La alfarería

Ampolla ibérica de barro
Época: tartessos
Inicio: Año 1 A. C.
Fin: Año 1 D.C.

Antecedente:
El arte del periodo geométrico

(C) Lorenzo Abad y Manuel Bendala



Comentario

Como para toda cultura definible, sobre todo, con documentación arqueológica, la cerámica constituye un capítulo de gran importancia. Junto a tipos más toscos, que interesan menos aquí, como las orzas de barro oscuro con digitaciones, cordones ungulados y otros motivos de muy elemental decoración, la alfarería del primer período tartésico muestra su mejor faceta en dos familias cerámicas: una con característicos motivos bruñidos, denominada con alguna impropiedad como de retícula bruñida; y otra, con decoración pintada, conocida genéricamente como de tipo Carambolo, aunque ésta corresponda, más bien, a uno de sus estilos o variantes. El predominio de los temas geométricos en la decoración de ambas, constituye uno de los más importantes incentivos a la designación propuesta para el período al que corresponden.
La cerámica bruñida, con pastas más o menos depuradas y tonos negruzcos o achocolatados -con predominio de los primeros por una cocción reductora-, está realizada con técnicas rudimentarias, a mano o con torno lento, de donde deriva la sencillez de su repertorio formal, fundamentalmente cuencos y formas abiertas, y la fabricación de carretes para soporte de vasos de fondo curvo. Constituyen éstos una producción muy característica -en forma de diávolo, frecuentemente con baquetón central de refuerzo-, y más aún los cuencos o cazuelas. Tienen el borde de sección ligeramente almendrada y carena aristada al exterior, que tiende a suavizarse, hasta desaparecer, con el tiempo. Se bruñe el exterior completo y una franja del borde interior, hasta la inflexión en que suele comenzar la curva del fondo del recipiente; todo él quedaba sin bruñir, a excepción de las líneas y franjas de la decoración, resaltadas así, por el tono que adquiría y por el brillo, con el fondo, más apagado y mate.
La fabricación suele ser muy primorosa, con bruñidos que dan a los vasos un hermoso lustre metálico, y una decoración trazada con firmeza, sencilla, pero eficaz y adecuada a la forma del vaso. Se basa generalmente en motivos centrados, a partir de cuatro radios en cruz, o en mayor número, bruñidos o en reserva, con abundante uso de las retículas, de donde la designación que han recibido; pero también presentan otros motivos geométricos, o estilizaciones vegetales como las que asemejan hojas de palma. En las fases últimas de esta cerámica, que dura mucho -hasta, al menos, el siglo VII a. C., bien entrada la época orientalizante-, la decoración se hace menos cuidada, peor trazada.
Más variada e interesante es la cerámica pintada. Realizada con parecido nivel técnico, su repertorio formal es más rico que el de la bruñida, y a los tipos de vasos habituales en ésta, añade otros, como los vasos grandes y cerrados. La apariencia es bien distinta, debida sobre todo a la decoración. Sobre el fondo claro -ocre, anaranjado- por el recurso a una cocción oxidante, y previamente bruñidas las paredes, los vasos se decoran con motivos pintados en rojo, alguna vez por dentro y por fuera, pero preferentemente por fuera. Responden a un amplio repertorio de geometrismos -bandas, retículas, triángulos rayados, meandros, etc.- trazados casi exclusivamente con líneas rectas. Suelen combinarse perfectamente adecuados a la estructura del vaso, y formar, con líneas y bandas, metopas que enmarcan motivos diversos. El dibujo es, prácticamente siempre, de gran rigor, como si estuviera trazado con los instrumentos de precisión de un delineante. Alguna vez aparecen motivos figurados, como las cabras de larga cuerna de un vaso de Huelva, pero están esquematizados y sometidos a la misma disciplina geométrica que el resto de la decoración.
Esta cerámica, que como la anterior ofrece variantes zonales o regionales, se documenta desde los momentos iniciales del Bronce final tartésico y se manifiesta muy pronto, al menos desde los comienzos del siglo IX a. C., en su plenitud, con la presencia de grandes metopas que enmarcan con una compleja combinación de motivos. Desaparece después con rapidez, en el siglo VIII a. C., a diferencia de la larga perduración de la bruñida. Es significativo que en el yacimiento del Carambolo abunda en el poblado alto, el más antiguo, donde se halló el fondo de cabaña con el célebre tesoro, pero no existe, con la excepción de algún fragmento aislado, en el poblado bajo, que comienza su historia hacia mediados del siglo VIII a. C.
Se ha discutido mucho sobre el origen y el significado de estas cerámicas. Son, sin duda, de fabricación local, pero obedecen a un impulso externo, como demuestran la falta de precedentes directos y el hecho de que aparezcan desde el principio en su plenitud, sin los tanteos o fases de formación que serían de esperar en una creación arraigada en tradiciones locales y surgida por evolución de ellas. El origen del impulso parece situarse imprecisamente en el Mediterráneo oriental, lo que parece más evidente en las pintadas; responden éstas a tendencias alfareras micénicas y submicénicas, que dan lugar al gusto por determinadas decoraciones geométricas, a las que se acogieron los alfareros tartésicos. Obviamente, la más conspicua y hermosa expresión de esta tradición decorativa la proporcionan las cerámicas del propio Geométrico griego.

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