Berlín, Alemania y la cuestión europea

Aspecto de la Puerta de Brandemburgo tras la II Guerra Mundial
Época: Inicios Guerra Fria
Inicio: Año 1945
Fin: Año 2000

Antecedente:
Conflictos de la Guerra Fría

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Comentario

El factor que de forma más clara contribuyó a la creación de la OTAN fue la situación alemana y, de manera especial, el estatuto de la ciudad de Berlín. En la reunión celebrada en Moscú entre los ministros de Asuntos Exteriores de los antiguos aliados -marzo-abril de 1947- ya se constató la discrepancia sustancial y, por lo tanto, la imposibilidad de llegar a un acuerdo. Los anglosajones, a fines de aquel año, tomaron la decisión de unificar sus respectivas zonas. Su propósito era configurar Alemania como un país federal, con un Gobierno central fuerte, del que dependieran la política exterior y la economía.
Francia, por el contrario, quería una estructura confederal, mientras que la URSS era partidaria de un Estado muy centralizado, en el que los recursos económicos de las zonas más industrializadas como el Ruhr fueran controlados por unos organismos interaliados que a ella le permitieran obtener reparaciones como consecuencia de la agresión hitleriana. Algo parecido deseaba con respecto a Austria. A fines de año, una nueva reunión en Londres constató la diferencia de criterios existente. Molotov pidió la inmediata organización de un Estado alemán. Los aliados, ya en 1948, llevaron a cabo la reunificación de la Alemania occidental, aceptando Francia que un organismo común controlara el desarrollo de su economía; una moneda, el marco alemán, serviría en adelante para el conjunto de las zonas controladas por las potencias democráticas.
Convertida la situación alemana en manzana de la discordia del desacuerdo entre los antiguos aliados, la reinante en Berlín fue el detonante de uno de los enfrentamientos más graves de la guerra fría. En realidad, los soviéticos no habían aceptado como situación permanente el status de Berlín dividida en cuatro zonas administradas por cada uno de los vencedores, sino que su preferencia seguía estando en una Alemania unificada. En marzo de 1948, las autoridades soviéticas suspendieron el funcionamiento del organismo de control interaliado y, a continuación, confiaron a los alemanes orientales el acceso a Berlín oriental.
Sucesivamente, fue suspendido el paso por cada una de las vías de acceso a la capital alemana, de modo que a fines de junio no le quedaba otro procedimiento de aprovisionamiento que el aéreo. El comandante norteamericano llegó incluso a proponer que un convoy armado tratara de forzar el paso a través de la autopista. Pero el presidente norteamericano no aceptó el dilema entre la guerra o la cesión, y decidió realizar el suministro de la capital mediante aviones. Así, al menos, logró ganar tiempo.
Berlín se había convertido de esta manera en un testimonio dramático de la imposibilidad de entenderse en una administración compartida de los vencedores; pronto sería también el símbolo de la opción por la libertad de la mayoría de la población alemana. Su situación en esos momentos era catastrófica: el 20% de los edificios estaba destruido y un 50% más eran casi inhabitables; el 40% de la industria había sido desmantelada por los soviéticos y la producción se había reducido a la mitad. Al mismo tiempo y día a día, en la zona controlada por los soviéticos se deterioraba el respeto por las libertades democráticas. La población, sin embargo, resistió y lo hizo con buen humor: un chiste contado entonces decía que peor hubiera sido la situación si el aprovisionamiento aéreo lo hubieran realizado los soviéticos.
A lo largo de todo un año, la capital alemana recibió sus suministros exclusivamente por aire, principalmente -en un 95%- gracias a aviones norteamericanos. Los dos aeropuertos berlineses triplicaron el tráfico aéreo de Nueva York y recibieron 2.200.000 toneladas de avituallamientos (un 27% estuvo formado por carbón). Como consecuencia de los más de 200.000 vuelos, se produjeron accidentes que costaron la vida a unas setenta personas. En junio de 1949, los soviéticos levantaron el bloqueo. El reto que había supuesto la medida había sido superado e hizo nacer en la ciudad y en todo el mundo un sentimiento de seguridad. Los Estados Unidos se habían comprometido en la defensa europea y los soviéticos no habían llegado a la confrontación final. En las elecciones celebradas en octubre, en la zona libre de la antigua capital, los comunistas obtuvieron menos del veinte por ciento de los votos y el SPD llegó casi al 50%.
Mientras tanto, la ruptura definitiva entre los aliados tuvo como consecuencia la creación de dos Estados alemanes. Después del bloqueo de Berlín, las potencias occidentales autorizaron a los once Länder de la Alemania occidental a federarse. Lo hicieron a partir de un texto constitucional que exigió dos elaboraciones sucesivas, al no haber sido aceptada la primera por los aliados. Un acuerdo firmado por los aliados en abril de 1949, en Washington, permitió que, en adelante, Alemania occidental pudiera regirse de una manera por completo autónoma, aunque tuviera que permanecer de momento desarmada y viera su política exterior sometida a los designios de los vencedores.
Berlín occidental no se integró como un Land más en Alemania federal, sino que, debido a las circunstancias, permaneció con una peculiar organización política que recordaba a la pasada ocupación. Aprobada la Ley Fundamental en agosto de 1949, tuvieron lugar las primeras elecciones generales. En octubre, la URSS replicó convirtiendo la zona ocupada por ella en una nueva entidad política, la República Democrática Alemana, caracterizada por una organización muy centralizada.
Dividida Alemania, durante los años siguientes quedó ratificada las incompatibilidad entre ambos Estados. La Alemania federal se consideró a sí misma un "Estado germen", que representaba a la totalidad de los alemanes hasta que estos pudieran organizarse de forma democrática. Complementaria de esta interpretación fue la aplicación, en el campo de la política exterior, de la llamada "doctrina Hallstein" consistente en romper las relaciones con cualquier país que las mantuviera con la Alemania del Este. Al mismo tiempo, sin embargo, la RFA adquirió en muchos aspectos la dimensión de un Estado de idénticas características a los demás.
