El entorno construido

Palacios de Damasco (Siria)
Época: Arte Islámico
Inicio: Año 1 A. C.
Fin: Año 1 D.C.

Siguientes:
La ciudad: el laberinto orgánico
Arquitectura militar
La casa musulmana
El mercado
La mezquita: oración y teología
La sanidad y las estrellas
Los alcázares

(C) Alfonso Jiménez Martín



Comentario

En territorios que habían pertenecido a Roma, la red de caminos y sus obras auxiliares pudieron ser aprovechadas, de tal forma que fueron más los balat, es decir calzadas, que los rasif, nombre que recibieron los caminos pavimentados en época musulmana, como demuestra la toponimia española actual, donde abundan más las platas (derivadas de balat) que los arrecifes; en cualquier caso el tráfico musulmán era menos exigente que el del Imperio romano. Con el tiempo los musulmanes organizaron sus propias redes, como la cordobesa, estudiada por F. Hernández y la otomana en la que existió una Uzun Yom (Gran Pista) bien guarnecida de obras y asistencias. Las obras para el paso de ríos fueron casi siempre las romanas restauradas, ya que las conservaron con un matiz de admiración; en algunos lugares levantaron los arquitectos musulmanes puentes dignos de recuerdo como los de Guadalajara, Madinat al-Zahra y Pinos-Puente (Granada), de piedra, y el mudéjar de Arévalo (Avila).
En tierras asiáticas consolidaron una red de pistas eficaz, en cuyos escasos puentes mantuvieron la tónica andalusí, alcanzando a veces gran calidad compositiva, como en el puente cubierto sobre el Zayande, como parte del trazado urbano de Isfahan, que ordenó labrar el segundo sah Abbas, hacia 1650. El puente, que sirve de muro de contención para embalsar las aguas del citado río, tiene dos tramos simétricos de ocho tajamares sobre los que montan arcos de albanegas decoradas, y más arriba una galería cubierta; en el centro de este Hwagu, se levanta un pabellón de planta octogonal. En este edificio, tan tardío, el tablero fue un lugar para la estancia y el paseo, cosa que debió ser bastante común en muchos puentes, como aquel almohade de Las Madejas, que existió en Sevilla para salvar el Tagarete. La imagen del azacán o aguador musulmán, con sus bestias cargadas de cántaros y la supuesta incapacidad de los arquitectos islámicos para resolver aquello que en el Imperio romano estaba a la orden del día, nos ha dejado la idea, junto al clima del ecosistema del Islam, de que se trata de una cultura en la que el agua era un bien tan escaso que sólo los soberanos se permitían despilfarrar. La imagen tiene bastante de verdad, pero las necesidades hidráulicas de sus ciudades fueron muy importantes y para resolverlas usaron los mismos sistemas que en Roma, así en Qasr al-Hair as-Sarqi, conjunto omeya fechado en 729, existió una red subterránea de captación para surtir un enorme parque, llamada qanat; otras similares dieron su nombre a Madrid, en la que aún se conservan topónimos como Ciempozuelos o Canillejas.
Los acueductos con arquerías empezaron a construirse pronto, pues el de Jirbat al-Mafyar ya existía en 739 y el de Basatin, próximo a Fustat es del 876. Muchas de estas obras alcanzaron características estéticas obtenidas por medios decorativos o tectónicos; así es el de Madinat al-Zahra (Córdoba), fechado hacia el 940, cuya captación planteaba el problema del enorme desnivel que debía salvar en un corto trayecto, cosa que se resolvió bien, además de lograr una buena decoración. Otros fueron menos ornamentales, como el que los almohades realizaron en ladrillo para Sevilla, los Caños de Carmona, obra de la que conocemos el nombre de su autor, el arquitecto malagueño al-Hayy Yais, y el día de su inauguración, el 13 de febrero de 1172.
