El espejismo democrático

Raymond Poincaré, presidente de Francia
Época: I Guerra Mundial
Inicio: Año 1914
Fin: Año 1918

Antecedente:
Repercusiones de la guerra

(C) Emma Sanchez Montañés



Comentario

No faltaron desde luego quienes, desde el primer momento, vieron con enorme preocupación los acuerdos de París. Keynes, por ejemplo, que formó parte de la delegación británica, se mostró en desacuerdo con la imposición de reparaciones a Alemania y dimitió por ello, y en un libro resonante, Las consecuencias económicas de la paz (1919), anticipó su convicción de que el Tratado de Versalles sólo provocaría la inestabilidad financiera de toda Europa. Lawrence de Arabia se mostró profundamente decepcionado con los acuerdos sobre Oriente Medio y expresaría su desencanto en otro libro de gran éxito, Los siete pilares de la sabiduría (1926), la historia romantizada de la rebelión de los árabes contra Turquía.
Pero, por lo general, los acuerdos de París fueron recibidos como un gran triunfo de los valores democráticos y como el preludio de una nueva era de paz y prosperidad para el mundo. Y en efecto, en más de un sentido, la I Guerra Mundial significó el triunfo de la democracia. A esa interpretación contribuyeron hechos como los ya señalados: 1) la desaparición de los imperios autocráticos de los Romanov, los Habsburgo y los Hohenzollern, y del Imperio otomano; 2) la proclamación de repúblicas democráticas en Alemania, Austria, Checoslovaquia, Polonia, Turquía, Letonia, Estonia, Lituania y Finlandia (en estos dos últimos países, las fórmulas monárquicas impuestas por Alemania fueron sustituidas por gobiernos republicanos nacionales tras la derrota de aquélla); 3) la concesión del sufragio femenino en Gran Bretaña, Holanda, Suecia y Estados Unidos, y la introducción de fórmulas de representación proporcional en países como Francia e Italia; 4) la constitución de la Sociedad de Naciones sobre el principio una nación, un voto y sobre la base de deliberaciones parlamentarias de su Asamblea General, que debía reunirse al menos una vez al año, y voto mayoritario.
Y hubo además -no obstante la grave agitación laboral que, como vimos, vivió casi toda Europa- otros indicios favorables. En Gran Bretaña, el Partido Laborista vio reforzadas sus posiciones en las elecciones de 1922 (142 diputados, más de 4 millones de votos, 29,5 por 100 del voto) y 1923 (191 diputados, 30,5 por 100 del voto, a sólo 8 puntos de los conservadores y por delante de los liberales). Incluso formó gobierno, si bien minoritario y de breve duración, entre enero y noviembre de 1924, presidido por su líder, Ramsay MacDonald. En Italia, el Partido Socialista y el nuevo partido de los católicos, el Partido Popular, creado en 1919 por el sacerdote Luigi Sturzo, irrumpieron en las elecciones de 1919 y 1921 como las dos primeras fuerzas políticas del país. En Alemania, el nuevo régimen, la República de Weimar, adoptó el 31 de julio de 1919 una constitución modélicamente democrática que incluía la elección directa del Presidente, un sistema de representación proporcional que aseguraba la presencia de los partidos minoritarios y el sufragio universal masculino y femenino para mayores de 20 años. Los socialistas fueron el partido más votado en las seis elecciones que se celebraron entre 1919 y 1930.
Pero aquel triunfo de la democracia tuvo mucho de ilusorio. La guerra había destruido el optimismo y la fe en la idea de progreso y en la capacidad de la sociedad occidental para garantizar de forma ordenada la convivencia y la libertad civil. Una parte cada vez más numerosa de la opinión confiaría en adelante en soluciones políticas de naturaleza autoritaria. Así, por un lado, el nuevo régimen comunista ruso actuó como revulsivo de la conciencia revolucionaria, al tiempo que provocaba la reacción de alarma de las clases conservadoras del mundo occidental. El comunismo, en todo caso, visto no ya sólo como una forma igualitaria de organización de la sociedad sino como una nueva moral, ejerció en los años de la posguerra una fascinación innegable.
