La presidencia de Richard Nixon

Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos
Época: Distensión
Inicio: Año 1945
Fin: Año 2000

Antecedente:
Estados Unidos: la polarización

(C) ARTEHISTORIA



Comentario

A la altura de 1968 Nixon era, ante todo, un "superviviente". Si triunfó fue porque dijo hablar por la gran mayoría de los norteamericanos que deseaba ley y orden y que no protestaba en las calles. Utilizó a su candidato vicepresidencial, Agnew, como una especie de Wallace propio que a él le evitaba situarse demasiado a la derecha y prometió unir a los norteamericanos pero, tras cinco años y medio de presidencia, la abandonó de un modo ignominioso.
"Yo nací en una casa que mi padre mismo construyó", asegura Nixon en sus memorias. Fue, en efecto, de procedencia humilde. De temprana vocación política, aunque no fue el inventor del anticomunismo el progreso en su carrera pública se debió a él. Hombre de confrontación en la primera parte de su vida política, fue candidato a la vicepresidencia a la temprana edad de 39 años. Eso le hizo destinatario de tempranas críticas por utilizar procedimientos de financiación política poco justificados. Sus relaciones con Eisenhower, con cuya hija estaba casado, fueron, no obstante, complicadas. Aquél le utilizó como punto de contacto con el Partido Republicano pero no apreció sus puntos de vista ni su personalidad. Derrotado en 1962, intentó alcanzar el puesto de gobernador de California, pero no lo logró, y llegó a despedirse de la política ante unos periodistas a los que reprochó su derrota con esa característica tendencia a sentirse perseguido que fue siempre un rasgo de su personalidad.
Ésta resulta tan contradictoria que puede llegar a parecer incomprensible. Era el individuo menos auténtico imaginable, incapaz de verdaderas amistades, duro no sólo en su carrera política sino en su forma de enfocar la vida, capaz de mentir y de utilizar a las personas pero no de dar siquiera la sensación de disfrutar en el puesto presidencial. Obsesionado por el poder -y no por el dinero, como se le achacó- reunía todos los defectos de un político profesional pero también algunas de las virtudes. Tuvo, por ejemplo, una determinación de hierro, memoria, voluntad de aprendizaje y, sobre todo, una inmensa capacidad de trabajo con jornadas de hasta 16 horas.
Para la generación que era joven a mediados de los años sesenta fue, sin duda, "el hombre que nos gustaba odiar", pero eso puede dar una idea incorrecta de su ubicación en el seno del Partido Republicano. En realidad era un centrista, probablemente lo fue el que más en el siglo, excepto Teddy Roosevelt. No tenía la clase -ni mucho menos la fortuna- de Rockefeller pero se sentía "físicamente enfermo" ante extremistas como Goldwater. Apoyó las leyes de derechos civiles, a diferencia de Bush, otro futuro presidente republicano, y tuvo entre sus colaboradores a demócratas reformistas en lo social como Moynihan. Otra cosa es que siempre manifestara voluntad de polarización porque creía que le era útil. Su flexibilidad en el terreno económico le hizo pasar al keynesianismo; se dijo de este cambio que era como si un cruzado dijera que en realidad Mahoma tenía razón. Claro está que cabe dudar de la sinceridad de todas estas posturas (como de todo en Nixon). Si pudo adoptar estas actitudes fue porque tenía al lado a Agnew, acusado en la prensa de ser el nombramiento más sorprendente desde que Calígula nombró a un caballo. Desde muy pronto utilizó la CIA y el FBI contra sus adversarios políticos pero en ello no difirió mucho de sus antecesores.
