La caída de la URSS

Soldado soviético junto a una estrella roja
Época: Postmodernidad
Inicio: Año 1973
Fin: Año 2000

Antecedente:
Democratización de la URSS

(C) ARTEHISTORIA



Comentario

En un libro que parecía apocalíptico y que resultó profético, el disidente Andrei Amalrik había previsto para 1984, fecha de la obra de Orwell, la descomposición de la URSS. Se equivocó, pero tan sólo en dos años, pues en 1986 comenzó ese proceso, que resultaría imparable. Vino facilitado por unos antecedentes históricos que constituían una mezcla de brutalidad, heterogeneidad efectiva, apariencia de vertebración plural y realidad centralista. Baste con recordar, respecto a la brutalidad, que el conglomerado humano de una de las naciones enviadas hacia el Este por Stalin cuando se produjo la invasión alemana fue expulsado en tan sólo tres días.
La estructura territorial de la URSS había sido la consecuencia convergente de las sospechas del dictador soviético con respecto al federalismo y de sus necesidades tácticas de dar una apariencia de satisfacción a las reivindicaciones de pluralidad. En la práctica, las decisiones federalistas que fueron tomadas tuvieron escasa eficacia, porque Stalin no hizo otra cosa que nombrar desde arriba a los responsables políticos. Pero la existencia de pasaportes internos con mención de la nacionalidad y del principio constitucional de autodeterminación acabó por revelarse de una considerable importancia, a pesar de que, hasta el momento, el centralismo del Partido Comunista se hubiera impuesto de modo abrumador.
Cuando se produjo una liberalización, aunque fuera inicial, todo el complicado sistema de organización territorial de la URSS -en el que las repúblicas podían tener 147 millones de habitantes o tan sólo dos y en el que existía, además, un mosaico caleidoscópico de unidades políticas menores- acabó quebrando. Característico de Gorbachov fue no haber ofrecido absolutamente nada respecto a esta cuestión, que muy pronto se convirtió en la más importante de la política soviética. Da la sensación, por tanto, de que ni siquiera la clase dirigente la consideraba como un peligro en el más remoto horizonte.
La primera explosión nacionalista apareció en 1986, en Kazajstan, cuando elementos dirigentes comunistas locales se rebelaron ante la intromisión de las autoridades centrales. A continuación y de forma inmediata, en el Cáucaso se produjo un fenómeno de pura y simple "libanización", entendiendo por tal una extremada fragmentación unida al empleo generalizado de la violencia.
El primer conflicto fue el que, en 1987, enfrentó a Armenia y Azerbaiyán por el territorio de Nagorno-Karabaj. Pero pronto la conflictividad se incrementó de forma incontenible: cerca de medio millón de armenios vivían en Azerbaiyán, mientras que 200.000 azeríes lo hacían en Armenia. Los armenios, que recordaban el exterminio de 1915 y por ello tendieron a solicitar la protección soviética, no la consiguieron de forma efectiva, demostrándose la imposibilidad de convivencia entre dos culturas nacionales distintas incluso en materia religiosa. Pero no se detuvo ahí la confrontación. En abril de 1989, hubo matanzas en Georgia, donde dos repúblicas autónomas -Osetia y Abjacia- reivindicaban un mayor grado de autonomía.
Si la violencia y la fragmentación protagonizaron los sucesos del Cáucaso, la unanimidad y la actuación pacífica fueron los rasgos distintivos de la reivindicación nacionalista en los Países Bálticos. Articulados los nacionalismos respectivos en frentes populares, donde se integraron inicialmente los partidarios de la Perestroika, en sólo cuatro meses a partir de la celebración de las elecciones de junio de 1988 triunfaron por completo, adquiriendo una hegemonía que sería irreversible. De noviembre de 1988 a julio de 1989, los tres Estados bálticos -Estonia, Letonia y Lituania- proclamaron su soberanía; en 1989, la reivindicación se extendió a Moldavia, en la frontera meridional con Rumania. En agosto de 1989, una cadena humana en la que participó el 40% de la población -cinco millones de personas- testimonió la decidida voluntad de los habitantes de los Países Bálticos por desligarse de la URSS.