Las primeras cisternas monumentales fueron las de Ramla (Israel), fechadas en el 789 y atribuidas por Chateaubriand a Santa Elena, la madre de Constantino. El carácter monumental de estas Bir al-Unaiziyya es patente con sólo anotar las dimensiones de una de ellas: 24 por 20 metros en planta y 8 de altura libre. También en Al-Andalus hay un interesante aljibe muy antiguo, del año 835, construido en el Conventual de Mérida y destinado a abastecer, a partir de filtraciones del Guadiana, a la guarnición de la ciudadela; lo más interesante son su doble rampa escalonada y la bóveda final. Las cisternas de Qayrawan, diecisiete en total, que estaban completas hacia el año 860 y que todavía funcionan, son gigantescas, aunque carentes de otros méritos; para hacernos idea de lo colosal de la obra recordaremos que la mayor tiene 130 m de diámetro interior y 8 de profundidad. Las rutas que atravesaron zonas desérticas requirieron la construcción de edificios para alojar viajeros, entre ellos los peregrinos que iban a La Meca; eran, pues, obras de carácter piadoso que merecieron la atención de los soberanos. El ejemplo más antiguo es el de Qars al-Hair al-Garbi, del 727; está constituido por un patio cuadrado, de unos 20 m de lado, con galerías sobre pilares en sus cuatro costados; a éstos abren otras tantas crujías asociadas en esvástica, una de las cuales, la de Levante, está subdividida para dar entrada y aparece flanqueada por dos alas, una de las cuales fue mezquita. Este edificio, tan riguroso, era una casa de las caravanas, que también se llamaron jan, y en las que viajeros, mercancías y animales recibían acomodo. El tipo se extendería por todo el mundo musulmán, pues los hallamos hasta en la actual Yugoslavia, pero no en la Península Ibérica, donde se realizó el servicio a la manera romana, es decir, en paradores o ventas que recibieron el nombre de manzil.
El mayor impulso lo recibieron en época silyuqí, cuando adoptaron una formulación clásica, con patio rectangular y contorno con torres o estribos, dando así un cierto aire de fortificación, imprescindible en parajes yermos. El más antiguo de los silyuqíes es el iraní de Rabat-i Saraf, en el Jurasan, destacando los ejemplares de Anatolia del XIII así el muy sencillo y racional de Evdir, a unos 20 km de Antalya, fechado en 1219, y el del Sultán, entre Aksaray y Konya, de 1236, con un anejo de cinco naves que servía de almacén y lugar de venta, bien integrado y de empaque catedralicio.
Las novelas y el cine nos han acostumbrado al paisaje islámico desierto, salpicado de morabitos pero ayuno de casas, y aunque así fue en zonas determinadas, lo cierto es que el campo llegó a estar bastante habitado, pues además de las ya reseñadas, hubo una larga serie de construcciones, que iremos mencionando; el caso más espectacular es el de los palacios del desierto, que es una docena larga de yacimientos localizados entre Siria, Jordania e Israel, en la franja desértica que va desde la antigua Palmira a la no menos vieja Jericó, quinientos kilómetros al sur; salvo un par de ellos, cuyo carácter es urbano o suburbano, estaban lejos de las ciudades.
Los textos coetáneos han inducido una interpretación romántica de estas residencias en el desierto: se ha supuesto que son herederas de la hira, campamento semifijo que los árabes establecían en la temporada de la badiya, o pastos de primavera; así, los príncipes omeyas tomarían unos temas arquitectónicos de la Antigüedad, las villas y palacios campestres, y sacándolos de contexto, los convirtieron en campamentos de piedra, plenos de comodidades. El más pequeño y antiguo de ellos, Qusayr Amra, fechado en torno al 715, sería la más depurada expresión de esta teoría, pues está formado por un baño, un gran salón tripartito y unas pocas dependencias más, aunque eso sí, ricamente decoradas. Podríamos incluso imaginar unas lujosas jaimas plantadas alrededor de este castillejo, en el que vivirían temporadas aquellos nuevos ricos que, tensos entre sus ancestros beduinos y su realidad urbana, ya no podían prescindir del baño caliente o de una majestuosa sala de aparato.
