La gran revolución de la arquitectura

Acueducto de los Milagros (Mérida, Badajoz)
Época: Arte Antiguo de España
Inicio: Año 200 A. C.
Fin: Año 350

Antecedente:
Introducción al arte hispanorromano

(C) Manuel Bendala Galán



Comentario

No es el propósito de este trabajo pasar revista a todas las novedades artísticas que supuso para Hispania la incorporación al Imperio Romano, entre otras cosas porque sería tanto como hablar de todo el arte romano, y no tendrían cabida en estas pocas páginas. Pero merece la pena dedicar, como final, una atención específica a la arquitectura, por su importancia en Roma, y por las peculiaridades que sus manifestaciones adquieren en Hispania, debido a una compleja serie de fenómenos.Todos los tratadistas están de acuerdo en que la arquitectura tuvo en Roma una importancia excepcional, no sólo por comparación con las otras artes -como la escultura y la pintura- en las que la deuda con Grecia era enorme e insuperable, sino en términos absolutos. Roma dio la más alta medida de su capacidad creativa, en lo artístico y en lo tecnológico, y abrió una etapa nueva en la historia de la arquitectura, con el desarrollo de la concepción occidental del espacio arquitectónico, dicho en palabras del gran especialista Sigfried Giedion. Si Grecia revolucionó la escultura, Roma hizo otro tanto con la arquitectura, basada en lo esencial en una audaz concepción del espacio interior, modelado con las enormes posibilidades que se imprimió a las cubriciones con arcos y bóvedas. Baste como ejemplo de ello un edificio emblemático como el Panteón de Roma, creación de época adrianea, considerado una de las cumbres de la arquitectura de todas las épocas. Al servicio de su insuperable ambición arquitectónica puso Roma una tecnología revolucionaria, basada en el empleo de materiales nuevos, como el hormigón -el opus caementicium- y el ladrillo, que se añaden a la gran experiencia heredada, representada por el uso de la piedra, en diferentes tipos de paramentos, y de otros materiales.
En Hispania, la combinación de una tradición prerromana bastante pobre en general en el terreno de la gran arquitectura, con la excepcionalidad de la arquitectura romana, hace que la romanización en este terreno tenga medidas superlativas. Las culturas ibéricas, en efecto, tuvieron una modesta arquitectura, y en las etapas prerromanas casi sólo cabe buscar en Hispania creaciones de alguna notoriedad en el ámbito de las colonias griegas y en el mundo púnico; aquí, sobre todo, en las fases últimas y en las zonas especialmente afectadas por la dominación de los Barca. La arquitectura defensiva de Carmona, en la Puerta de Sevilla, cuyo bastión central es reconocido como púnico helenístico tras los trabajos de Alfonso Jiménez, advierte acerca de un posible gran desarrollo puntual de la arquitectura helenística antes de la romanización. Quizá Cartagena guarde algún testimonio de lo que debió de ser una gran ciudad, con importantes edificios religiosos y palaciegos, de lo que dejan constancia los autores antiguos que describen Cartago Nova.
Pero al margen de ello, la romanización se presenta como un flujo extraordinario de novedades arquitectónicas. Como en el resto del Imperio, en Hispania tuvieron amplio campo de acción los fenómenos que desencadenaron la particular carrera arquitectónica que se desarrolló en el seno de la civilización romana. Muy sintética y simplificadamente, puede explicarse de la siguiente manera el origen de aquellos fenómenos: Roma se consolidó como una gran potencia en Italia cuando todavía era una modesta ciudad, en su organización urbanística y en su arquitectura, modestia que se hacía tanto más evidente -e hiriente a los ojos de las oligarquías romanas- cuanto más intensos fueron los contactos con las florecientes y hermosas ciudades griegas del sur de Italia y de Sicilia, sobre las que Roma, además, ejercía su dominio.
En los dirigentes de Roma arraigó una obsesión: la de equiparar su ciudad con las griegas, y una de las preocupaciones, de las obligaciones principales de los líderes romanos, pasó a ser la de construir, la de dignificar la apariencia de Roma sufragando obras públicas. Es el fenómeno del evergetismo, referido a la condición de evergeta -protector- de la ciudad, consustancial a todo personaje principal, a todo cargo público. Como lógico corolario, una de las mejores formas de garantizarse la popularidad y el éxito político era la de quedar asociado a una construcción importante. Escribe Bernard Andreae que ya en el siglo II a. C., las grandes familias de la nobleza habían comprendido la fuerza propagandística incomparable que emanaba de los grandes edificios. Pocos ejemplos tan apropiados de esta idea como una enorme inscripción, con letras de bronce, que unos ascendientes de Trajano hicieron poner al pie del escenario del teatro de Itálica, en recuerdo de las obras y las esculturas que costearon para el teatro mismo. Así se consolidó la trayectoria política de una familia que colocaría nada menos que en el mismo trono del Imperio a uno de sus miembros.
