Diplomacia y relaciones internacionales

Carlos III y el embajador marroquí, de P.P. Montaña
Época: relac-inter
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789

Antecedente:
Relaciones internacionales
Siguientes:
El equilibrio de poder
Evolución del Derecho Internacional
La comunidad jurídica internacional
Organización y mecanismos diplomáticos

(C) Antonio Blanco Freijeiro



Comentario

El siglo XVIII vió profundos cambios en las relaciones de poder. En Occidente, las antiguas potencias coloniales de Portugal y España perdieron, definitivamente, su posición protagonista, al igual que Holanda. Francia mantuvo su primacía, pero ahora tenía un peligroso enemigo, Gran Bretaña, cuyo poderío había aumentado constantemente por las posesiones ultramarinas, las victorias bélicas y la superación de las diferencias y problemas interiores. Austria triplicó sus propiedades con las conquistas danubianas y la adquisición de las posesiones españolas, hasta reunir numerosos países en un estado conjunto por medio de una ley sucesoria válida para todos. Italia continuó como un territorio desunido donde reyes y poderes intervenían con argumentos jurídicos anacrónicos; por ejemplo, el emperador pretendía un dominio de tipo feudal sobre la zona, el Papa defendía idénticas intenciones, España esgrimía la soberanía directa y Toscana se preocupaba de su independencia. Al mismo tiempo, Venecia, tras la derrota con los turcos entre 1716-1718, pasó a un segundo plano, aunque en el Setecientos mantuvo su fama, autonomía y neutralidad por los hábiles medios de su experimentada diplomacia. Tan sólo Piamonte aspiró y consiguió superar las deficiencias seculares e introducirse en los foros internacionales como monarquía de segundo rango. El Imperio alemán estaba formado por una abigarrada mezcla de electorados, principados, obispados, ciudades, etc., que lo convirtieron, al igual que el territorio italiano, en el objetivo de los proyectos expansionistas de las grandes potencias. De cualquier forma, tres de sus electorados, Prusia, Sajonia y Baviera, participaron de manera muy activa, con diferente fortuna, en el entramado diplomático. En Oriente, las transformaciones resultaron más bruscas y trascendentes. El Imperio otomano perdió extensas zonas, fue continuamente atacado por Austria y Rusia, se consideró un peón muy importante en las negociaciones en defensa del equilibrio, sufrió proyectos de reparto y dejó de ser una amenaza para la Europa cristiana. El fortalecimiento interno de Rusia, a consecuencia de las reformas de Pedro I, conllevó una revolución en la distribución de fuerzas en la Europa oriental y septentrional: para acceder al Báltico, dominado por Suecia, se alió con Dinamarca y Polonia y provocó la Gran Guerra del Norte, que eliminó a los suecos del grupo de grandes potencias europeas; a su vez Polonia, debido a esta contienda y a la desunión interna, perdió esa categoría. Ambas fueron sustituidas por Rusia en ese espacio geopolítico y, así, se ampliaba el marco geográfico en el que se desarrollaban las relaciones internacionales, que abarcaba también los espacios coloniales, ahora involucrados en los problemas de rivalidad entre los Estados, y se corrigieron las fronteras europeas.
El período comprendido entre 1714 y 1740 podemos calificarlo de infructuoso e indeciso en el campo de la diplomacia. La precaria estabilidad condujo a cambiantes alianzas, originadas y concluidas por motivos insignificantes o dinásticos, de corta duración. Si a principios de siglo XVIII existía una separación de intereses entre las diferentes áreas geopolíticas europeas, que demostraban su falta de interrelación, por ejemplo, entre la Guerra de Sucesión española y la Guerra del Norte, muy pronto se desbordaron los marcos de los territorios directamente implicados para que todos los Estados pudieran intervenir legalmente, según la red diplomática adoptada, con independencia del lugar en el que aparecieran los conflictos, como fue el caso de la sucesión polaca. Con una línea más coherente y clara que otros soberanos, Isabel de Farnesio influyó en las relaciones internacionales del momento y logró la mayoría de sus objetivos, sin bien eran de poca importancia a escala europea. Por el contrario, las vacilaciones de Rusia, derivadas de las crisis gubernamentales, restaron protagonismo y trascendencia a sus actuaciones y debió unirse a la naciente potencia prusiana. El emperador, excluido de las filas de los países marítimos, estuvo siempre mediatizado por los problemas sucesorios de los Habsburgo. Finalmente, cabe destacar el oportunismo de los gobernantes menores italianos y alemanes. El estallido de la guerra general sólo se había evitado por el entendimiento entre Francia y Gran Bretaña.
Algunos Estados alemanes aumentaron sus dominios tanto en el espacio germánico como fuera del Imperio. Bastantes príncipes vincularon, por medio de uniones personales, sus posesiones a países extranjeros: fueron los casos del elector de Sajonia, Augusto II, convertido en rey de Polonia en 1697, y del elector de Hannover, Jorge I, elevado al trono de Inglaterra en 1714; lo mismo sucedió en el Norte con la unión política de Holstein, Schleswig y Dinamarca o con el llamamiento de la familia ducal de Holstein al trono ruso, en 1762, en la figura de Pedro III. Sin embargo, el ascenso de Prusia se consideró el fenómeno más relevante dentro y fuera del Imperio. Estaba integrada por el principado-electorado de Brandeburgo, bajo la tutela imperial, y Prusia, sometida al señorío feudal del rey polaco, como entidades administrativas separadas y con diferentes capitales. A mediados del siglo XVII, Federico Guillermo obtuvo de Suecia y Polonia la plena soberanía sobre Prusia y estableció una administración central en Berlín para éstos y otros territorios, por ejemplo, Magdeburgo o Minden. Su sucesor, Federico I, logró ser coronado y tomó el título de rey de Prusia, quedando fuera de la autoridad del emperador. Rechazado por algunas potencias, desplegó durante años una ofensiva diplomática con el fin de obtener el reconocimiento, ya evidente con Federico Guillermo I, que acometió la reorganización administrativa y económica y consiguió el desarrollo financiero y militar, bases de la fuerza de Federico II en sus luchas contra Austria y sus aliados: Este monarca abrió una crisis general casi permanente con sus aspiraciones expansionistas y, en especial, con la toma y defensa de Silesia frente a los Habsburgo, lo que provocó coaliciones y continuas guerras. Después de 1745, el austriaco Kaunitz obtuvo por medio de negociaciones la formación de una gran coalición antiprusiana, con el concurso de Francia, ahora rota su tradición de alianzas contra Viena; no obstante, en el Tratado de Hubertsburgo de 1763 reafirmó sus reivindicaciones sobre Silesia. Por su parte, el Tratado de París, ese mismo año, ponía paz entre los países occidentales, sobre todo a las discrepancias franco-británicas en los mares.
En Oriente, el Tratado de Kainardji, de 1774, confirmaba la decadencia otomana y el poder de Rusia con los derechos adquiridos sobre Moldavia, Valaquia y Crimea. Turquía, indefensa, debió su subsistencia política a la rivalidad de las grandes potencias vecinas, Rusia y Austria, aunque hubo proyectos de partición. En cuanto a Polonia, la agitación interior dio la excusa a las otras monarquías para la intervención y, con tales argumentos, se procedió al primer reparto, en 1772, por iniciativa prusiana y con el respaldo austriaco. Dado que se trataba de un puro acto de fuerza, repercutió en los fundamentos de las relaciones internacionales vigentes, pero no paralizó planes semejantes de Prusia y Rusia.

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