El análisis de éste y otros conjuntos contemporáneos fechados entre el 714 y el 750, ofrece el panorama de una cierta economía agrícola y cultura del ocio que tan caras fueron a la antiguos y que los omeyas prolongaron, por lo que sus esfuerzos artísticos deben suponerse inmersos en un contexto agropecuario de lujo, liquidado con la salida de los abbasíes de Damasco y el cierre de las rutas mediterráneas. Todo ello no obsta para que, desde un punto de vista literario y subjetivo, aquellos pseudonómadas explicasen su realidad con la visión romántica indicada.
Hay que reseñar la presencia repetida del palacio en sí, caracterizado por vestíbulos y salas de recepción, que se alojan en buyut de cuyas funciones apenas nada puede decirse ya que pocas formas arquitectónicas definieron, en las casas, su vocación funcional. Otro elemento importante, presente casi siempre, fue una pequeña mezquita palatina, sin mucho énfasis y que suele ser, junto con los letreros cúficos y el contexto, lo que permite datar algunos de estos conjuntos. El tercer elemento típico es el baño que, a veces, reviste aspecto monumental e incluso áulico, próximo al de una sala de audiencias o recepciones. Otras partes menos repetidas fueron las fuentes, los pabellones de jardín y los alojamientos de tropas, y se documentan un caravasar, un hair y un sirdab, es decir un sótano con fuentes para procurar ambientes frescos. Desde un punto de vista formal estas residencias tuvieron obsesión por parecer fortificaciones romanas, es decir, conformando castillos de planta cuadrada, poderosamente torreados y bien dotados de defensas pasivas, muy decoradas. Destaquemos la variedad de articulaciones que se dan, ya que a veces todas las funciones aparecen integrada en un único castillito, en otras éste aparece duplicado, y en otras fueron varios bloques separados. En las etapas siguientes no volvió a darse una situación parecida, en cuanto al número, variedad y coetaneidad de ejemplos, pera cada vez que un príncipe pudo fabricar se un palacio suburbano labró un pseudocastillo en medio de huertas, y dentro de él, en torno a uno o varios patios labró cuartos y salas de aparato, el baño y tal vez una mezquita.
Ya que hemos hecho referencia a los palacios campestres y suburbanos, bueno será que refiramos algo sobre sus versiones menores, pues las ciudades especialmente las andalusíes y sirias estuvieron rodeadas por una corona de establecimientos en los que la agricultura, el vino y la cultura fueron de la mano. Su nombre, munya, ha dado en castellano almunia, y fueron abundantes en los alrededores de Córdoba; en ellos los patios, miradores y jardines, los pabellones de recreo, las albercas y los animales de adorno se codeaban con huertos primorosamente cuidados. Lejos de los muros urbanos el campo, especialmente en aquellas zonas donde los cultivos eran de secano y extensivos se veía salpicado de asentamientos agrícolas de los que son herederos los actuales cortijos, que, siguiendo la tradición del Bajo Imperio, poseyeron formas torreadas; sólo así se explica que muchos recibieran el nombre de Bury, es decir torre.
Prosigamos, con otros sones, el recuento del hábitat disperso; uno de los motores de la expansión del Islam, tan repentino y sorpresivo, fue la Guerra Santa, o yihad, deber colectivo cuya realización por una minoría libera de tan enojosa tarea al resto; tenía como objeto la expansión del Islam o su defensa y quienes muriesen en su ejercicio en traban en el Paraíso limpios de faltas. En los inicios del IX ya sabemos de cuarteles, situados en lugares estratégicos donde moraba el muyahid, que repartía su tiempo entre la vigilancia, el combate y la oración. Este tipo de cuartel de vanguardia, con mezquita incluida, es un ribat, que tanto rastro ha dejado en nuestra toponimia (Rábida, Rápita ...).Se conocen varios tipos anteriores al siglo XII cuando el pietismo de origen persa los vació de contenido militar para convertirlos en centros de ascetismo, con lo que los orientales de época avanzada (hanqan) son auténticos conventos sufíes. El modelo de ribat, más conocido es el tunecino, organizado en torno a un patio casi cuadrado al que se abren dos pisos de habitaciones, abovedadas, apoyando en la cerca exterior en la que se situaron, en los centros y ángulos, torres semicirculares o de tres cuartos de círculo, salvo una que, para alojar la única puerta del edificio, se hizo rectangular. En las bóvedas vivían los murabiun y eventuales viajeros, y también servían como almacenes de pertrechos, excepto una crujía que fue destinada a mezquita.