Entre sus colaboradores es preciso hacer una especial mención de Henry Kissinger. Dotado de prestigio intelectual y de capacidad para las relaciones públicas, Kissinger tuvo también un exceso de arrogancia hasta la megalomanía. Le caracterizó siempre idéntico deseo de poder que Nixon; era un demócrata al que una oportuna traición a su partido le permitió acceder al puesto de asesor de seguridad de los republicanos y que, a partir de este puesto, fue aumentando en relevancia política. Su punto de vista fue siempre el de un realista en materia de relaciones internacionales. Su libro Un mundo restaurado (1957) describió la etapa posterior al Congreso de Viena, a comienzos del XIX, en que una serie de personalidades de brillante inteligencia lograron evitar el conflicto contrapesándose con prudencia. Kissinger pensaba en que existía un exceso de moralismo en la política norteamericana; eso le hizo aceptar e incluso multiplicar las operaciones encubiertas -derribo de Allende en Chile- y los procedimientos tortuosos. Su actitud de secretismo y de intriga, coincidente con la de Nixon, no hizo, en cambio, nacer cordialidad entre ellos. El presidente le describe en sus memorias como vano, maquiavélico e incapaz de guardar un secreto. Kissinger en las suyas le muestra como un ser obsesivo y testimonia un escasísimo aprecio por su persona. Se ha afirmado que la política exterior seguida en estos años fue la de Nixinger, es decir, la de ambos a la vez. Pero, en realidad, de estos dos personajes con una relación tan poco sana, siempre el decisivo fue Nixon. A él cabe atribuirle la herencia más perdurable de la política exterior norteamericana del momento, es decir, la apertura a Asia y, en concreto, a China.
Aunque en otro punto se trata de la Guerra de Vietnam y de la evolución de las relaciones internacionales, parece necesario abordar brevemente cuál fue la actitud con la que la presidencia actuó en esta materia. En realidad, ni Nixon ni Kissinger cambiaron el camino fundamental de la política norteamericana, pero sí supieron adaptarla de forma consciente a un panorama nuevo, que era el de la paridad en potencia nuclear y la consiguiente necesidad de contactos muy estrechos que hicieran posible la prudencia mutua y evitaran una confrontación no deseada. De ahí el establecimiento de un contacto estrecho con los soviéticos, incluso permitiendo al embajador de la URSS un discreto acceso al Departamento de Estado para los contactos diarios. De ahí también la voluntad de contrapesar a la URSS con China y el deseo de poner en estrecha relación todos los escenarios mundiales, de modo que lo sucedido en cada uno pudiera contemplarse en una perspectiva conjunta. Dos ejemplos de esta actitud realista en política internacional pueden aclarar estos planteamientos. En 1970 se llegó a un acuerdo secreto por el que los soviéticos dejaron de construir una base de submarinos en Cuba y, al mismo tiempo, Nixon se manifestó dispuesto a no invadir la isla. La frase de Kissinger a Mao -"los de derechas pueden hacer cosas de las que los de izquierdas sólo pueden hablar"- también resulta muy característica y constituye una perfecta muestra de este realismo.
La otra vertiente del realismo en política exterior tuvo aspectos poco dignos de alabanza. Kissinger tenía razón cuando describía la Guerra de Vietnam como una consecuencia de la ingenuidad y de la imprevisión de las consecuencias más que de una psicosis militarista. El programa de "vietnamización" de la guerra fue completamente lógico y, además, no introdujo sustanciales cambios estratégicos, por el momento, en la situación. Pero el realismo incluyó también los bombardeos de Camboya, en manifiesta violación no sólo del derecho internacional sino de las normas constitucionales norteamericanas, y la prolongación de los de Vietnam en la confianza de que Rusia y China no provocarían una Guerra mundial como consecuencia de ellos. Un tercio de los muertos norteamericanos durante esta guerra se produjo durante la presidencia de Nixon. Su interpretación, de acuerdo con la cual resultaría que tan sólo Watergate explica que Vietnam del Sur fuera abandonado, resulta insostenible. Lo cierto es que Kissinger cedió demasiado en el momento de pactar, al admitir la presencia de tropas nordvietnamitas en el Sur. Si los acuerdos de limitación de armamentos a los que se llegó con los soviéticos fueron positivos, la diplomacia de Nixon y Kissinger se caracterizó a menudo -por ejemplo, en Oriente Próximo- por una carencia de resultados efectivos.
