La derrota de Francia

Un anticarro hace fuego parapetado entre las ruinas de un edificio
Época: II Guerra Mundial
Inicio: Año 1939
Fin: Año 1945

Antecedente:
La guerra en Europa: 1939-40

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Comentario

En efecto, cuando tuvo lugar la ofensiva alemana sobre Francia ya las condiciones iniciales de la guerra se habían modificado en favor del atacante. El clima dominante en el Ejército francés había empeorado por la inactividad y no tenía, hasta el momento, ante los ojos otra cosa que el espectáculo de una sucesión de derrotas. El carácter equilibrado del balance de fuerzas hasta ahora existente se había modificado de manera notoria en contra de los franceses, no sólo porque la superioridad demográfica alemana permitió a este país movilizar más hombres sino porque, además, multiplicaron por dos el número de divisiones acorazadas.
Entre los países al margen de la contienda, la impresión de que Alemania iba obteniendo la victoria era también predominante. El inquieto Mussolini empezaba a pensar -y así lo dijo- en la posibilidad de que su país quedara convertido en una especie de Suiza multiplicada por diez, carente de cualquier papel en los foros internacionales.
Pero lo que verdaderamente supuso un giro cardinal en la guerra -e incluso en la Historia de la Humanidad- fue la derrota francesa, producto de la voluntad férrea de Hitler y de una serie de circunstancias fortuitas. Desde noviembre de 1939, el Führer había impuesto a sus generales una estrategia tendente a derrotar de forma rápida y expeditiva a Francia. Temía que, de no hacerlo, los aliados vieran modificarse de nuevo a su favor la situación y, sobre todo, tenía una enorme confianza en el procedimiento que le había dado la victoria hasta el momento. Según advirtió a sus generales, la aviación y los carros alemanes habían llegado a su "apogeo técnico" y eso le daba la garantía de poder derrotar a Francia en un plazo corto de tiempo.
Sus altos mandos, sin embargo, consideraban demasiado arriesgada la operación y este hecho, junto con el mal tiempo, explica que se dilatara su inicio hasta una treintena de veces. Eso, a su vez, tuvo una ventaja para Hitler y una enorme desventaja para Francia. En el transcurso de esos meses, el plan original que preveía un ataque por la zona menos ondulada de Bélgica fue sustituido -tras ser descubierto este plan por los servicios belgas- por una ofensiva en la zona de Las Ardenas (Plan Manstein), lo que, como veremos, fue decisivo para la victoria.
Por el momento, el descubrimiento de los iniciales planes alemanes confirmó a los franceses en lo que siempre había sido su idea respecto de la ofensiva adversaria. Ni siquiera fue una novedad para ellos que, a diferencia de lo sucedido en 1914, la ofensiva se produjera también en Holanda y no sólo en Bélgica. La nueva estrategia bélica de la Wehrmacht determinó un agravamiento en la situación de los aliados, que tuvieron que avanzar en Bélgica y Holanda en el preciso momento en que se producía el ataque alemán, porque, de hecho, fueron metiéndose progresivamente en una trampa sin salida. Lo peor para ellos fue, sin embargo, la incomprensión de la estrategia de la "Guerra relámpago".
Aunque De Gaulle hubiera confirmado con lo sucedido en Polonia el papel decisorio que podían tener carros y aviones, los altos mandos franceses estaban muy lejos de haber aprendido nada. Pétain, por ejemplo, seguía siendo partidario de una línea continua de defensa y fortificación. Caso de ofensiva con carros, serían detenidos por los campos minados y por la artillería destinada específicamente contra ellos, al mismo tiempo que se procedería a continuación a contraataques por los flancos. La aviación, según el héroe de Verdún, no podía jugar ningún papel en el desenlace de la batalla. Por si fuera poco, los aliados estuvieron muy desorganizados a lo largo de los días decisivos.