Los dos ejemplares tunecinos, Monastir (796, construido por un gobernador abbasí) y Susa (821, aglabí) aparecen hoy desnudos, mostrando sus fábricas de sillares reaprovechados y sillarejos, todo empastado por obras de restauración modernas, y carentes de decoración, como no sean algunos elementos clásicos o de raigambre clásica y las primeras bóvedas sobre trompas del Occidente musulmán, además de una completa batería de merlones redondeados. No deja de ser curioso que uno de estos dos conventos fortificados derive su nombre del latín Monasterium, señal de que los musulmanes tomaron la idea de los conventos cristianos. También en Al-Andalus existieron varios Almonaster, pero sólo en uno de ellos, que se llama Castillo de San Romualdo (en la isla de San Femando, Cádiz) podemos sospechar que se conserven estructuras similares a las tunecinas.
En los últimos años se ha excavado una rábita en Al-Andalus interesantísima; se trata de un grupo de mezquitas, fechadas en el año 944, a 1 km del Mediterráneo, y 28 al sur de Alicante. Era un conjunto del que hoy se conservan veintiún oratorios, cada uno con su mihrab, una mezquita de dos salas y seis habitaciones, rodeadas por una muralla, carente todo ello de la más elemental expresión artística, y que nos remite a un tipo de comunidad que, ya entrado el siglo XIII, sería muy del gusto de ciertos frailes cristianos, cuando fundaron por doquier (La Rábida, Chipiona, Rota...) asentamientos costeros para vivir como eremitas.
El Islam combatió de manera constante la posibilidad de añadir cultos particulares al de Allah, pues el pecado de sirk, asociación de otras divinidades a Dios, es el más grave en el que se puede incurrir. Sin embargo, con el tiempo creció la veneración por determinados personajes piadosos o esforzados; a éstos amigos (awaliya) o testigos (sahid) se dedicaron edificios construidos sobre sus tumbas o lugar de martirio: la zawiya y el mashad. Tales cultos se dieron sobre todo en tierras de beréberes y por esa razón se documenta por todo el Magrib y Al-Andalus. Su mínima expresión es un edificio de forma cúbica, rematado con una cúpula, sobre la que ondea, en una pértiga, la bandera del santón concreto; suelen estar rodeados por un cementerio y colocados en una eminencia, aislados; es lo que denominaremos qubba, que en castellano ha quedado como alcoba (dormitorio), pero que en el Islam sólo designa una forma. En numerosas ocasiones, la zacoiya se verá incrementada con espacios adyacentes: una mezquitilla carente de patio y alminar, una sala destinada a la salmodia coránica, a la que a veces se asoció una miga (maktab) para enseñar a los niños la recitación memorística del libro sagrado y, finalmente, una o varias habitaciones para alojar peregrinos, visitantes o estudiantes. La zacoiya suele ser un edificio humilde, carente de otros valores que los históricos o los paisajísticos, pero a veces, sobre todo si cae cerca de una ciudad, la construcción adquirió ciertos valores, como es el caso de la de Sidi Qasim al-Zeliji (el Azulejero) en la propia ciudad de Túnez, situada intramuros, y que está constituida por un patio que da paso a la mezquitilla, la qubba con la tumba del santón, un andaluz que murió en octubre de 1496, y algunas otras dependencias, todo ello decorado en el XVIII.