A finales de 1949, por los Acuerdos de Petersberg, Bonn consiguió de los aliados occidentales que quedara resuelto el problema de las reparaciones; en 1950 pudo tener un Ministerio de Asuntos Exteriores propio y en 1951 ingresó como miembro de pleno derecho en el Consejo de Europa. En 1952, concluyó el estado de ocupación de la Alemania occidental. Tan sólo quedaba pendiente la difícil cuestión del Sarre, regido por un Gobierno autónomo vinculado económicamente a Francia. Una cuestión que dificultó las relaciones entre ésta y Alemania. En cuanto a la República Democrática, en un primer momento tuvo la pretensión de presentarse como el único Estado alemán pero, pasado un tiempo, comenzó a apoyar ya la tesis de la legitimidad de los dos Estados.
Alemania se convirtió, por tanto, en un permanente motivo de fricción entre las grandes potencias pero fue también una nueva protagonista en las relaciones internacionales. Nada se entiende, en efecto, en el conjunto de la política europea a lo largo de más de cuatro decenios sin tener en cuenta esta realidad.
Estuvo, por ejemplo, muy presente en el planteamiento de la posibilidad de una cooperación europea en materia económica y militar. La colaboración comercial puesta en marcha gracias a la OECE y esa propensión federalista nacida al comienzo de la posguerra hizo nacer el sentimiento de la necesidad de que se creara una cierta unidad europea. De ahí surgió la reunión de un congreso europeísta en La Haya. Sus resultados fueron, sin embargo, limitados, al no desear los británicos renunciar al ejercicio de su plena soberanía nacional. En enero de 1949, se llegó, sin embargo, al compromiso de creación de un Consejo de Europa que, funcionaba por medio de una Asamblea consultiva, donde estaban representados diecisiete países, pero cuyo ámbito de competencia se limitó tan sólo a la cooperación en materia cultural y política.
Pero, considerada esta iniciativa como insuficiente, varios otros intentos fueron puestos en marcha para superarla. El primero y principal se refirió a los aspectos económicos. El ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, asumió la idea de Jean Monnet, responsable de la planificación económica francesa, relativa a colocar el conjunto de la producción franco-alemana de carbón y de acero bajo la dependencia de una autoridad común en el cuadro de una organización abierta al conjunto de los países europeos. La idea de Monnet se basó siempre en el objetivo de proponer "realizaciones concretas que sirvieran para crear una solidaridad de hecho" y verdaderamente sirvió de punto de partida para la unidad europea.
Su personalidad, que aunaba una visión profética y una capacidad tecnocrática, le hizo darse cuenta que sólo mediante pequeños pasos se lograría superar la sensación de parálisis y derrotismo imperante en Europa. De acuerdo con esta propuesta y con la ayuda prestada por Schuman, se firmó en abril de 1951 el Tratado de París, que permitió la constitución de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), en la que a Francia y Alemania se habían sumado los países del Benelux e Italia pero todavía permanecía ausente Gran Bretaña.
En el ambiente de la guerra fría, la cooperación que parecía más urgente era, no obstante, la relativa a los aspectos militares. Como ya hemos podido comprobar, en realidad la OTAN era una alianza muy flexible que por ello mismo podía resultar poco práctica y efectiva. Como consecuencia de ello, desde finales de 1950 se tomó la decisión de crear un cuartel general de las fuerzas aliadas en Europa emplazado en París. En adelante, la OTAN procuraría contar con una "fuerza integrada" destinada a resolver sus problemas defensivos. Pero muy pronto también esta fórmula pareció insuficiente. Fueron los norteamericanos quienes propusieron, en el otoño de 1950, la posibilidad de rearmar a Alemania, pero se encontraron de forma inmediata con la esperable oposición francesa. De la misma Francia, sin embargo, surgió una fórmula destinada a la superación de este problema. El ministro de Defensa, René Pleven, propuso, siguiendo el modelo de la CECA, crear un Ejército común por la integración de las unidades militares de los seis países que formaban parte de la citada organización económica.
Las dificultades existentes, provocadas por una importante tendencia pacifista en la opinión pública alemana pero también por las reticencias francesas, hicieron que no se llegara a la firma de un tratado creando la Comunidad Europea de Defensa -CED- sino en mayo de 1952. Éste, sin embargo, acabó no siendo ratificado, como consecuencia de la oposición de una parte considerable de la clase dirigente francesa. En agosto de 1954, los diputados franceses votaron contra esta fórmula, como si la alternativa consistiera en rearmar a Alemania o no hacerlo sin tener en cuenta que la medida se dirigía al futuro.
Pero todavía fue posible encontrar una solución alternativa. De acuerdo con la propuesta del ministro de Asuntos Exteriores británico, Eden, la Unión Occidental se convirtió en Unión Europea Occidental integrando a Italia y Alemania de manera que pudiera existir un cierto control europeo de la futura formación de un Ejército alemán; además, se decidió que éste no podría estar dotado de armas atómicas, biológicas o químicas, de barcos grandes o de armas a distancia como misiles o bombarderos estratégicos. Ya en 1955, la República Federal de Alemania ingresó en la OTAN como decimoquinto de sus miembros y ese mismo año comenzó a ponerse en marcha la creación del nuevo Ejército alemán.

Imágenes

Sede de la Comisión Europea Ciudadanos de Berlín hacen cola para abastecerse de leche Llegada de paquetes con alimentos a Alemania Jean Monnet, político francés y uno de los padres de la Comunidad Europea