El Pantheón

Panteón (Roma)
Época: Adriano
Inicio: Año 117
Fin: Año 138

Antecedente:
La época de Adriano

(C) Antonio Blanco Freijeiro



Comentario

En el emplazamiento de un Pantheon dedicado por Agripa en el 27 a.C. a los dioses de la gens Iulia y restaurado por Domiciano tras el calamitoso incendio que arrasó el Capitolio y el Campo de Marte en el 80 d.C., levantó Adriano desde sus cimientos su nuevo Pantheon. Lo hizo a nombre de Agripa, como consta en la inscripción del friso, y no en el suyo, pero las estampillas de los miles de ladrillos empleados en el nuevo edificio llevan el nombre de Adriano, y fechas que se extienden del año 118 al 125.
Según el esquema habitual en los foros imperiales, el templo se alzaba al fondo de una plaza porticada y apenas se veía de él más que la enorme fachada de corte clásico; el resto, la enorme cella cilíndrica, quedó pronto recubierta de edificios y no descarnada como lo está en tiempos modernos. Realmente, la unión de un pórtico clásico, que por su magnitud podría ser, él sólo, un templo, y una naos de planta circular, perfectamente centrada y articulada, era querer conciliar lo irreconciliable. La solución de intercalar entre ambos un cubo de enlace que ni siquiera tiene nombre en el léxico de la arquitectura (el de cerrojo, Riegelkörper, que se lee en alguna autoridad, es puramente descriptivo) no remedió la incongruencia. De nada sirvió prolongar por el voluminoso y alto cuerpo del cerrojo la línea de la imposta intermedia de la rotonda, con sus mensulones, ni trazar con ella una réplica de la sima del frontón del pórtico. Como era de esperar de un genio, el mismo arquitecto se percató de lo incongruente y heterogéneo de los elementos en juego.
Como si fuese independiente, el pórtico distribuye sus dieciséis columnas monolíticas de granito egipcio, con capiteles y basas de mármol blanco, en tres naves, la central de anchura doble que las laterales, y cubierta de la imitación en madera de una bóveda como la de la puerta del fondo, a la que estaba abocada. Las naves laterales, de techo plano, lo estaban, en cambio, a sendos nichos existentes en el cubo de enlace, destinados a estatuas colosales (se supone, en buena lógica, que de Augusto y Agripa).
La rotonda es el polo opuesto a lo que se entiende por arquitectura clásica. Si en ésta el interior contaba infinitamente menos que el exterior, en el Pantheon ocurre lo contrario; pero lo supo disimular tan bien, que ni entonces ni más tarde provocó manifestación alguna de repulsa. Es más, la Iglesia lo aceptó agradecida cuando Focas, emperador de Bizancio, lo donó al Papa Bonifacio VIII y éste lo dedicó al culto de Santa María ad Martyres; más aún, el Pontífice alzó en el Foro Romano la Columna de Focas, el último monumento que la Antigüedad erigió en tan augusto paraje (año 606).
El Pantheon hizo época: con la luz de su óculo cenital, de 8,92 m de diámetro, consagró para siempre en arquitectura aquella luz apacible y difusa del atrio de la casa itálica ancestral, que acendraba su encanto en las horas de los crepúsculos; luz de iglesia, propicia a la comunión con la divinidad. Su efecto tranquilizante, en el caso del Pantheon, recibe el apoyo de una singular armonía de proporciones, que el visitante percibe aun sin saber el secreto. Cuando se le dice que la altura a que la cúpula se encuentra es exactamente la misma que el diámetro de la rotonda (43,30 metros) empieza a percatarse de que tenían razón los griegos al considerar que el secreto de la belleza sensible estaba en el número.
El pesado casquete de la cúpula descansa en el muro cilíndrico de la rotonda, de seis metros de espesor y que encierra todo un festoneado de bóvedas y de arcos de ladrillo que trasladan el peso del hormigón, de la masa muraria, a los puntos de mayor resistencia. Es costumbre en las escuelas dibujar una sección del Pantheon a partir de un círculo que el enseñante traza con mano maestra. Está bien que así se haga; pero en la continuidad del dibujo y en la explicación que la acompaña suele deslizarse un error que también figura en libros de texto: "La semiesfera de la cúpula parte exactamente de la mitad de la altura total..." (A. García y Bellido). Esa es una verdad aparente; el arranque de la cúpula está más arriba de lo que parece por dentro, pues la hilada inferior, de casetones pertenece en realidad al muro y no al casquete de la cúpula.
El muro, a su vez, está sostenido por un anillo de cimentación de 7,30 m. de espesor, que después de hecho hubo de ser incrementado, como los muros hubieron de ser entibados, por el este y por el sur, con edificios anejos, aún en vida de Adriano. Las tres líneas de imposta, visibles por el exterior del cilindro, delimitan los tres sectores superpuestos que constituyen el verdadero muro, y en ellos los materiales de relleno se van aligerando de abajo a arriba. La distribución de las cargas permite que en el interior del cilindro puedan abrirse ocho nichos, uno ocupado por la puerta y los otros siete en alternancia de rectángulos y semicírculos, éstos en los extremos de los ejes y aquellos de las diagonales. Dos columnas, de pavonazzetto en los nichos semicirculares y de giallo antico en los rectangulares, cierran los respectivos vanos.
De cada una de las paredes de los macizos intermedios, revestidas de mármoles incrustados, de una fastuosa policromía, sobresalen edículas rematadas por frontones triangulares o de segmento de círculo. Entre este sector bajo el muro, y el arranque aparente de la cúpula, corría un ático con ventanas, que experimentó una sensible transformación en el siglo XVIII. Hace unos años se restableció, en un tramo de dos ventanas, el dispositivo original, conocido por dibujos, en el que las ventanas, cerradas por celosías, estaban separadas por cuatro pilastrillas que rellenaban el tramo intermedio. Cada ventana se encontraba en la vertical del eje del nicho o de la edícula correspondiente. Libres del entresuelo que hoy los cubre, los nichos llegaban entonces hasta cerca del arranque de la cúpula y recibían la luz indirecta que se filtraba por las ventanas. La pared era, pues, antiguamente mucho más diáfana que lo ha sido después, merced a esas ventanas superpuestas al zócalo de la franja intermedia.
Todo ello no pasaba de ser una fachada, bella e ingeniosamente concebida, con la doble función de ocultar todo el sistema de apoyos que mantenía en pie el edificio y de no romper con la tradición de la arquitectura arquitrabada: las columnas, las pilastras, las cornisas, todo, por superfluo que fuese (como superfluas son, pues nada sostienen, las hermosas columnas corintias de los vanos de los nichos) significaba continuidad y respeto al brillante pasado de la arquitectura, sobre todo de la flavia.

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