Para cerrar el tema de las obras del territorio construido sólo nos resta mencionar un par de tipos: los cementerios y la musalla. Los musulmanes, al igual que los romanos, situaron los cementerios fuera de las ciudades; en los cementerios, maqabir (plural de maqbarat) las tumbas fueron un abultado túmulo sobre la tierra, que repetía, de forma más o menos geometrizada, el depósito de los restos, sin que faltaran estelas y letreros, a veces de gran valor artístico y caligráfico, tales como las maqabiriya que se han rescatado en Huelva y Almería. Entre ellas descollaban las que por razón de la categoría del difunto adquirieron proporciones arquitectónicas. El más antiguo mausoleo real que se conoce es la Qubbat al-Sulaibiya, en las proximidades de Samarra, y que debió levantarse para contener la tumba del califa Al-Muntasir, hacia el año 862; su forma, salvo en la India, tendría poca trascendencia posterior, ya que se labró a modo de pareja de octógonos concéntricos, de los que el central albergó la tumba del califa y dos de sus hermanos y sucesores, y que se cubrió con una cúpula, mientras el espacio intermedio era un deambulatorio al que daban acceso ocho puertas. El segundo que debemos reseñar es ya de fines del mismo siglo, pues se hizo para el samaní Ismail, en Bujara, capital del Jurasan. En Persia continuaron, durante los siglos X y XI las invenciones formales sobre los mausoleos, dando diversos tipos que, bajo el nombre genérico de gunbad, tendrían larga vida, aunque a veces más que cúpulas, que es lo que significa, parecen alminares, por lo esbeltos. Los mausoleos fueron aumentando su extensión, altura y complejidad, hasta la formulación de la tumba de Tamerlán, en Samarcanda, dotada de una de las cúpulas bulbosas más características, y a cuya fiesta de inauguración, el 30 de octubre de 1404 asistió Clavijo; podríamos llenar páginas y páginas sólo con la descripción de los tipos de mausoleos que el Islam construyó, pero, por falta de espacio, daremos únicamente una breve descripción del Taj Mahal; sabemos que fue diseñado por el arquitecto persa Ahmad Mamun Nadur al-Asar, constituyendo el último gran edificio que fue capaz de construir, con valores creativos ciertos, el mundo islámico; además del recinto exterior, rígidamente articulado y materializado mediante pabellones, jardines y estanques, destaca el bloque central, sobre un alto zócalo, con cuatro alminares en las esquinas y el mausoleo en sí, labrado con piedras ornamentales y dotado de un buen número de cúpulas y pináculos que enmarcan la bulbosa cúpula central.
Occidente, desde Ifriqiya hasta Al-Andalus, fue siempre más austero en el tema, que se redujo a unos mausoleos en forma de qubba, que en el caso de los monarcas, tanto en Córdoba como Granada, se ubicaron en los jardines de sus palacios, y por ello recibieron el nombre genérico de rawda, jardín.
En Madinat al-Nabi la comunidad musulmana usó para sus reuniones, ya fuesen de carácter religioso, consultivo o bélico, una explanada, en la que el Profeta instituyó la dirección de la oración. Pronto esta musalla, llamada también saria, perdió su contenido de oratorio semanal, pero lo conservó en ocasiones especiales, como fueron las de ruptura del ayuno de ramadán y el primer día de la Pascua Grande, que reunían a toda la umma antes del amanecer; también se usaba para rogativas especiales, entierros de monarcas y para alardes, incluida la salat al-Jawf u Oración del Miedo, para lo que el lugar poseía el correspondiente mihrab y solía cercarse con una muralla almenada, con varias puertas que, cuando careció de disposiciones religiosas específicas, se denominó musara. Antes de olvidamos de la musalla será bueno recordar que en América pervivieron en forma de Capillas abiertas en México, con valores artísticos, y cuya misión era similar, pues se trataba de congregar a masas de indígenas bautizados.

Imágenes

Mezquita de Córdoba. Columnas del interior