siempre lo habían sido; la presión fiscal era creciente, pero se ejercía tanto en las ciudades como en el campo, y en ocasiones, prioritariamente sobre este último. No parece, pues, que éstas fueran las causas determinantes para justificar el supuesto éxodo de los ricos aristócratas hacia sus dominios rurales.
En cualquier caso, y aun suponiendo que el abandono y decadencia de las ciudades fuera un hecho constatado, sería ingenuo pensar que una residencia campestre puede ofrecer las ventajas de la urbe: la vida en ésta significa el foro, la basílica, los monumentos públicos; el mercado, las transacciones, los tribunales de justicia, los espectáculos, la vida pública, el bullicio; el negotium, en suma, por oposición al otium de la vida campestre y retirada. Hoy día cualquier habitante de la ciudad que haya pasado algunas semanas en el campo sabe la distancia insalvable que media entre una y otro: no debe serle difícil comprender, en consecuencia, la contradicción entre términos que entraña la expresión urbs in rure.
Dada la parquedad de noticias de los textos clásicos sobre las villas romanas del Bajo Imperio, la mayor parte de la información de que podemos disponer sobre ellas proviene de las excavaciones arqueológicas. Sin embargo, éstas se realizan a menudo con unos ciertos prejuicios que de algún modo determinan su modo de estudiarlas y de entenderlas; si queremos aprovechar la gran cantidad de información que suministran las excavaciones, es necesario al tiempo analizarla con sentido crítico, tratando de eludir dichos prejuicios. Uno de ellos, repetido hasta la saciedad, es el que propone la excavación completa de una villa romana como panacea para entender las demás; no hacen falta muchas razones para rebatir esta simpleza; el desconocimiento arqueológico de las villas en nuestro país no se resolvería en modo alguno con la excavación total de una villa, ni es posible encontrar un modelo o patrón que pueda servir a la hora de excavar otra.
Si algo sabemos con seguridad sobre las villas romanas al comparar lo investigado en nuestro país con lo sabido de otros, es la singularidad característica de este tipo de yacimientos: no existe una villa igual a otra. Lo cual no quiere decir que no sea posible establecer mediante un estudio arqueológico las características generales comunes a este tipo de construcciones. Dos estudios de conjunto sobre el tema, publicados a en los últimos años de la década de 1970 y primeros de la siguiente, permiten comparar enfoques, metodologías y conclusiones. (Gorges, J. C. "Les villas hispano-romaines". París, 1979; Fernández Castro, M. C. "Villas romanas en España", Madrid, 1982.)
En ambos casos, los autores se preocupan por establecer los modelos de asentamiento, la tipología arquitectónica de las villas y la reconstrucción de un panorama rural en época romana a partir de los datos básicos proporcionados por las memorias de excavaciones en los distintos sitios; pero, al no efectuar la revisión crítica de carácter arqueológico que hubiera sido necesaria para valorarlos en conjunto, las conclusiones a que llegan ambos autores, cada uno por su parte, denotan unos mismos defectos. O bien insisten en lo evidente -las concentraciones de villas en los valles fluviales y tierras fértiles, la diversidad en formas y proporciones de los asentamientos, su uso agrícola generalizado, etcétera- o bien tratan de explicar la realidad de las villas romanas con la ayuda de unos textos clásicos, fundamentalmente los de los agrónomos latinos, insuficientes para explicar el fenómeno de este tipo de yacimiento. En realidad, siguen en sus conclusiones la corriente general de la investigación formada por una serie de tópicos no por sumamente repetidos menos discutibles: la decadencia de la vida urbana, el retiro de los grandes domini, sus mansiones agrícolas, el auge de la vida en el campo gracias al renacimiento económico constantiniano, la dedicación de los propietarios a la lectura y al ocio, a la caza y a la pesca: un panorama aristocrático de vida casi idílica, rodeada de lujo y comodidades, que se vería conmovido por los avatares turbulentos del siglo IV, cuando las villas se habrían reforzado y utilizado como lugares de defensa y refugio, y colapsado poco más tarde, a comienzos de la centuria siguiente, a causa de las irrupciones violentas de los bárbaros.
Las directrices conceptuales de la visión que acabamos de exponer de forma simplificada son, sin embargo, moneda corriente en la valoración histórica de las villas romanas, y cualquier arqueólogo con un yacimiento de este tipo a su cargo no puede evitar encuadrar sus hallazgos en dicho marco histórico. Sin embargo, dado que las villas romanas no ocupan un abundante espacio en la literatura latina, y puesto que su momento de mayor auge en nuestro país parece coincidir con el período en el que las fuentes escritas son más escasas al efecto, parece lógico tratar de explicaras desde un punto de vista principalmente arqueológico que se avenga en lo posible con los textos conservados.

Imágenes

Mosaico con escena campestre