De otra parte, los acuerdos de paz provocaron una reacción ultranacionalista en los países o derrotados (Alemania) o decepcionados por los tratados (Italia), reacción asociada a los "ex-combatientes", un nuevo tipo social -integrado por decenas de millones de personas- definido, por lo general, por una mentalidad patriótica y militarista identificada con el recuerdo de la guerra, y por una abierta hostilidad a la democracia, a los partidos políticos y a la vida parlamentaria en tanto que instrumentos de división nacional. Cuando en Italia se supo en 1919 que el puerto de Fiume (Rijeka), ciudad con un 62,5 por 100 de población italiana, no sería reintegrado sino que quedaría como ciudad libre, un grupo de ex-combatientes al mando del escritor D'Annunzio ocupó (12 de septiembre) la ciudad. D'Annunzio administró Fiume durante 16 meses con una constitución altisonante e impracticable de carácter nacional-sindicalista, y creó allí los símbolos y rituales que luego adoptaría el fascismo (como la camisa negra y el saludo romano). El episodio, como propio de D'Annunzio, fue grotesco y delirante, pero reveló la fuerza colectiva que el nacionalismo exasperado había adquirido.
Pero además, el reconocimiento por los aliados del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades de los ex-imperios austro-húngaro y otomano reforzó en todas partes las aspiraciones de los movimientos nacionalistas e independentistas. Ya veremos más adelante cómo, por ejemplo, el orden colonial estalló a partir de 1919. En Gran Bretaña, ello produjo, además, el resurgimiento del nacionalismo irlandés. En las elecciones de diciembre de 1918, el partido independentista Sinn Fein logró 73 de los 107 escaños de Irlanda (frente a 6 de los nacionalistas moderados y 26 de los unionistas pro-ingleses del Ulster). Poco después, el 21 de enero de 1919, los parlamentarios electos del Sinn Fein se constituyeron en Dublín en Parlamento irlandés y proclamaron la independencia de Irlanda. Disueltos el parlamento irlandés y el Sinn Fein por las autoridades británicas y detenidos (o exiliados) sus principales dirigentes, dos de éstos, Michael Collins y Sean Mc Bride, reorganizaron en la clandestinidad el Ejército Republicano Irlandés (IRA).
El IRA desencadenó a partir de principios de 1920 una violentísima campaña de atentados terroristas contra objetivos ingleses, a la que la policía anglo-irlandesa y las fuerzas auxiliares reclutadas (entre ex-combatientes) para reforzarla -los llamados Blacks and Tans (Negros y marrones), por el color de sus uniformes- respondieron con una durísima política de represalias que incluyó atentados y asesinatos igualmente brutales.
Irlanda vivió dos años de virtual guerra abierta. El 21 de noviembre de 1920, el IRA asesinó en Dublín, a sangre fría, en sus casas, a once oficiales del Ejército inglés. Como venganza, los Blacks and Tans abrieron fuego contra el público que asistía a un encuentro de fútbol gaélico y mataron a doce personas. Poco después, incendiaron el ayuntamiento de la localidad de Cork, uno de los enclaves sinnfeinieristas. Sólo en 1920, el IRA dio muerte a 176 policías y a 54 militares ingleses y a otros 223 policías y 94 militares en los seis primeros meses de 1921. Entre enero de 1919 y julio de 1921, la organización irlandesa y sus simpatizantes sufrieron 752 bajas mortales. A la vista de la situación y de la creciente oposición de la opinión inglesa a la guerra y a los métodos de los auxiliares, el gobierno de Lloyd George aprobó en diciembre de 1920 una Ley del Gobierno de Irlanda que dividía la isla en dos regiones autónomas, el Ulster o Irlanda del Norte (seis condados) e Irlanda del Sur (26 condados), cada una con su propio Parlamento -el del Sur, copado literalmente por el Sinn Fein en las elecciones regionales que tuvieron lugar en mayo de 1921- y bajo la autoridad de un Consejo de Irlanda.
Luego, el gobierno fue atrayendo a los líderes irlandeses (De Valera, Griffith, Collins), primero hacia una tregua, que se acordó en julio de 1921, y posteriormente, a la firma de un acuerdo definitivo. La excepcional habilidad negociadora de Lloyd George logró el milagro. La delegación irlandesa, encabezada por Michael Collins, suscribió el 6 de diciembre de 1921 un tratado por el que Irlanda del Sur se convertía en el Estado Libre de Irlanda, con categoría de dominio, equiparable a Canadá, dentro de la Comunidad británica de Naciones. Irlanda del Norte, donde en las elecciones de mayo de 1921 se habían impuesto los unionistas bajo el liderazgo de James Craig, quedaba como región autónoma dentro de Gran Bretaña. El milagro tuvo, sin embargo, contrapartidas. El parlamento de Dublín aceptó el tratado, pero una parte del Sinn Fein, encabezada por De Valera, la rechazó. Collins, elegido primer ministro de la nueva Irlanda, fue asesinado en agosto de 1922. La ruptura fue inevitable: la guerra civil entre las dos facciones del Sinn Fein se prolongó hasta la primavera de 1923.