Gorbachov que, a trancas y barrancas, fue consiguiendo pacificar temporalmente el Cáucaso -hubo nuevos incidentes en Azerbaiyán por estas mismas fechas- cuando visitó Lituania no logró los éxitos personales que obtenía en sus desplazamientos al extranjero. A comienzos de 1990 inició presiones más serias. Lo más probable es que quisiera amenazar, pero no llegar nunca a utilizar la violencia. Para ello, disponía de un arma esencial: la interrupción de los suministros de petróleo. Sin embargo, no habiendo reconocido hasta el momento los Estados Unidos la incorporación de los Países Bálticos a la URSS, lo que sucediera en ellos podía suponer un serio peligro para la política exterior de Gorbachov.
Los meses finales de 1989 y los iniciales de 1990, cuando se estaban autodestruyendo ya las democracias populares de la Europa del Este, constituyeron una etapa cardinal en los planteamientos de Gorbachov.
En el mismo hubo una auténtica revolución de carácter personal. Por vez primera, según luego contó, leyendo a Solzhenitsin se dio cuenta de que no ya Stalin sino el propio Lenin podían haber cometido errores de bulto en la manera de organizar la URSS. Esto, sin dotarle de mayor claridad, le hizo enfrentarse ya a los más conservadores, incluso aquellos que habían colaborado con él. En marzo de 1990, de un plumazo desapareció en la URSS el papel dirigente del PCUS, al que nadie utilizó como una especie de maquinaria política oficial o de partido autónomo. Ello le sumió en la impotencia, para indignación de los más ortodoxos.
Además, desde 1987 los problemas económicos se multiplicaban y, en 1990, el nivel de vida se desplomó. El intento de encauzar la economía por parte de Rizkov se sumió pronto en un mar de contradicciones con los sucesivos consejeros económicos de Gorbachov, siempre tenaz en aplazar sine die las inevitables elevaciones de precios. Abalkin presentó a continuación un nuevo plan económico, pero el propio Gorbachov lo rechazó. Petryakov, su nuevo consejero, acabó por enfrentarse a Rizkov y, cuando Shatalin propuso un plan de 500 días, que pretendía en tan sólo 100 llegar a la privatización y monetarización total, arreciaron las protestas de los conservadores.
Además, en este mismo momento se estaba planteando la nueva organización territorial del Estado y fue esta urgencia política la que evitó que pudiera ponerse en práctica programa económico viable alguno. En efecto, dados los problemas existentes con los Países Bálticos, Gorbachov promovió en abril de 1990 la aprobación de una ley que serviría para los casos en que fuera intentada una escisión. En realidad, hubiera sido más bien una ley para impedir la secesión, puesto que establecía un plazo de seis años con un referéndum previo que exigía una mayoría de dos tercios y todo tipo de aprobaciones previas por parte de la URSS en cualquier momento.
Ni los problemas económicos ni los territoriales encontraron solución, mientras que un hecho de carácter político sentó las bases para el posterior desarrollo de los acontecimientos. Las elecciones celebradas en Rusia en mayo de 1990 por primera vez establecieron una representación en estricto acuerdo con la población y sin un componente corporativo, como las celebradas anteriormente en el conjunto de la URSS; no hubo, además, distritos sin candidatos y la censura prácticamente desapareció a partir de este momento.
El Congreso elegido fue más bien moderado: de los diputados unos 423 estaban con Yeltsin, 327 en contra de él y unos 250 oscilaron entre ambos sectores. Pero Yeltsin ganó la presidencia, aunque sólo por cuatro votos, a otro candidato y esto le hizo titular de un poder político excepcional porque no sólo se refería a la mayor parte del territorio de la antigua URSS sino que, además, a diferencia del de Gorbachov, tenía un carácter netamente democrático.