Cargada la arquitectura de significación política e ideológica, su proyección en las provincias quedaría marcada por ello, convertida en una más de las vías de propaganda de Roma. En Hispania se percibe una tendencia común a los ambientes provincianos a imprimir cierto gigantismo a los monumentos, en razón de las cualidades ideológicas con que Roma los revestía. Algunas obras de ingeniería, como los puentes o los acueductos, adquieren en Hispania la inusitada dimensión que tienen, por ejemplo, el puente de Alcántara o los acueductos de Segovia o de Mérida.Todo se comprende mejor al leer la insistencia de Estrabón en enaltecer las obras públicas romanas frente a las inertes construcciones griegas, o las recomendaciones de Plinio el Viejo a Trajano para que construyera un acueducto en Nicomedia, haciéndole ver que tanto la utilidad de la obra como su belleza serían dignísimas de su reinado. O bastaría, para lo que comento, recordar la inscripción que fue grabada en el templito que preside el mencionado puente de Alcántara, que entre otras cosas, decía: "El puente, destinado a durar por siempre en los siglos del mundo, lo hizo Lácer, famoso por su divino arte. El mismo levantó este templo a los divinos Romúleos y a César -los emperadores muertos y el reinante, que era Trajano-. Tanto por lo uno como por lo otro su obra es acreedora del favor celestial. Quien ha erigido este enorme puente, con su vasta mole, rindió honor y satisfacción a los dioses".
Todo se combina para que ciertos edificios de provincias alcancen magnitudes excepcionales. Hispania proporciona magníficos ejemplos en edificios oficiales o públicos como los enormes foros de Tarraco, o el foro de Valeria (Cuenca), una sencilla ciudad del interior donde sorprende encontrar ingentes obras de aterrazamiento y la construcción de uno de los ninfeos con fachada monumental más grandes del Imperio. Y lo mismo puede verse en el ámbito de la arquitectura privada, de forma que en Iulipa (Zalamea de la Serena, Badajoz), se encuentra el más grande distylo sepulcral conocido en el Imperio, una tumba de prestigio consistente en un alto basamento coronado por dos gigantescas columnas.
Pero además de estos rasgos de provincianismo o de localismo de carácter genérico, la arquitectura romana de Hispania muestra caracteres propios por los enormes imperativos técnicos y de disponibilidad de materiales inherentes a la arquitectura. Por una parte, la dureza y escasa calidad para la labra de detalles de muchas de las rocas disponibles en España, como el granito, la diorita, ciertas calizas, y otras, obligaron a construir con formas sobrias, en las que predominan los elementos arquitectónicos masivos, poco articulados o trabajados, como parece probar el apego a las molduras de "cyma reversa" y otros elementos de configuración parecida. Pudo ser una tendencia obligada que terminó por constituir una nota deliberada de estilo, de lo que vuelve a ser un buen ejemplo la sobria arquitectura empleada en el conjunto que compone el puente de Alcántara, con el arco y el templete.
Aparte de esta problemática tendencia, sí es claro que en Hispania no pudieron utilizarse los mismos tipos de paramentos y de materiales que en Roma. Aquí y en su entorno inmediato, por ejemplo, la epidermis de las obras de hormigón, el opus caementicium, se fue organizando mediante diferentes tipos de aparejos que contribuían a aumentar la solidez del edificio, y a facilitar el aporte y la colocación de los materiales mediante su fabricación en serie. Así, la forma más natural y menos resistente, la del opus incertum, fue siendo sustituida por paramentos regulares perfectamente ensamblados, primero del llamado opus reticulatum, que se impuso en el siglo I a. C. y en el I d. C y es abundantísimo en Roma o en ciudades como Pompeya; desde época de Augusto fue siendo sustituido con ventaja por paramentos de ladrillo, el opus testaceum, en uso a partir de Augusto y abundante sobre todo desde los Julio Claudios.
En Hispania, sin embargo, el opus reticulatum es excepcional, y aparte de alguna esporádica aparición en Ampurias o en Gades, el único edificio hispano construido con reticulatum que se conoce es la llamada Torre Ciega de Cartagena, un monumento funerario construido a fines de la República o en época de Augusto, según el reciente estudio que le ha dedicado Lorenzo Abad. El opus testaceum, por su parte, es de uso relativamente escaso y tardío en nuestra Península. En ciudades como Tarraco, pese a su importancia y al desarrollo del ingente programa constructivo de los foros y del circo, realizados en el siglo I d. C., el ladrillo no se empleó, y está prácticamente ausente en muchas otras ciudades hispanas.
Donde está documentado con mayor abundancia, por ejemplo en Itálica o en Mérida, su uso parece que no es anterior a la época de los Flavios y empezó a divulgarse, sobre todo, con Trajano y Adriano. Se va comprobando que en Hispania, los paramentos más usados, junto al opus quadratum -obra de sillares- fueron el opus incertum, que ensambla piedras irregulares (abunda, por ejemplo, en Mérida), y la mampostería de piedras menudas y forma prismática, alineadas en hiladas o bandas bastante regulares, de donde el nombre de opus vittatum con que se lo denomina.
De éstas y otras facetas de las particularidades constructivas de la Hispania romana, venimos ocupándonos hace unos años, para tratar de determinar los rasgos que caracterizan a la arquitectura hispanorromana. Se desprenden no pocas peculiaridades, en los materiales, en los ritmos de penetración de las corrientes y modas romanas, y también notas específicas derivadas de tradiciones locales o llegadas por diferentes cauces, como se comprueba en la metrología, a menudo distinta de la romana, según estudios recientes de Lourdes Roldán.

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