Estética e iconografía religiosa celtibérica

Jabalí procedente de las Cogotas (Avila)
Época: Arte Antiguo de España
Inicio: Año 500 A. C.
Fin: Año 150 D.C.

Antecedente:
Arte celtibérico

(C) Joaquín Barrio



Comentario

Hemos querido colocar un apartado bajo este título al final de nuestro estudio, con la intención de contribuir con ello a proporcionar al lector más pistas para una comprensión eficaz de la manifestación artística de lo celtibérico. Y porque además representación iconográfica y religión se nos aparecen indiscutiblemente unidas en esta rica cultura prerromana.
Respecto a los lugares de celebración de ritos y cultos ya hemos indicado en líneas precedentes la costumbre, generalizable a todo el espacio de la Céltica antigua, de realizarlos al aire libre, en un tipo de recintos conocidos como "loci consecratio hiera" en las fuentes clásicas. El santuario sería por tanto considerado como el centro cósmico, donde es posible la comunicación entre divinidades y hombres. También en la iconografía se ve reflejada la presencia de personajes destacados socialmente con rango de sacerdotes, en cierto modo con cualidades y funciones parecidas a los de los druidas galos, como por ejemplo cabe interpretar una figura grabada sobre la roca en Peñalba de Villastar, si nos atenemos al contexto religioso en que se recoge la inscripción. Sin embargo, es también en la cerámica donde los caracteres son más fácilmente reconocibles. En este sentido, un fragmento de una pieza numantina muestra un personaje tocado con un gorro puntiagudo y un atuendo muy singular, en el momento de realizar un sacrificio sobre un ara utilizando para ello un objeto cortante que porta en la mano derecha.
Un personaje de características muy similares, tanto en estilo como en modelo, pero al que no es posible atribuir una escena concreta, se observa en un jarro alto también de Numancia; en ambos casos el cuerpo es de tendencia trapezoidal, con la túnica decorada con motivos geométricos, los brazos acaban siendo una línea, y en su cabeza, además del tocado puntiagudo, destaca la expresión aterradora de un gran ojo circular.
De todos modos, la representación más destacable sobre la naturaleza sacerdotal de algunos individuos nos la ofrece un vaso de Arcóbriga, donde se ha pintado una estructura arquitectónica, -¿un templo?-, con una gran puerta entre dos columnas bajo la que se cobija un personaje con un árbol sobre su cabeza, flanqueado por serpientes y gallos; todo ello apenas reconocible a través de un delineado abstracto y simbólico.
Por su parte, entre la pequeña plástica encontramos igualmente alguna representación de cabecitas en bronce o terracota que nos traen al recuerdo la costumbre ritual céltica de cortar la cabeza a sus enemigos, recogida por Diodoro en una famosa cita, en la creencia de que es en la cabeza donde se encuentra el alma humana y, por tanto, al decapitarle, se apropiarían de ésta. Especial interés tiene para nosotros una de estas cabecitas en forma de aplique junto a un asa en una cerámica de Numancia; el modelo tosco muestra un rostro aterrado de grandes ojos sobresaliendo de unas órbitas desmesuradas donde se han indicado las cejas, una nariz puntiaguda y una boca de pequeño tamaño. Una manifestación plástica con un notable alarde de expresionismo y simplicidad de formas, pero donde el alfarero celtibérico ha recogido a la perfección los rasgos que le interesa destacar.
De características muy similares, si bien su peinado la relacionaría con figurillas ibéricas, es una cabecita procedente de Coca, con lo que se extenderían estas representaciones iconográficas más allá del área restringida de la Celtiberia. Si comparamos estos rasgos generales con las cabezas cortadas esculpidas en piedra, tanto del mundo galo como del área castreña del Noroeste, veremos que su parecido es más que evidente, siendo elementos diversos comprensibles en una gran koiné de tipo céltico.
La referencia a divinidades o dioses concretos tiene asimismo una presencia iconográfica especialmente entre los temas figurados de la producción numantina, refrendado a su vez por las noticias históricas de los autores latinos, y sobre todo por algunos textos epigráficos de la zona ya de época romana. El culto al dios Sucellos, una divinidad de carácter infernal y funerario, aparece confirmado en una figura humana cubierta con piel de lobo, al ser este animal el símbolo de dicha divinidad gala. También es posible reconocer en un pequeño fragmento polícromo a Cernunnos, a través de un personaje plasmado en posición cenital que lleva sobre su cabeza dos grandes cuernas de ciervo; sin duda, este dios es uno de los más característicos del panteón de los celtas, fuertemente vinculado a la fecundidad, y que también se representa mediante una serpiente cornuda, como las que se exhiben en alguna estela de Clunia. Incluso el culto a la diosa Epona, la diosa de los animales por excelencia en el ámbito mediterráneo, da la impresión que quiso ser simbolizado en una escena de doma de caballo, ejecutada sobre la panza de una jarra de Numancia. Sin embargo, aunque estas representaciones directas