Eso obliga a tratar de quién habría de ser el personaje político del futuro con alguna mayor detención. A diferencia de otros dirigentes soviéticos de la época, su abuelo había sido un rico agricultor. También su familia pasó por los padecimientos del estalinismo: su padre y su tío fueron condenados a tres años de cárcel por criticar al régimen. Su carrera política personal tuvo alguna peculiaridad. Nunca fue un miembro del aparato del partido sino más bien una especie de director de empresa que utilizaba la política para actuar con mayor eficacia.
Eso, no obstante, no quiere decir que se permitiera heterodoxia alguna, pues todavía en junio de 1988 hablaba contra el multipartidismo. A partir de la Perestroika, Yeltsin prosperó merced principalmente a su crítica de la nomenklatura; tuvo también más claro que Gorbachov el hecho de que el final del proceso llevaba al mercado y a la desaparición del partido único, aunque dudara en los medios a emplear para esos resultados. Su sentido teatral e histriónico ayudó a que Gorbachov y tantos otros le subestimaran, pero, además, les resultaba imposible situarle en un extremo para él mismo ubicarse en el centro porque cambiaba siempre de posición de forma imprevisible.
La reunión del Congreso, en marzo de 1990, permitió a Gorbachov convertirse en presidente de la URSS, un cargo ahora mucho más importante y semejante en la amplitud de sus funciones a la Secretaría General de antaño. Al mismo tiempo, hizo patente su giro hacia una posición conservadora, coincidente con la disminución de su popularidad interior, en la que mucho tenía que ver la acumulación de problemas de todo tipo. En diciembre de 1989, conservaba todavía el apoyo del 52% de la población, pero un año después a Yeltsin le apoyaba el 32% y a él tan sólo le quedaba el 19%. Al embajador norteamericano, Mattlock, sorprendido por sus bruscos cambios de actitud, le contó que se veía obligado a una política de "zigzag" porque el país estaba al borde de una guerra civil. La realidad era que se veía obligado a mostrar una constante separación tanto de la derecha como de la izquierda, pero conservando cada vez menos espacio -y menos confortable- de actuación.
Habiendo prescindido ya de Ligachov a fines de 1990, Gorbachov reemplazó también a Rizkov al frente del Gobierno. En el nuevo que se formó, Pavlov actuó por libre, como si no dependiera de quien le había nombrado, pero sin tampoco demostrar sus propias capacidades. El invierno 1990-91 transcurrió en medio de una histeria política que explica acontecimientos posteriores. En el momento más dramático, en diciembre de 1990, se produjo la dimisión de Shevardnadze, que había sido co-protagonista de la política exterior soviética desde 1985. No se lo anunció previamente a Gorbachov quien, a estas alturas, quizá quisiera que pasara al puesto decorativo de vicepresidente o sacrificarlo ante las quejas de los sectores más conservadores por la unificación alemana. Lo importante es que en el momento de informar de su dimisión, el ministro denunció también la inminencia de una dictadura.
Datos objetivos para considerar que se iba a producir un endurecimiento no faltaban. A comienzos de 1991, las fuerzas soviéticas ocuparon el edificio de la televisión lituana, con el resultado de catorce muertos. Gorbachov negó su responsabilidad en esta acción, pero de esta eventualidad se había tratado en su presencia y nunca pensó en castigar a los culpables de los hechos. Ni siquiera dijo quién había dado la orden, aunque asegurara que él no había sido. En esos primeros meses de 1991, hizo, además, patrullar tropas por el centro de las principales ciudades, quizá por una reacción desproporcionada ante un posible desorden público. En la fase final de su mandato, dio la sensación de que Gorbachov permanecía al frente del Estado resistiendo a unas tendencias que él mismo había provocado y que cada día eran más independientes de su voluntad.
