Patronazgo y demanda

Charles Cecil Roberts
Época: cultura XVIII
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789

Antecedente:
Arte y literatura en el XVIII

(C) Antonio Blanco Freijeiro



Comentario

Durante siglos la única fuente económica de los artistas era el patronazgo. Encontrar un mecenas dispuesto a gastar parte de su fortuna por amor al arte, o para legar a la posteridad su huella, resultaba imprescindible por estrictas razones de supervivencia en todos los casos, pero especialmente en el de los arquitectos, jardineros y músicos dado el elevado coste de sus actividades. Esto va a seguir siendo así durante la época que estudiamos, aunque ahora veremos nacer un nuevo medio de ganancias para ciertos artistas e intelectuales: el floreciente mercado que para sus obras genera la creciente demanda social de bienes culturales. Ahora bien, no siempre patrones y compradores fueron distintos. Tal distinción se va haciendo más clara conforme transcurren los años y, sobre todo, dentro de la Europa occidental, mientras en la oriental la identidad de aquéllos se mantiene dados los mayores niveles de analfabetismo, el escaso desarrollo de su burguesía y las diversidades étnicas, religiosas y lingüísticas que muestran.
De igual modo que ocurriese en el pasado el patronazgo estuvo fundamentalmente ejercido por: monarquías, nobleza e Iglesia. Las primeras pueden considerarse como los más importantes patronos individuales y sus acontecimientos, una de las principales fuentes de inspiración para los artistas. Pinturas y composiciones musicales enaltecieron sus victorias, mientras que el nacimiento del Louvre como museo público (1774) se debe al deseo del conde D`Angiviller de ensalzar el patriotismo nacional francés. La protección de los reyes a las artes fue algo tan general que alcanzó a los más pequeños Estados del Imperio e Italia; hasta quienes no estaban directamente interesados en ellas no podían por menos que recurrir a sus servicios cuando tenían fiestas, querían embellecer sus palacios o conmemorar acontecimientos importantes como las coronaciones, los matrimonios, los nacimientos, etc. En tales ocasiones la demanda experimentaba un notable crecimiento y diversificación.
Los ámbitos artísticos por excelencia del patrocinio de los monarcas van a ser la arquitectura y la música, por este orden. La construcción de edificios constituye uno de los signos externos más preciados de la importancia y magnificencia de las casas reinantes. Mas ya no va a ser sólo palacios lo que encarguen, aunque sigan siendo las edificaciones más señaladas por el gran número que se hace o remodela siguiendo la moda impuesta por Versalles y porque su realización abre las puertas a otros muchos artesanos: decoradores, tapiceros, broncistas, jardineros... Sufragarán, además, teatros u óperas públicas y harán frente a los costes que supone la mejora de los planes urbanísticos de las ciudades. En este terreno de nuevo el esquema versallesco de calles confluyendo en el edificio palaciego se impone, como sucede en Aranjuez. En cuanto a la música, hemos de decir que toda corte que se preciara no podía por menos que tener su propia orquesta y sus propios compositores. La inglesa, por ejemplo, contaba con 24 músicos y un maestro de música, además de contribuir con Jorge I al mantenimiento de la Real Academia de Música con 1.000 libras anuales; Haëndel fue maestro de capilla del elector de Hannover; Mozart ocupó, sucesivamente, los puestos de violinista en la orquesta de los príncipes-arzobispos (1772-1777), organista de la corte de Salzburgo (1779-1781), músico de la cámara imperial en Viena (1787), etc.
El patrocinio de los gobernantes se extendió también a los ámbitos de la ciencia y el conocimiento, ya analizados, y al teatro, espectáculo, junto a la ópera, de entretenimiento de las cortes. Algunos monarcas, además de impulsar la creación de nuevos locales donde representar las obras, llegaron a escribir sus propios textos -Catalina II-.
Siguiendo el ejemplo de los reyes, la nobleza quiso tener su corte con artistas, músicos y arquitectos. Invirtió mucho dinero en dotarse de palacios y casas similares a los reales y en sus proximidades, lo que trajo consigo el crecimiento de los suburbios de París y el Westminster londinense. También protegieron las artes decorativas; la pintura, donde trataron de determinar el sujeto y la composición; la jardinería, en la que impulsaron la nueva estética de la arquitectura de jardines, y el teatro. Su papel fue especialmente señalado en las zonas rurales, donde contribuyeron a extender modas y estilos.
En cuanto a la Iglesia, patrón y tema de arte a un tiempo, dirigió su protección a la arquitectura, la pintura, que ocupaba gran parte de la decoración de los edificios religiosos, y la música. Scarlatti, Telemann, Mozart, Bach, etc., compusieron o trabajaron para ella, los himnos y canciones para funciones eclesiásticas abundan en el repertorio del siglo y en Polonia dominó el panorama musical serio. Ahora bien, en ciertos casos su papel resultó ambivalente contrarrestando los efectos del mecenazgo con los de sus críticas morales. Tal ocurre con el teatro donde el drama religioso, representado en Cuaresma o la festividad del Corpus Christi, fue muy importante pero el riesgo de inmoralidad que se dice tenían las representaciones teatrales en general obliga a suspenderlas en Semana Santa, domingos y demás fiestas religiosas.
La ampliación de la demanda de bienes culturales y la aparición de ésta como segundo pilar económico de sus creadores se debe sobre todo a la acción de la burguesía y se refleja en dos hechos: aumento de las representaciones públicas y extensión de los mercados de las artes. Aquélla afecta al teatro, que sale fuera de las capitales y desde el que se empiezan a proponer los ideales burgueses que aparecen en las novelas, y a la música tanto vocal como instrumental. Para la primera se crean teatros especiales, como la Scala de Milán. Respecto a la ampliación de los mercados, afectará sobre todo al libro, al que ya nos hemos referido como propagador de las ideas ilustradas, y a la pintura, difundida mediante grabados, periódicos y obras impresas. Su centro de venta y producción había estado durante el siglo XVII en Holanda, pasando ahora a París, que domina en la primera mitad del Setecientos, y a Londres, ciudades donde también aparecen exhibiciones pictóricas públicas al aire libre -en plazas- o en centros oficiales, como las que tienen lugar en el Louvre desde 1737 auspiciada por la Real Academia de Pintura y Escultura francesa.

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