La presidencia de Nixon coincidió con la última fase de polarización social y política norteamericana atizada por la Guerra de Vietnam. En octubre de 1969 unos dos millones de personas se manifestaron en las calles en contra de la presencia norteamericana en Vietnam. En total había unos 70.000 prófugos del servicio militar y en Oakland hasta la mitad de los llamados a filas no respondieron siquiera a la Administración estatal. Ese mismo año 450 "colleges" o instituciones universitarias fueron cerradas como consecuencia de actos de protesta y fue necesario apelar a la guardia nacional en veinticuatro ocasiones para dominar los disturbios. Los más luctuosos se produjeron en mayo de 1970 en Kent State University donde la intervención armada de las fuerzas del orden produjo cuatro muertos, ninguno de los cuales era un radical. Como contraste ya a estas alturas predominaba la reacción conservadora: de acuerdo con las encuestas, el 58% de la población estaba en contra de las manifestaciones; muy a menudo los mismos obreros industriales estuvieron en contra de los estudiantes. Cuando hubo casos muy polémicos -como el juicio al responsable de la matanza de My Lai, en Vietnam- Nixon procuró dejar clara una actitud complaciente hacia la derecha. A mediados de los setenta algunos de los objetivos de la revolución de los derechos civiles parecían ya cumplidos. En 1974 casi llegaba al 90% el número de los negros que en el Sur asistían a escuelas integradas. Al mismo tiempo, la Administración Nixon se caracterizó por una utilización de procedimientos tortuosos e ilegales contra sus adversarios políticos; se persiguió también -incluso con robos de sus fichas psiquitátricas- a quienes difundían información militar reservada (caso Ellsberg).
La presidencia de Nixon presenció también el apogeo y la crisis del cambio cultural iniciado en los cincuenta. Ocho meses después de que llegara al poder tuvo lugar el festival de Woodstock, que se convirtió en una leyenda de la cultura del "pop". Pero pronto se vio que todo ese mundo tenía también sus contraindicaciones: en 1970 Hendrix y Joplin, dos conocidos cantantes, murieron de sobredosis de droga. El cambio cultural prosiguió e incluso se acentuó viendo la aparición de movimientos que reivindicaban no tanto derechos como la legitimidad de formas de vida. La mentalidad seguía cambiando: en 1969 todavía el 74% de las mujeres estaba en contra del sexo premarital, pero tres años después sólo el 53% se mantenía en esa actitud. En junio de 1969 por vez primera los homosexuales de Stonewall Inn en el Greenwich Village neoyorquino protestaron por el maltrato de que eran objeto por parte de la policía. En 1974 la Asociación americana de psiquiatras hizo desaparecer la homosexualidad del catálogo de enfermedades. Ms, una revista feminista de gran público, empezó su venta en 1972 y pronto vendió 250. 000 ejemplares. En 1973 el Tribunal Supremo reconoció el derecho al aborto. La protesta de otros tiempos se transfiguró en gran medida hacia nuevos objetivos. Desaparecieron los SDS, principal organización de la Nueva Izquierda, y, en cambio, surgió una mentalidad ecologista que en adelante estaba destinada a tener una enorme influencia. En 1970 se produjo la devolución al pueblo indígena Taos del "lago azul", considerado como un lugar sagrado por ellos. Por esos mismos años aparecieron los primeros ensayos que señalaban un límite al crecimiento económico mundial y se detuvo la expansión de los regadíos. Se difundió la llamada "cultura del cuerpo: Aerobics, un libro de Cooper, vendió 3 millones de ejemplares. Si la contracultura había tenido como origen un desafío político, al final se fragmentó en una miríada de reivindicaciones de grupo que no tenían mucho que ver con el mundo de lo público.
A la altura de 1972 Nixon no tenía ni mucho menos garantizada su reelección, aun a pesar de que en el verano de 1969 un accidente en que perdió la vida una joven supuso que su principal adversario, el tercero de los Kennedy, Ted, desapareciera como contrincante viable. Pero el candidato demócrata George Mc Govern, que ya en la anterior elección había intentado acceder a la presidencia, padeció una acumulación de circunstancias poco propicias. En la convención demócrata hubo un elevado número de pruebas de renovación en el partido: el porcentaje de mujeres había pasado del 13 al 38%, el de negros del 5 al 15% y el 23% de los asistentes eran menores de 30 años. Pero eso mismo contribuyó a situar al partido lejos del centro de gravedad de la sociedad norteamericana. El reverendo Jesse Jackson, un predicador negro, acabó convirtiéndose en la figura más destacada de la reunión sin por ello alumbrar una nueva candidatura más viable. Mc Govern era un mal organizador y un orador poco inspirado y, además, no consiguió llamar la atención acerca de los problemas de corrupción cuando la elección de 1972 fue el ejemplo paradigmático de hasta qué punto el dinero podía influir en los resultados. Contra su persona, por si fuera poco, fueron utilizados toda serie de procedimientos dudosos. Nixon asegura en sus memorias que muy pronto se dio cuenta que "cuanto menos hiciera mejores resultados obtendría". De hecho, no se enfrentó con Mc Govern sino que se limitó a obtener el apoyo más o menos directo de demócratas; incluso Johnson le aconsejó. Su programa prometió una "nueva revolución americana" basada en los valores del individualismo. Venció arrolladoramente: obtuvo el 60% del voto con 15 millones de electores más mientras Mc Govern, con el 37%, sólo logró dos millones menos que el candidato demócrata en 1968. Por primera vez los republicanos consiguieron en esta elección la mayor parte del voto católico y obrero. De este modo, puede decirse que el nuevo mandato de Nixon se inició con los mejores auspicios.
