Italia: entre el realismo y el manchismo

De guardia
Época: Realismo
Inicio: Año 1850
Fin: Año 1875

Antecedente:
Difusión del Realismo en Europa

(C) Virginia Tovar Martín



Comentario

Durante los años en que Europa fue recipiendaria del hacer y de los ecos del Realismo, el mundo artístico italiano se mostró ajeno a esa inquietud, a pesar de los numerosos artistas foráneos que, impregnados del mismo, visitaron su geografía. Unicamente se significa un grupo de jóvenes pintores que reaccionaron ante el academicismo reinante, tanto de corte neoclásico como romántico, grupo conocido con el nombre de machiaioli o, en terminología castellana, de manchistas o tachistas.
Este movimiento, fraguado en la década de 1850 a 1860, tiene como lugar de encuentro el café Michelangelo, en Florencia, donde coinciden no sólo artistas toscanos como Giovanni Fattori (1825-1908), S. de Tivoli (1826-1892), C. Banti (1814-1904), R. Serenesi (1838-1866), T. Signorini (1825-1901) y O. Borrani (1834-1905), sino también romanos, como G. Costa (1827-1903), de Pesara; V. D'Ancona (1825-1884), de Verona, V. Cabianca (1827-1902), de Nápoles, y como G. Abbati (1836-1868).
Sus planteamientos surgieron bajo el signo de una revolución liberadora que reclamaba el derecho a la realidad, a la luz y a la emoción directa del natural como expresión plástica, constituyendo el esfuerzo por la simplificación uno de sus rasgos más definitorios. Simplificación que para ellos se traduce en reducir las pinturas a claros contrastes de brillantez y de color.
Esta suerte de renovación artística coincide con una renovación cultural más amplia, en general, y con los prolegómenos de la unidad italiana, en particular. De hecho, varios pintores manchistas participaron en las guerras del risorgimento italiano, tanto en el bienio 1859-60 como en 1866, dando así fe de sus ansias de libertad civil y artística.
Diego Martelli (1838-1869), miembro connotado del grupo, defendió en el "Gazzetino della Arti del Disegno y Giornale Artistico" el valor vanguardista de la mancha en términos casi combativos: "Había que luchar y que herir, y necesitábamos un arma y una bandera, y se encontró la mancha en oposición a la forma... y afirmamos la mancha en oposición a la forma... y afirmamos que la forma no existía y que, así como a la luz todo resulta por el color y el claroscuro, así se trata de obtener tonos, los efectos de lo verdadero".
De este modo, se reniega de las formas académicas y tradicionales, se sacrifican los detalles en aras de revalorizar la silueta y se explotan los contrastes lumínicos que, por lo demás, permiten expresar la fuerza de la luz mediterránea. Asimismo, se soslayaba el pasado histórico como fuente de inspiración para volcarse en la representación del presente, en la vida sencilla y cotidiana, en la vida rural y en la naturaleza de un país bañado por el sol.
Como crítico y como impulsor de las vanguardias, Martelli fue quien primero habló en Italia del Impresionismo francés, al que consideraba como un movimiento afín y casi paralelo al de los machiaioli. Pero si bien este movimiento precedió a aquel, son muy evidentes las diferencias de planteamiento que se darán entre uno y otro.
El más longevo y prolífico de los llamados machiaioli fue Giovanni Fattori (1825-1908), que comenzó su carrera artística como pintor de historia, género que abandonó en 1859, merced a las indicaciones de Nino Costa (1826-1893), para dedicarse a trabajar en temas contemporáneos. Campamento italiano después de la batalla de Magenta (Florencia, Galería de Arte Moderno, Palacio Pitti), pintado precisamente ese mismo año 1859 y dado a conocer en la Exposición Nacional Italiana de 1861, constituye el mejor testimonio de dicha inclinación juvenil hacia los temas históricos contemporáneos, en este caso de índole militar.
Entre 1861 y 1867 Fattori vivió en Livorno, cuyo clima marítimo le fue recomendado a su mujer por padecer tuberculosis. En ese período pinta algunas de sus composiciones más apreciadas, tales como La rotonda de Palmieri (Florencia, Galería de Arte Moderno) y Mujer con sombrilla a la orilla del mar (Milán, Colección particular), en las que, prescindiendo de un argumento concreto, plasma una visión amable de la vida contemporánea, concretada en la representación de unas mujeres frente al mar. En ambas obras subyace un sentimiento de melancolía casi romántico, destacando el rico juego de contrastes luminosos que propicia el sol mediterráneo, cuyos rigores sobre las correspondientes figuras palía el artista, bien con un gran toldo en el primer caso, que crea dos zonas perfectamente delimitadas -la de sombra en primer plano y la de sol detrás-, bien con una simple sombrilla en el segundo. En estas obras también llama la atención la manera en que se aplica el color, sustanciado en manchas delimitadas.