El principal protagonismo de la política en la URSS se centraba ya en la nueva organización territorial. En marzo de 1991, Gorbachov ganó, con el 70% del voto, un referéndum acerca del mantenimiento de la URSS, pero la victoria resultó tan pírrica que en nueve meses había desaparecido no sólo la URSS sino también el puesto que desempeñaba el líder soviético. En abril, se llegó al acuerdo de Novo-Ogarevo, destinado a hacer posible esa nueva vertebración. Gorbachov quería una nueva unión pero quiso imponerla a la población y a Yeltsin, y ambos no la aceptaron. Fue, por tanto, la propia Rusia quien acabó con la URSS. Pero nada de esto se entiende sin tener en cuenta el conjunto de la evolución política del momento.
Debe tenerse en cuenta, en primer lugar, el creciente poder político de Yeltsin quien, como sabemos, había conseguido en 1990 una victoria parlamentaria muy justa pero a quien favorecían crecientemente las encuestas de opinión. Un año después consiguió ratificarla y ampliarla mediante una elección directa su puesto de presidente de Rusia. Yeltsin logró la victoria gracias a su alianza con Rutskoi, un personaje más joven, más nacionalista y militar, que había organizado un grupo autodefinido como "comunistas por la democracia". La campaña duró sólo tres semanas entre mayo y junio de 1991 y Yeltsin venció con el 57.3% del voto mientras que Rizkov, el antiguo primer ministro, sólo logró el 16.9. A partir de este momento, Yeltsin eligió el camino de la confrontación con Gorbachov y con la estructura central de la URSS. Impidió que el PCUS tuviera organizaciones en los lugares de trabajo y pretendió quedarse con los campos petrolíferos que venían a ser lo mismo que las divisas. Frente a esta situación Gorbachov no fue capaz de reaccionar. El malestar contra él era creciente y nacía de sectores antagónicos. Si la elección de Yeltsin testimonió la existencia de un sector radical que le superaba por la izquierda en abril de 1991, 32 de los 72 secretarios del Comité del partido en la Federación Rusa afirmaron que había que pedir responsabilidades a Gorbachov.
En estas circunstancias ha de entenderse el intento de golpe de Estado de agosto de 1991. Lo primero que llama la atención al respecto es la participación en él del círculo político más íntimo del propio Gorbachov. "¿Cómo podían tomar el poder quienes ya estaban en el poder?", se preguntó el general Lebed, una figura política de importancia creciente. Fue algo así -interpretó un analista norteamericano- como si el secretario de Defensa y el de Estado, junto con los directores de la CIA y del FBI, se dirigieran al Congreso para dar un golpe de Estado contra el presidente norteamericano. Los conspiradores, principalmente el ministro de Defensa y el responsable del KGB, tuvieron una relación ambigua con Gorbachov, de vacaciones en Crimea, en la que le aseguraron que harían el trabajo sucio por él, pero también le mantuvieron aislado.
Por su parte, el líder soviético no estuvo involucrado en el golpe, pero es posible que deseara que se diera y que no hizo nada con antelación para evitarlo. El propio embajador norteamericano tenía noticias de que podía suceder algo parecido: el alcalde de Moscú, Popov, le había informado de ello, incluso con los nombres de las personas implicadas y, posteriormente, Bush llegó a decirle a Gorbachov quién había sido su informante. Pero, por fortuna, los conspiradores fueron también extremadamente incompetentes e indecisos: ni se ocuparon de las autoridades ni tuvieron al frente a un líder popular e hicieron depender su éxito en exclusiva de la posición de Gorbachov. Cuando trataron de dar una rueda de prensa lo hicieron en un indescriptible estado de confusión provocado por una borrachera. Más que un golpe, lo sucedido pareció realmente un espectáculo.
