Roma, de Sixto V a Gregorio XV



Comentario

En la década de 1590 se registró en Roma la eclosión de dos tendencias pictóricas que, en los inicios de la nueva civilización figurativa que estaba conformándose, reaccionaron contra el cansado y cerebralista arte del Manierismo tardío, que sólo satisfacía a un restringido círculo socio-cultural, hasta provocar su definitivo ocaso. Las poéticas que removieron de raíz los círculos manieristas romanos se revelaron en los frescos de la Galería Farnesio (Pal. Farnese, 1597-1600), del boloñés Annibale Carracci, y en los cuadros de La vida de San Mateo (S. Luigi dei Francesi, Cap. Contarelli, 1599-1602), del milanés Michelangelo Merisi, il Caravaggio.Tan dispares fueron la reforma de Carracci y la revolución de Caravaggio, que ya el juicio crítico del Seicento fomentó la clave teórica de un antagonismo Carracci-Caravaggio, irreductible tanto en sus poéticas como en sus lenguajes pictóricos. Se presentó a uno como el restaurador de la tradición clásica y a otro como el trasgresor de esa tradición. Se creó así una simplista y rígida contraposición, en parte maniquea: ideal/real, clasicista/naturalista, eclecticismo/realismo que, más que aclarar, ha enturbiado la comprensión del doble giro de rosca sufrido por la pintura entre fines del Cinquecento e inicios del Seicento. Con todo, los dos artistas poseyeron en su radical diversidad modal un transfondo cultural común, manifestado en su decidida oposición al Manierismo y en la recíproca complementariedad de sus dos corrientes (verificable en la producción de muchos pintores suscitados por ellos) que, en su radical divergencia, se acercaron a la naturaleza para pintar la verdad de las cosas.La polémica entre el filón naturalista y el clasicista terminaría resolviéndose hacia 1625 con la aparente victoria del segundo. Mientras el naturalismo se centraba, hasta agotarse, en la vía de los géneros, el clasicismo continuaría vigente durante el Seicento, revitalizándose con aportes de todo tipo, a pesar del avance de nuevas y más frescas corrientes, las barrocas, y del peligro de caer en el entumecimiento asentado cada vez más en los estrechos ambientes académicos.

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