La victoria cambia de campo: 1942-43

Churchill, Stalin y Roosevelt en la Conferencia de Yalta
Época: II Guerra Mundial
Inicio: Año 1939
Fin: Año 1945

Antecedente:
La II Guerra Mundial
Siguientes:
Torch y Túnez
Verano de 1943: la caída del fascismo
Verano de 1944: Overlord
Las dos coaliciones: coincidencias y problemas

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Comentario

Cuando concluía el año 1942, ya la situación en el frente del Este había experimentado un cambio importante desde el momento en que los alemanes iniciaron la "Operación Barbarroja". Las pérdidas sufridas por parte de los atacantes fueron muy importantes, tanto en vehículos como en animales y en personal. Ésa era una experiencia nueva de los alemanes durante este conflicto y tuvo consecuencias importantes sobre los principales protagonistas de las decisiones políticas. En ambos dictadores en liza en la guerra del Este -Hitler y Stalin- la dureza de la guerra tuvo efectos aunque resultaron muy diferentes. Hitler empeoró porque, situado por sus victorias en Occidente en una situación en la que ni admitía consejos ni tan siquiera se le daban, pretendió no errar jamás y condujo a sus Fuerzas Armadas a decisiones carentes de sentido o de un mínimo de estabilidad, sin con ello lograr introducir una dirección firme en la conducción de la guerra. Como sabemos, la fijación de la ofensiva alemana en Stalingrado se debió de forma exclusiva al propio Hitler.
Durante la ofensiva de 1942, había pretendido la conquista de Leningrado y para ello fue utilizada parte de las divisiones que habían sido empleadas para completar la conquista de Crimea, con lo que se dio la paradoja de que éstas se hallasen viajando de Sur a Norte precisamente durante aquellos meses en los que podían ser empleadas en la ofensiva contra el enemigo. Otro testimonio de la forma de liderazgo de Hitler consistió en promover una sistemática rotación de los altos mandos alemanes, como consecuencia de supuestos o reales fracasos. Lo peor no era que de esta manera se evitaba por completo la permanencia en los criterios del mando, sino que quienes los ejercían carecían de la sensación de estar apoyados por el dictador. El desastre de Stalingrado no tuvo otro efecto que el de fomentar la tendencia a la desconfianza por parte de Hitler con respecto a los generales.
Por su parte, Stalin confió cada vez más en los altos mandos militares, de acuerdo con un planteamiento totalmente contrario. La razón residió en que fueron ellos -y no la intromisión de los políticos, por ejemplo- los que le proporcionaron los mejores éxitos, aunque su dirección de las operaciones fuera menos eficiente que la del generalato alemán. En la propia batalla de Stalingrado no se pueden entender los éxitos soviéticos sin considerar adecuadamente la dirección ejercida por el mariscal Zhukov. Con el paso del tiempo, el propio Stalin dio a su dictadura política unos matices militares y fue denominado "generalísimo".
A mediados de noviembre de 1942, se inició la previsible ofensiva soviética sobre la línea del frente del Eje a orillas del río Don. En todo este ataque se aprecia un curioso cambio de posiciones de los dos contendientes. Por un lado, el Ejército alemán, que había sido hasta el momento capaz de hacer las maniobras más audaces de la guerra, actuó de una forma inesperada, olvidando esa capacidad, pues continuó dedicándose a avanzar en medio de las ruinas de Stalingrado. Incluso su arma más valiosa -los carros- fueron empleados de una manera netamente impropia, es decir, en pequeños grupos de una veintena y en medio de las calles. Por el contrario, los soviéticos emplearon la gran maniobra rompiendo el frente adversario precisamente allí donde éste era más débil. La ofensiva rusa tuvo lugar, en efecto, sobre las tropas rumanas, italianas y húngaras a las que les había correspondido una función de protección del flanco mientras que el Ejército alemán era quien ocupaba Stalingrado. Realizada mediante una potentísima preparación artillera e inaugurada con una sorpresa total, la ofensiva soviética culminó con un rotundo éxito. El desplome de este frente tuvo como consecuencia que 220.000 soldados alemanes quedaran aislados en Stalingrado.
