Eduardo Arroyo. La figuración narrativa española

Vestido bajando una escalera
Época: XX23
Inicio: Año 1970
Fin: Año 1975

Antecedente:
La figuración narrativa

(C) Virginia Tovar Martín



Comentario

Uno de los artistas más interesantes de la figuración narrativa y del arte español de la segunda mitad del siglo XX es Eduardo Arroyo (1937). Español autoexiliado en París desde 1958, hizo con Aillaud y Recalcati la serie Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp (1965), donde planteaban el asesinato del máximo representante de la vanguardia y denunciaban las complicidades entre vanguardia y capitalismo. En la obra de Arroyo hay dos temas fundamentales: la situación política y social en la España de los últimos años del franquismo y la reflexión sobre el papel de la pintura -de la vanguardia, sobre todo- y de los pintores. Este último pasó a ser el tema fundamental una vez que el primero no tenía razón de ser, mediados los setenta. Series como Miró rehecho o las desgracias de la coexistencia (iniciada en 1966) aúnan las dos preocupaciones, con una acidez difícil de encontrar en otras críticas del momento. Testigo de los acontecimientos, Arroyo hace pintura de historia, pero no por encargo oficial -lo más frecuente en el siglo XIX, la época dorada de esta pintura- sino para denunciar a ese mismo poder. Carente por completo de prejuicios, Arroyo utiliza igual las imágenes consagradas de la vanguardia -Miró o Duchamp- que los emblemas de la publicidad más castiza, como la botella de Tío Pepe, para quitar las caretas a los políticos y a los artistas. Sus cuadros, que en los primeros tiempos tienen muchas veces aspecto de cartelones de feria, recuerdan otras pinturas como el 45 % B.A (Cuarenta y cinco por ciento de Bellas Artes) (1961, colección particular), de Alfred Courmes (1898) donde una etiqueta como las de cajas de queso con el sello del Sindicato de la buena pintura realista garantiza la cantidad de arte que contiene la obra.El estudiante Rafael Guijarro se tira por la ventana a la llegada de la policía de 1970 (París, Galería Karl Flinker) es un buen ejemplo de su manera de hacer: tintas planas, colores puros, contornos nítidos, imágenes cristalinas y legibles, como los elementos imprescindibles para hacer posible esa lectura y de caracterización fuerte, cargados de connotaciones como las zapatillas de deporte o los pantalones vaqueros, la lámpara volcada o la regla sobre la cama, forman una imagen espléndida a la vez que una denuncia. Con muchos puntos de contacto con el pop, tiene relaciones estrechas con el Equipo Crónica.

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