El nuevo orden internacional creado por la I Guerra Mundial se cargaba así de inestabilidad y conflictos. Las esperanzas que había suscitado la creación de la Sociedad de Naciones se desvanecieron, por otra parte, pronto. En efecto, el nuevo organismo, cuyo secretario general hasta 1933 fue el diplomático británico Eric Drummond (1876-1951), nació con grandes limitaciones. Tuvo desde el principio graves dificultades financieras. Ni la Rusia soviética (hasta 1934) ni la Alemania derrotada (hasta 1926) formaron parte de ella. Y lo que fue más clamoroso, tampoco lo hizo Estados Unidos: los planes del presidente Wilson fueron derrotados por el Senado norteamericano, dominado por los partidarios del tradicional "aislacionismo" del país.
Pero sobre todo, la Sociedad de Naciones carecía de autoridad para imponer sus decisiones. Estaba, primero, el hecho insalvable de la soberanía de los Estados miembros, y el principio de no ingerencia en asuntos internos de los países soberanos. Pero faltaban, además, los mecanismos legales y de fuerza para intervenir. En caso de agresión, los Estatutos de la Sociedad de Naciones recomendaban simplemente la ayuda al agredido, y sólo contemplaban frente al agresor unas hipotéticas "sanciones" (que podrían culminar en el "bloqueo"). Con todo, la Sociedad de Naciones intervino con éxito en ciertos conflictos: en la división de Silesia (1921) entre Polonia y Alemania; en el incidente de Corfú (1923) entre Grecia e Italia, cuando ésta ocupó la isla tras el asesinato de varios oficiales italianos en la ciudad griega de Janina; en la cuestión de Vilna, ciudad de población judio-polaca enclavada en Lituania, que en 1922 quedó incorporada a Polonia; en la inclusión (1925) de Mosul en Iraq y no en Turquía, y en otros. Pero la Sociedad de Naciones básicamente fue lo que Ortega y Gasset escribió en su epílogo para ingleses de La rebelión de las masas: "un gigantesco aparato jurídico para un derecho inexistente".
Además, las nuevas democracias del centro y este de Europa nacieron condicionadas por el peso de la amarguísima herencia de la guerra: gravísimos daños materiales, formidables desajustes económicos, fuerte endeudamiento exterior, inflación, inestabilidad monetaria, pago de reparaciones (en el caso de los países derrotados), sostenimiento de ex-combatientes, viudas y huérfanos, desempleo, problemas de tipo étnico, conflictos fronterizos. El legado de la guerra hipotecó decisivamente el futuro de la democracia en aquella región de Europa. Polonia se vio de inmediato -de abril a octubre de 1920- implicada en una durísima guerra con la Rusia soviética y en una agria disputa con Lituania en torno a Vilna. En Hungría ni siquiera hubo democracia: el almirante Horthy estableció entre 1920 y 1944 una dictadura personal, un régimen autoritario, antisemita y contrarrevolucionario, bajo la fórmula de una regencia de una monarquía que nunca restauró.
En el Reino de los serbios, croatas y eslovenos - el nombre de Yugoslavia no se adoptó oficialmente hasta octubre de 1929-, los conflictos étnico-nacionalistas debidos sobre todo a la oposición croata a la Constitución de 1921, estallaron pronto. En 1928, tras el asesinato en el propio Parlamento del dirigente croata Esteban Radich por un diputado radical serbio, los croatas proclamaron un Parlamento separado en Zagreb y declararon rotas las relaciones con Belgrado: el rey Alejandro I suspendió la Constitución y proclamó la dictadura. En Austria, los años 1919-21 fueron años de crisis y de decadencia, de desmoralización colectiva, de inflación y hambre. El gobierno del canciller cristiano-social Ignaz Seipel hubo de apelar a la Sociedad de Naciones para negociar la concesión de un crédito internacional que financiase la reconstrucción del país: la economía austriaca quedó bajo control de un delegado de la SDN desde octubre de 1922 a julio de 1926. La república, pues, quedó marcada por el fracaso económico y, con ello, por la agitación nacionalista pro-alemana, los choques entre nacionalistas y socialistas y las tensiones sociales. El 15 de julio de 1927, Viena, ciudad de predominio socialista, fue escenario de una huelga general como protesta por la absolución de tres nacionalistas acusados de haber dado muerte a dos socialistas: el Palacio de justicia fue incendiado por los huelguistas.

Imágenes

Luther y Stresemann durante la Conferencia de Locarno Orlando, Lloyd George, Clemenceau y Wilson reunidos en Versalles Bombardeo de Corfú por los italianos en 1923 Cartel alemán aludiendo al levantamiento comunista en Baviera