En marzo, Daladier había sido sustituido por Reynaud al frente del Gobierno francés pero, aunque el nuevo jefe del ejecutivo había demostrado interés por las nuevas estrategias, por el momento nada cambió. El mando superior francés estuvo en la práctica dividido entre los generales Gamelin, que tenía la suprema responsabilidad, y Georges, que la ejerció en el propio terreno de combate. Cuando las cosas empezaron a ir mal, Gamelin fue sustituido por Weygand y se incorporó al Gabinete a Pétain, hasta entonces embajador en Madrid. Pero entonces no sólo ya era tarde sino que estos nombres no significaban más que la perduración de viejas estrategias que ya estaban derrotadas. Por si fuera poco, hubo lentitud en el traspaso de poderes, desconexión entre aire y tierra y un exceso de optimismo, de modo que cuando se empezó a experimentar la derrota no se quisieron transmitir las peores impresiones, porque parecían excesivas.
En cuanto a los británicos, tan sólo unos días antes del comienzo de la ofensiva alemana habían cambiado su Gobierno, que ahora presidía Churchill. Su liderazgo resultaría decisivo para el mantenimiento de Gran Bretaña en la guerra, pero, de momento, se trataba de un personaje que había tenido un pasado errático y podía haberlo concluido por una planificación deficiente de la actuación de la Flota británica en Noruega. A todos estos factores, en fin, hay que sumar otro absolutamente decisivo. Pétain y en general todo el Ejército francés habían considerado Las Ardenas como "impenetrables", en especial para un ataque con carros, de modo que allí donde se produjo la concentración del ataque alemán era donde los franceses habían situado unidades más débiles y menos numerosas.
La batalla del río Meuse, que permitió a los alemanes tomar Sedán y desarticular todo el dispositivo adversario, se caracterizó por la brillantez y la rapidez en la ejecución, a cargo del general Guderian. Tras reducir a un tercio el tiempo que los adversarios pensaban que necesitaría para realizar la penetración, se volvió bruscamente hacia la costa, que alcanzó en apenas una semana. De esta manera, quedó establecido en una especie de franja de 250 kilómetros, con una anchura de apenas cuarenta, y todavía prolongaría más el frente cuando ascendió por la costa otro centenar de kilómetros hacia Dunkerque. La maniobra fue espectacular, pero también se entiende la mezcla de entusiasmo y angustia con que la acogió Hitler. En ese momento, una contraofensiva decidida por parte aliada podía haber puesto en peligro absoluto a las mejores tropas alemanas. La metáfora de Churchill parece acertada: la tortuga había hecho sobresalir su cabeza más allá del caparazón y con ello la había puesto en peligro. Hitler era consciente de ello. Por dos veces, a Guderian se le ordenó detener su ofensiva y el general alemán cumplió, aunque con renuencia, estas órdenes.
Pero los aliados, que hubieran debido reaccionar con decisión y rapidez, no lo hicieron en absoluto en el preciso momento en que debían (es decir, de forma inmediata) e incluso, si lo hubieran hecho, es posible que fuera ya demasiado tarde porque en el transcurso del ataque los alemanes habían reducido a la nada una veintena de divisiones adversarias de modo que ya tenían una superioridad manifiesta. La ofensiva aliada, de todos modos, ni siquiera se intentó con verdadera decisión y otros acontecimientos se cruzaron con esta difícil situación militar en el momento clave de la batalla.
La primera parte de ella estuvo centrada, desde el punto de vista francés, en el ataque alemán sobre Bélgica y Holanda. Lo que llamó la atención a este respecto fue el empleo de unidades paracaidistas, muy reducidas en número pero de alta eficacia. Las tropas aerotransportadas consiguieron, mediante operaciones por sorpresa, la destrucción de las mejores fortalezas defensivas belgas -Eben Emael- o la ocupación del puerto de Rotterdam. Obsesionados por estos hechos, los franceses no se dieron cuenta de que el principal esfuerzo ofensivo se dirigía hacia el Sur y la costa. Luego, cuando ya lo hubieron constatado, la capitulación del Ejército belga, el 18 de mayo, vino a agravar todavía más la situación.