son escasas, la divinidad puede hacerse presente también a través de algunos elementos naturales, cuyo papel es suplantar -hipóstasis- lo divino, lo que no tiene por qué implicar la realidad de un culto directo a cada una de dichas especies. En este sentido, son ciertos animales -lobo, caballo, ciervo o toro- los que se encuentran plasmados iconográficamente, bien a través de la pintura de los vasos, bien a través de una plástica de pequeñas figuritas. Sírvanos como ejemplo, por un lado la gran máscara de cabeza de toro diseñada en color blanco sobre el cuerpo globular de un vaso, al que han delineado unos grandes ojos enmarcados en negro con trazo seguro y simple. Las cintas que cuelgan atadas a sus cuernos y los arreos que enjaezan su hocico, nos estarían mostrando a uno de esos bóvidos vinculados al culto. Y por otro lado hemos de destacar el personaje tocado con una máscara de caballo pintado sobre un jarro alto también de Numancia. Aquí la figura responde a una construcción más geometrizante, donde se ha querido destacar con cierto detalle la indumentaria, sin duda preparada para la ceremonia.
Encontramos, en fin, también en las manifestaciones artísticas de los celtíberos un refrendo a la existencia de una religión doméstica, realizada en las casas. No sólo son las tetrasqueles o esvásticas grabadas en los umbrales y dinteles de las casas, sino la presencia como exvotos de algunos animales confeccionados en terracota, todos ellos con trazos de gran simplicidad y abstracción, pero donde los caracteres más representativos de la especie se han recogido admirablemente; cabras, carneros de cuernos enroscados, bóvidos, caballitos..., son la muestra de esta rica iconografía. De entre todos ellos nos gustaría hacer mención de un caballito recuperado en Langa de Duero, y ello en función del simbolismo y la caracterización formal. El artífice ha modelado un pequeño équido con la cabeza inclinada en actitud de sumisión, donde destacan sólo sus dos pequeñas orejas, y la crin erizada; hasta este punto todo responde a un convencionalismo plástico bien reconocido. Sin embargo, a la hora de ejecutar las patas, se ha optado por disponerlas, no emparejadas como corresponde a la realidad anatómica, sino una detrás de otra, de tal modo que ello ha obligado a prolongar en exceso el cuerpo del animal, en una de las interpretaciones más singulares de la plástica celtibérica.
Restaría finalmente referirnos a ciertas expresiones de su arte donde se intuye la presencia de una ideología funeraria entre los celtíberos, basada en la creencia de la inmortalidad de las almas, con una práctica ritual no sólo en la cremación común reconocida en las innumerables necrópolis de la zona, sino en aquella otra excepcional que se menciona en el conocido texto de Silio Itálico (Pun, 314-343), donde el autor anota que estas gentes del interior abandonaban los cadáveres de los guerreros en el campo de batalla para que al ser devorados por los buitres sus almas subiesen a los cielos. Este rito de la exposición de los cadáveres puede suponer la culminación de una manera de vivir basada en la ética del honor, combinándola con el significado de las aves de rapiña como animales sagrados psicopompos que hacen posible el tránsito al otro mundo del guerrero caído, permitiendo una especie de consagración del hombre en la divinidad, a cuyo ámbito asciende. Para F. Marco el texto confirma la ubicación astral de la geografía del más allá entre los celtíberos, en perfecta consonancia con las creencias célticas. Sería, en suma, una forma de expresar la heroización más rica, y en un nivel superior al de la apoteosis ecuestre simbolizada en las estelas.
Todos estos valores conceptuales de la religiosidad funeraria se encuentran atestiguados en elementos de la plástica. Así en un fragmento de un vaso pintado de Numancia se representa con un estilo de un enorme esquematismo lineal un guerrero caído de torso triangular en cuya mano sujeta todavía una espada de tipo céltico, y a su lado la silueta de una gran ave carroñera, seguramente un buitre, en disposición de despedazar el cadáver.
En la misma línea se han interpretado, al no conocerse hasta el momento las necrópolis de incineración donde quede constancia física del enterramiento de sus muertos, ciertos círculos de piedra situados en la ladera sur del Cerro de Garray, fuera ya del recinto murario de la ciudad de Numancia, donde se expondrían los cadáveres para ser despedazados por los buitres.
Sin embargo, estos círculos construidos con grandes piedras, a veces de hasta 50 cm de altura, con suelo empedrado, llegando a tener un tamaño medio de 3 x 2,5 m, siguen ofreciendo dificultades para esta valoración, ante la posibilidad de que no sean de la época, con lo que los enterramientos de la más famosa ciudad de la Celtiberia permanecen todavía en absoluto secreto, quedándonos la esperanza de que con su hipotético descubrimiento el panorama de las manifestaciones artísticas entre los pueblos de cultura céltica y celtibérica se vería notablemente enriquecido.

Imágenes

Relieve con una representación de la llamada Danza bastetana La Tempestad