Con el intento, cuya peligrosidad fue mayor de lo que podía esperarse de su dirección, terminó la decisión de una persona, Yeltsin, y la actitud de fondo de los militares más jóvenes. Se ha podido calcular que el 40% de los soviéticos simpatizaba de un modo u otro con los sublevados. Muchos de los dirigentes de las repúblicas adoptaron, además, actitudes pasivas y entre quienes hicieron lo propio fuera de la URSS estuvo el propio presidente francés, Mitterrand. La huelga general declarada para enfrentarse con los golpistas no llegó a triunfar. El momento decisivo tuvo lugar en la noche del 20 al 21 de agosto, cuando las unidades militares acabaron obedeciendo a Yeltsin en mayor medida que a los golpistas. La interpretación que Gorbachov -cuya esposa sufrió dos años de enfermedad como consecuencia de los hechos- hizo de lo sucedido es que "si el golpe se hubiera producido un año y medio o dos años antes, presumiblemente habría podido triunfar". Esta afirmación parece cierta, pero el propio Gorbachov, en un artículo publicado días antes del golpe, citaba dos veces a Lenin y consideraba que la adulteración del régimen había tenido lugar a causa de Stalin. Esto demostraba que si había desempeñado un papel decisivo en el comienzo del fin del sistema soviético ahora ya estaba desplazado por los acontecimientos.
Las consecuencias de la derrota del golpe de Estado fueron decisivas para el destino de la URSS. La ruptura de la unión se produjo porque Yeltsin no concibió otro modo de acabar con Gorbachov y porque éste y los militares se negaron a actuar por la fuerza o ni siquiera concibieron la posibilidad de hacerlo. Fue Yeltsin quien llevó la iniciativa de los acontecimientos: suspendió al Partido Comunista mientras que Gorbachov dio la sensación de seguir considerándolo reformable. Además, no nombró nuevo primer ministro y aceptó de forma pasiva lo dispuesto por Yeltsin.
Resulta muy posible que si en septiembre Gorbachov hubiera dimitido Yeltsin hubiera mantenido la URSS. Ya en noviembre, las cosas habían cambiado. En un momento inicial estaba dispuesto a aceptar alguna fórmula de Estado federal pero en realidad los visitantes extranjeros parecieron siempre más preocupados por la descomposición de la URSS que los propios políticos que la habían dirigido. A la separación de los Países Bálticos le siguió la de Georgia, Moldavia, Azerbaiyán..., etc. Nada decisivo sucedió hasta que en diciembre de 1991 Ucrania decidió no entrar en una organización federal que tuviera un sistema de dirección en forma de organismo común. En realidad, sólo con la presencia de Ucrania podía tener sentido una unidad política semejante a la antigua URSS.
A comienzos de ese mismo mes, Rusia, Ucrania y Bielorrusia decidieron crear una Comunidad de Estados Independientes (CEI), a la que se sumaron las otras repúblicas, pero que habría de ser una especie de cascarón vacío de contenido al estar ligada por unos vínculos muy laxos. Rusia heredó el puesto de la URSS en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la disposición sobre las armas nucleares aunque debió negociar con otras repúblicas (por ejemplo, Ucrania, Kazajstán...) sobre este punto.
La CEI condenó a la desaparición de la magistratura ocupada hasta entonces por Gorbachov y, por lo tanto, de su relevante papel en el primer plano de la política interna. A fines de ese mismo mes, hizo su última intervención pública desde el poder. Había sido "una especie de Moisés", que pudo conducir a su pueblo a la tierra prometida pero sin entrar en ella. Ni la liberalización del régimen ni la misma revolución final fueron causadas por la política de Reagan sino por la impregnación de los "valores humanos" auspiciados merced al protagonismo de quien había sido el séptimo secretario general del PCUS, cuya relevancia histórica difícilmente puede ser, por tanto, exagerada. Le esperaba, no obstante, un destino poco prometedor. Nobel de la Paz en 1990, cuando abandonó la política de su país, Yeltsin le prometió que podía seguir ejerciendo un papel en ella gracias a la creación de una Fundación. Pero cuando ésta o quien la presidía actuó de forma crítica frente al nuevo dueño del Kremlin, perdió el apoyo estatal. Todo sucedió -asegura Gorbachov en sus memorias- de una forma muy característica de Yeltsin, es decir con ruido, con rudeza y sin habilidad alguna.

Imágenes

Manifestación en las calles de Kiev tras la caida de la URSS Mihail Gorbachov junto a Margaret Thatcher Muñecas rusas típicas, matriuskas, representando a Gorbachov y su mujer