Esa preocupación por reflejar con toda nitidez los efectos lumínicos del sol es asimismo patente en el cuadro La patrulla (Roma, Colección particular), también conocido como Muro blanco, en la que el artista se sirve de una pared blanca, para utilizarla a modo de pantalla luminosa, en la que hace recortarse a las figuras. Un recurso que ya empleó anteriormente en Los soldados franceses (Crema, Colección particular), fechado en 1859, aunque con menor audacia. A partir de 1880, Fattori se interesó primordialmente por temas relacionados con las labores agrícolas y ganaderas.
Otro manchista destacado fue Telémaco Signorini (1835-1910), quien, tras asistir en 1855 a las tertulias del café Michelangelo, incorpora a sus cuadros los efectos del sol ardiente de La Spezia, lugar donde pasa largas temporadas en compañía de sus amigos, los también pintores Vicenzo Cabianca (1827-1902) y Cristiano Banti (1824-1904).
Con ambos viaja a París en 1861, ciudad que visitó con alguna frecuencia, al igual que Londres. También conoció Bath, Bristol, Edimburgo, Leith y Glasgow, donde su pintura fue apreciada y, en consecuencia, adquirida. En algunos testimonios pictóricos de estos viajes -Una calle en Edimburgo y Leith (Florencia, Galería de Arte Moderno de Pitti)-, su tratamiento realista no impide recordar las visiones callejeras propias de los pintores impresionistas. No en vano, y durante sus estancias parisinas en 1873 y 1874, había contado con la amistad de Degas.
En otras ocasiones, Signorini se aparta del manchismo para decidirse por el realismo social, tal como lo evidencia, entre otros ejemplos, uno de sus cuadros más celebrados, La sala de mujeres locas en San Bonifacio (Venecia, Galería de Arte Moderno), así como el titulado La prisión de Portoferraio (Florencia, Galería de Arte Moderno, Palacio Pitti).
Ya se ha dicho anteriormente que muchos de los artistas machiaioli estuvieron directamente comprometidos en la causa garibaldina. Es el caso de Rafaello Serenesi (1838-1866), víctima de la contienda, protagonista de una carrera artística presumiblemente prometedora a juzgar por su obra Tejados al sol (Galería Nacional de Roma, pintado en 1860), y que revela un perfecto dominio de la mancha. Es el caso, también, de Giuseppe Abbati (1836-1868), que perdió un ojo en la contienda y que, refugiado en Florencia, entabló amistad con los machiaioli a través de Signorini, a quien había conocido en Venecia en 1856, especialmente con Borrani, D'Ancona y el crítico Diego Martelli.
Abbati se dio a conocer en la primera Exposición Nacional de Italia, donde presentó dos vistas de interiores correspondientes a los templos de San Miniato al Monte y de Santa María Novella. Martelli le animó a insistir en esa línea, que respondía a su "sensibilidad pictórica y a su humor melancólico", en palabras del crítico, consejo que siguió el artista, animado también por el éxito obtenido en dicha exposición.
Realiza a renglón seguido una serie de estudios en los claustros de Santa Croce, que a la sazón se hallaban en fase de restauración, sirviéndole los mármoles apilados en la obra para reflejar sutiles sugerencias de luces y sombras. Así lo hace en Claustro (Florencia, Galería de Arte Moderno del Palacio Pitti), donde logra una rica síntesis de formas casi precubistas. Igualmente innovador resulta La mujer en las carreras (Roma, Galería Nacional), fechado en 1873 y debido a su amigo Vito D'Ancona (1825-1884), quien vivió en París durante largas temporadas entre 1867 y 1874, cuadro en el que más de un tratadista ha visto la huella del japonesismo que en esos años triunfaba en la capital francesa.
Purista en sus inicios, Silvestro Lega (1825-1895) se convirtió en manchista y realista entre 1860 y 1870, década en la que pinta escenas íntimas evocadoras de la vida y costumbres de la clase media provinciana de la región de Pergentina, en la que residía. Los novios (Milán, Museo de la Ciencia y la Tecnología) y La visita (Roma, Galería Nacional de Arte Moderno) son dos composiciones de su firma realizadas al aire libre y cargadas de ternura. Otro cuadro suyo, La pérgola (Milán, Pinacoteca de Brera), de 1868, llama la atención por su similitud con Reunión familiar, del francés Bazille, expuesto ese mismo año en el Salón de París.
Cabe citar, por último, a Giovanni Boldini (1824-1931), más famoso en su madurez que en su época de formación con los machaioli, ya que se convirtió en uno de los retratistas más cotizados y relevantes de la época. El tratamiento detallado de las figuras supuso para estos pintores italianos un callejón sin salida, hasta el punto de que lo que podría haber sido una precoz renovación del arte de su tiempo se convirtió en algo fugaz que no tuvo continuidad.

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