Pero hubo todavía noticias peores en las semanas siguientes. Por un lado, la presión rusa no se limitó a cercar al atacante en Stalingrado, sino que se tradujo en una ofensiva general que, por ejemplo, permitió romper el cerco de Leningrado en el Norte. Lo más decisivo, sin embargo, se jugaba en el Sur. El audaz avance de los alemanes sobre el Cáucaso en los meses anteriores entró en crisis e hizo pensar en la posibilidad de que las puntas de ataque blindadas acabaran siendo cercadas. Tuvo, por tanto, que producirse una rápida retirada en dirección hacia Crimea que tuvo éxito, pero que en algún momento dio la sensación de concluir en un nuevo cerco. Prueba de la confianza que todavía sentía Hitler en sí mismo fue el hecho de que permitiera que una parte de su propio Ejército quedara encerrado en la península de Kuban, frente a Crimea, como si tuviera la posibilidad de iniciar la ofensiva al poco tiempo. Ya en enero de 1943, sin embargo, los rusos atacaron hasta en cuatro puntos distintos el frente enemigo, que quebró anulando toda esperanza de que fuera posible auxiliar al Ejército alemán encerrado en Stalingrado y dirigido por Von Paulus.
Éste había reclamado aprovisionamientos diarios por un total de 600 toneladas; se le prometió la mitad, pero esa cantidad no se entregó un solo día durante el asedio. Si en otras ocasiones había sido posible realizar operaciones de avituallamiento aéreo de envergadura, en este caso resultaba imposible no sólo por la magnitud sino por los crecientes problemas de la Aviación alemana para mantener la superioridad sobre el adversario. Además, había aparecido un fenómeno nuevo, nada desdeñable desde un punto de vista militar, como era la guerrilla rusa en retaguardia cuyas acciones más decisivas se produjeron en 1943 pero que ya en este momento había empezado a atraer recursos humanos y materiales de los alemanes, en gran medida por la propia brutalidad represiva del invasor y por la carencia de una política decidida que sumara las posibles discrepancias políticas con el régimen a la cruzada anticomunista del Tercer Reich.
Existió un ejército antisoviético dirigido por el general Vlassov que apoyó a los alemanes, pero hubiera sido mucho más lo que los atacantes hubieran podido hacer. De cualquier modo, Hitler obligó a Von Paulus a resistir a ultranza, sin tan siquiera permitirle una salida que enlazara con las fuerzas propias. Elevado a la categoría de mariscal, que parecía vedarle el pensar siquiera en la posibilidad de rendirse, Von Paulus era el prototipo del general obediente hasta el extremo a la voluntad de Hitler, pero carente por completo de carisma entre sus tropas. El 2 de febrero rindió lo que quedaba de su ejército, que había resistido cuanto pudo, sufriendo más de 100.000 muertes. De las decenas de miles de prisioneros que los soviéticos consiguieron en este momento, apenas 6.000 volvieron a Alemania una vez concluida la guerra. Tal como había temido Hitler, Von Paulus acabó haciendo propaganda antialemana desde la radio soviética.
Recuperado Stalingrado por el Ejército Rojo, podía esperarse que acabara derrumbándose el frente alemán pero no fue así, demostrándose con ello la calidad de este ejército, incluso en los momentos más difíciles. Manstein, un general al que se le atribuido la máxima capacidad durante la guerra en la maniobra con grandes masas blindadas, fue capaz de llevar a cabo una operación ofensiva durante los meses de febrero y marzo gracias a la cual los alemanes hicieron retroceder a los soviéticos de sus posiciones recientemente conquistadas y recuperaron Jarkov, la segunda ciudad de Ucrania. Esta batalla, fuera por la inexperiencia soviética o por la desesperación alemana, demostró a Stalin los peligros de confiar en exceso, incluso cuando las cosas parecían irle mejor contra los alemanes. De cualquier modo, el forcejeo entre los dos ejércitos había sido tan duro que entre marzo y junio de 1943 hubo un amplio paréntesis sin operaciones militares, que ambos aprovecharon para reconstruir sus respectivas fuerzas.