Se llegó así al reembarco del ejército expedicionario británico en Dunkerque. De nuevo en este caso, Hitler tendió a moderar la velocidad de actuación de sus unidades, no porque quisiera dar una nueva oportunidad a Gran Bretaña para pactar su salida de la guerra, como sospecharon algunos generales, sino por temor a arriesgar en exceso a sus fuerzas blindadas. La misión de acabar con la bolsa en torno a la ciudad francesa le fue encomendada a la aviación, pero ya en este momento los alemanes empezaron a descubrir que en los británicos tenían unos serios contendientes en el espacio aéreo. En total, unos 375.000 hombres, dos tercios de los cuales eran británicos, atravesaron el Canal en sentido inverso al que habían hecho no hacía tanto tiempo. Habían perdido su equipo y, por tanto, no eran tan decisivos para el sostenimiento de Gran Bretaña pero, en ésta, la salvación de una parte del Ejército propio fue interpretada casi como un milagro.
Los franceses, por el contrario, interpretaron tanto el reembarque como la negativa británica a poner en juego la totalidad de su aviación en el continente como una traición. Cuando Churchill, como remedio supremo, propuso la unión entre los dos países, no logró ningún apoyo francés. Todavía Francia intentó mantener una línea de resistencia, pero muy pronto se desmoronó. Los propios alcaldes de pueblo se negaban a que en sus poblaciones se establecieran los puntos de resistencia. Partiendo de esa inicial idea de que su Ejército era el mejor del continente, los franceses acabaron por llegar a la conclusión de que su derrota suponía que Alemania era invencible. Desde la primera semana de junio, los mandos militares pidieron un armisticio que finalmente fue aplicado el 25 de este mes.
La culpa del desastre, según la interpretación generalizada entonces, residía en la política de la Tercera República. De ahí al colaboracionismo con el ocupante alemán solamente había un paso y muchos no tardaron en darlo. Quienes atendieron al llamamiento del general De Gaulle para proseguir el combate al lado de Gran Bretaña constituyeron, en el primer momento, una minoría muy reducida. El 3 de julio, la destrucción por parte de los británicos de la flota francesa para evitar su utilización por los alemanes pareció establecer un abismo entre los dos antiguos aliados.
La fase final de la batalla de Francia presenció la intervención de Italia en la guerra. Mussolini pensó en este momento que le bastaba tener un millar de muertos para conseguir sentarse en la mesa del vencedor y participar en el reparto del mundo. Su declaración de guerra tuvo, sin embargo, muy poco impacto en la evolución de los acontecimientos militares. La interpretación que hizo Roosevelt, de acuerdo con la cual el Duce habría sido incapaz de dejar de apuñalar por la espalda, parece correcta. Franco fue más cauteloso, pero también se ofreció para participar en el conflicto, porque tenía un apetito de expansión territorial semejante al del dictador italiano.
De todos los modos, para comprender que Mussolini lo hiciera es preciso tener muy en cuenta el brusco giro que había dado la Historia de Europa en aquellos días. Una potencia decisiva -la considerada más fuerte desde el punto de vista militar- había sido liquidada, junto a un centenar de divisiones propias, a las que era preciso sumar, aparte de las diez británicas, una treintena de belgas y holandesas, con tan sólo 40.000 muertos del adversario. Alemania dominaba el Continente y para derrotarla tenía que producirse un desembarco de quienes habían sido ya vencidos en el campo de batalla. También había fracasado la expectativa soviética de que todas las potencias se desgastaran en su lucha por la hegemonía. Todas las reivindicaciones contra el poder franco-británico, que mediatizó a Europa y a sus colonias durante tanto tiempo, parecían susceptibles de ser atendidas. La situación de Gran Bretaña era tan preocupante que no puede extrañar que sus responsables políticos decidieran enviar sus reservas de oro a Canadá, al otro lado del Atlántico.

Imágenes

Huída desordenada de la población francesa ante el avance alemán Charles De Gaulle, general y político francés Barricadas en París poco antes de la entrada de los aliados