Pero en el momento en que Estados Unidos estaba retirando definitivamente sus tropas del Vietnam, Watergate empezó a poner fin a la Administración Nixon. Tal como dice Nixon en sus memorias, el asunto Watergate -que consistió en la instalación de micrófonos en la sede del Partido Demócrata en Washington- fue "un allanamiento de morada de tercera clase" que ni siquiera hubiera podido suponer grandes ventajas para los republicanos y que, de entrada, demostraba la estupidez de quien lo propuso. Ni siquiera se trataba de un delito nuevo, puesto que en una campaña electoral anterior ya un periodista había hecho algo parecido sin recibir más que una condena mínima. Con esa tendencia tan característica de Nixon a la autocompasión, el presidente asegura en sus memorias que de aquello de lo que a él se le acusó él mismo había sido sujeto paciente durante la campaña electoral anterior.
Desafortunadamente para la Administración republicana, el Watergate tuvo lugar en un momento electoral, lo que tuvo como consecuencia que Nixon ordenara encubrirlo para que no pudiera repercutir sobre los resultados. En realidad, nunca estuvo en cuestión la directa responsabilidad de Nixon ordenando el Watergate. Hoy mismo, cuando se dispone de una documentación abrumadora sobre la cuestión (y sobre la propia Administración Nixon), eso no está probado. La verdadera cuestión consistió siempre en si Nixon tomó (o no) medidas legales o ilegales para evitar que las culpas recayeran sobre él mismo y sobre las personas de su entorno. En el intento de demostrar esto último, tal como le dijo uno de sus colaboradores, Watergate se convirtió en "un cáncer que crecía día a día". Los colaboradores de Nixon bailaron una especie de minueto, cada vez más grotesco, entre sí tratando de responsabilizarse los unos a los otros. Ya en abril de 1973 debieron dimitir Haldemann, Ehrlichman y Dean; este último trató de conseguir la inmunidad para sus delitos por el procedimiento de hacer recaer las culpas sobre los demás. Con ello Nixon se sintió cada vez más aislado. Entre agosto y septiembre el vicepresidente Agnew, acusado de corrupción como consecuencia de su previa actuación como gobernador, tuvo también que dimitir. Colocada a la defensiva, la Casa Blanca se dedicó a levantar barreras contra un proceso ineluctable de descomposición y desmoronamiento. Nombró un fiscal y acabó cesándolo; se resistió a entregar las cintas de las grabaciones de conversaciones que habían tenido lugar en el entorno de Nixon y acabó haciéndolo. Este proceso de descomposición del ejecutivo tuvo lugar en el preciso momento en que Kissinger, ya convertido en un rival de Nixon más que en un colaborador suyo, lograba el Premio Nobel de la Paz por el papel jugado en la negociación con los nordvietnamitas, cuando realmente no había hecho otra cosa que aplicar la política de Nixon. En estos momentos la Administración estaba hasta tal punto paralizada que en la práctica la única decisión importante consistió en el nombramiento de Kissinger como secretario de Estado, responsabilidad que, de hecho, ejercía desde hacía bastante tiempo.