A estas alturas, sin embargo, resultó patente hasta qué punto Stalingrado influyó en ambos contendientes. En Alemania, las noticias de la derrota fueron acompañadas en poco tiempo por la decisión de llevar a cabo una movilización general, como no se había ni siquiera intentado hasta el momento. Rumania y Hungría, aliadas del Eje, pasaron de un convencimiento inicial de que la campaña duraría muy poco a una inseguridad radical acerca de su futuro y lanzaron mensajes exploratorios a los representantes diplomáticos norteamericanos. Por su parte, Italia y Japón, los dos más sólidos puntales del Eje al lado de Alemania, no ocultaron su deseo de que ésta abandonara la guerra con la URSS y se decidiera a enfrentarse tan sólo a los anglosajones.
Esta posibilidad tuvo oportunidades de ser acogida por el propio Stalin. La correosidad del adversario alemán, la desconfianza de Stalin respecto a las democracias y el hecho de que aparecieran las primeras discrepancias entre la URSS y los anglosajones hicieron posible este cambio de bando. El descubrimiento en Katyn (abril de 1943) de los restos de miles de oficiales polacos asesinados por los soviéticos se tradujo en el rompimiento de éstos con el Gobierno de aquella nación que residía exiliado en Londres; representaba al país que había sufrido en primer lugar la agresión nazi y no ocultó su opinión acerca de que los soviéticos eran los culpables de la matanza. Es muy posible que los principales responsables de la política exterior soviética y la alemana -Molotov y Ribbentrop- mantuvieran contactos personales en junio de 1943, pero las diferencias existentes eran lo suficientemente amplias como para que el acuerdo resultara imposible y, por ello, sólo las armas podían resolverlas.
En este momento, es necesario avanzar, desde el punto de vista cronológico, hasta julio de 1943, cuando tuvo lugar la última ofensiva alemana en el Este. A partir de ella, puesto que Alemania tenía dos tercios de sus tropas en este frente, se puede decir que se vio obligada a una actitud defensiva que tan sólo dilataba durante algún tiempo el momento de la derrota definitiva. A estas alturas, la superioridad cuantitativa de la URSS era ya manifiesta, hasta el punto de que casi duplicaba la producción alemana de tanques. Las tropas soviéticas habían mejorado su calidad y estaban dotadas de mayor movilidad, gracias a hallarse provistas de casi 200.000 camiones norteamericanos. El mando soviético había incluso ideado un estilo de combate propio, basado en una tremenda potencia de fuego, debida al empleo de la artillería y la aviación. Sus efectivos humanos -seis millones y medio de hombres- duplicaban los alemanes y posibilitaban una ofensiva generalizada en todos los frentes, que impedía al adversario utilizar sus reservas allí donde fueran más necesarias.
Esta situación todavía resultó más agravada por un error alemán en el momento y la elección del ataque. Un Hitler dubitativo, que empezaba a recriminarse a sí mismo las derrotas alemanas, retrasó la posible ofensiva hasta el mes de julio, acabó realizándola a pesar de que el adversario estaba alertado del lugar donde se llevaría a cabo y no se empleó a fondo en ella, cuando la situación todavía podía resolverse a su favor. En efecto, el saliente de Kursk, en el sector central del frente, era un lugar tan obvio para el ataque alemán que el mariscal Zhukov resolvió desgastarlo por medio de unas excepcionales defensas. Hasta ocho líneas defensivas fueron establecidas en torno a esta ciudad, en especial en sus flancos. Allí, los campos de minas tuvieron una densidad de hasta 3.000 artefactos por kilómetro cuadrado. Contra ellas se desgastaron los carros alemanes, en especial en la zona norte de la pinza, que apenas si pudo avanzar a pesar de los enormes recursos empleados (2.700 carros alemanes por los 4.000 soviéticos).
En un segundo momento de la batalla, se produjo el enfrentamiento de las mayores masas de blindados visto a lo largo de toda la guerra. Al Sur, Manstein avanzó más y todavía pensaba que podía vencer, pero Hitler ordenó detener el ataque, porque la situación de Italia a mediados de aquel julio de 1943 -caída de Mussolini- le obligaba a desplazar parte de sus ejércitos hacia ella. Kursk fue, pues, una derrota grave que logró lo que Stalingrado no había conseguido: el derrumbamiento generalizado del frente alemán.

Imágenes

Eisenhower con el mariscal del Aire Tedder Guderian, militar alemán General Mannerheim, militar y político finlandés