Las obras emeritenses

Acueducto de los Milagros (Mérida, Badajoz)
Época: Arte Antiguo de España
Inicio: Año 150 A. C.
Fin: Año 350 D.C.

Antecedente:
Agua para todos

(C) Alfonso Jiménez Martín



Comentario

Mejor suerte han tenido las presas que alimentaron la vieja capital de Lusitania y actual de Extremadura, Mérida, que llegó a tener, como veremos, tres conducciones independientes, aunque sólo dos partieron de presas. La más antigua de ellas tiene como nombre moderno el de Cornalvo; corresponde a un modelo distinto del caso de Toledo, pues no sólo la torre de toma es una isla, unida al muro mediante un puente sobre arcos, sino que además aquél es una especie de obra alveolar, constituida por una trama tridimensional de muros de sillería ataludada, de muchísima inercia, sin estribos ni espaldón inerte, pero cuyos espacios intermedios están rellenos con arcilla en la parte baja y hormigón en la alta; esta estructura alcanzó la longitud de 200 m y una altura cercana a los veinte. Así el arroyo Albarregas embalsó en él diez millones de metros cúbicos en su posibilidad máxima. Las características de la construcción nos inducen a datarlo en la etapa fundacional de la ciudad o un poco más tarde, es decir, en época de Augusto; esta fecha casa bien con la identificación, debida a don Antonio Blanco, de ésta con el Aqua Augusta que menciona una inscripción.
El segundo de los pantanos emeritenses es el que, desde la Edad Media, se denominó Charca de la Albuera, cambiado posteriormente a Pantano de Proserpina a causa de la incorrecta interpretación de un epígrafe. Su fecha es más tardía, y debe ponerse en relación con la construcción de edificios termales en la ciudad; para mí que su data está en los primeros años del siglo II de nuestra Era. Su modelo se parece bastante al de la Alcantarilla, pues tiene estribos internos, espaldón de tierra y torres de tomas incluidas en su masa.
La experiencia les demostró a los romanos que a veces incluso el suministro completo o parcial de una ciudad podía confiarse a la recogida de aguas subterráneas, en vez de fabricar un dique para acopiar la llovediza directamente; sabemos que varias ciudades (Emerita, Valeria y Segobriga, entre otras) poseyeron, y aún son visitables, largas galerías excavadas en las capas freáticas, capaces de recoger filtraciones; lo más interesante es que, a veces, estos son los únicos restos conservados de los acueductos romanos que, de otra manera, quedarían relegados al limbo de la bibliografía o, peor aún, de las leyendas. Este es el caso de las captaciones de Hispalis y Carmo, que tomaron aguas de la zona que hoy denominamos Los Alcores.Creo que son suficientes estos ejemplos para dar una idea de las obras que se levantaron para surtir de agua a las ciudades, quedando una multitud de presas cuya misión era el suministro rural, ya fuese a una villa, a zonas de regadíos o para provisión de alguna explotación minera; renunciamos a su descripción y análisis ya que, excepción hecha de las que han sido excavadas por Luis Caballero Zoreda, la mayoría puede que no sean romanas.Olvidaba decir que, sin posibilidad de mejora por medios químicos, los romanos fiaban la calidad del agua obtenida a la elección del lugar de la toma, para lo que el arquitecto Marco Vitruvio Pollio dejó esta receta: "Si se trata deaguas corrientes que vayan al descubierto, y antes de comenzar a conducirlas, es preciso ver y examinar con atención la membratura de los que habitan en los alrededores de tales fuentes; si son robustos y corpulentos, si tienen buenos colores, si no padecen enfermedades de las piernas ni fluxiones de los ojos, será prueba de que las aguas son muy buenas"; vamos, que lo que no mata, engorda.
Aunque no sea un pantano, sí es un dique el muro de la Alcazaba de Mérida, inmediato al puente dúplice, que se consideraba como un imprescindible puerto fluvial, ya que J. M. Alvarez ha sugerido que pudo tratarse de una estructura destinada a defender la muralla colonial de las crecidas del Guadiana.

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