Sobre Nixon y su Administración recayeron numerosas acusaciones, algunas de las cuales no están más que parcialmente justificadas. Se descubrió, por ejemplo, que había dejado de pagar impuestos desde 1969 vendiendo sus papeles vicepresidenciales a la Administración, pero algo parecido había hecho Humphrey; otra cosa es que los valorara en exceso. Las grabaciones de conversaciones entre los colaboradores se hicieron para documentar desde el punto de vista histórico la vida de un Gobierno, pero también sirvieron para descubrir numerosas conjuras en su seno. Habían sido realizadas por otros presidentes, como Kennedy, y si Nixon las hubiera destruido en su totalidad quizá no hubiera perdido la presidencia. De lo esencial, sin embargo, no cabe la menor duda, porque el propio Nixon ofrece testimonios repetidos en sus memorias. El presidente trató Watergate como "política pura y simple", es decir, que ni siquiera se planteó la moralidad de lo que habían hecho sus colaboradores. No quiso preguntarse sobre el papel que en todo el asunto le había correspondido a uno de sus colaboradores más estrechos -y responsable de Justicia-, John Mitchell. En una docena de ocasiones se utilizó dinero de procedencia tortuosa para intentar cubrir las responsabilidades de sus colaboradores. En definitiva, al margen de que en el pasado se hubieran utilizado procedimientos relativamente parecidos, el hecho es que en su reiterada resistencia a enfrentarse con sus responsabilidades la Administración Nixon demostró ser la menos decente y respetuosa con el espíritu de la ley en toda la Historia norteamericana del siglo XX.
La vertiente positiva de Watergate consistió en que supuso la investigación de lo hecho por la Administración y una simultánea elevación de los niveles de exigencia moral en varios aspectos esenciales de la vida pública norteamericana, algunos de los cuales no eran manifiestamente delictivos aunque rozaban la legalidad. La prensa jugó en todo ello un papel de primera importancia al mismo tiempo que el legislativo. Probablemente "Garganta profunda" -la fuente de información de gran parte de las informaciones periodísticas- fue un agente del FBI a quien se impidió participar en la investigación. Berstein, el principal de los periodistas que desveló los acontecimientos, procedía de la contracultura, de modo que ésta logró una victoria final sobre el conservadurismo representado por Nixon. Éste finalmente dimitió en agosto de 1974 cuando realmente no tenía ya otra escapatoria.
En realidad, el asunto Watergate resultó más importante en la Historia de los Estados Unidos que el propio Nixon. Como consecuencia de él se tomaron por parte del legislativo norteamericano algunas medidas para transformar el sistema político. Así, sucesivamente, se aprobaron una ley de poderes de guerra (1973), otra sobre la financiación de campañas electorales (1974) y otra sobre la libertad de información (1974), amén de otras menos importantes relativas, por ejemplo, a la normativa respecto a la documentación de los presidentes. Pero incluso mucho más importante que eso fue el hecho de que, como consecuencia del asunto Watergate, todo un trauma en la vida política norteamericana, se elevaron considerablemente los niveles de exigencia aplicables a los profesionales de la vida pública, de forma especial en lo que se refiere al respeto a la verdad en cada una de sus tomas de postura. A pesar de ello, se dio la paradoja de que Nixon, que había abandonado la presidencia convertido en todo un símbolo de maldad para los más jóvenes, tuvo la oportunidad de resucitar con el transcurso del tiempo. Tan sólo cinco años después de abandonar el poder empezó a publicar libros dedicados a la política exterior norteamericana, que una vez más demostraron su capacidad para la supervivencia. Desde entonces, en una medida o en otra, fue consultado por todos los presidentes norteamericanos, fuera cual fuera su significación política.
Si volvemos a 1974 comprobaremos hasta qué punto cuando Nixon abandonó la presidencia la situación resultaba crítica para los Estados Unidos. No se habían percibido aún los resultados positivos del Watergate y a su estela pronto se debió sumar la crisis económica producida por la elevación del precio del barril de petróleo que casi se multiplicó por cuatro. Estados Unidos, con el 6% de la población mundial, consumía un tercio del petróleo del mundo y en el período 1960-1972 el porcentaje de petróleo procedente del exterior había pasado del 19 al 30% del total. En 1975 se produjo un descenso del PIB en tres puntos mientras tenía lugar un ascenso del desempleo hasta el 8.5%. Durante los años siguientes la economía norteamericana, como la mundial, presenció el fenómeno denominado "stagflation", es decir la coincidencia entre a la vez dos dígitos de desempleo y de inflación. Para una sociedad tan próspera como la norteamericana este hecho inédito resultó tan nuevo como depresivo.

Imágenes

Richard Nixon y Nikita Kruschov