Cambios con respecto al periodo republicano

Federica Montseny en un mitin en la Plaza Monumental de Barcelona
Época:
Inicio: Año 1 A. C.
Fin: Año 1 D.C.

Antecedente:
La educación de las mujeres españolas durante el primer Franquismo (1939-1959)

(C) Mercedes Alonso de Diego



Comentario

Durante la República se había luchado por extender la alfabetización de la población, se había implantado la coeducación y se habían aplicado nuevas pedagogías impulsadas por la Institución Libre de Enseñanza. Se había producido una reforma del sistema educativo, integrando las tendencias innovadoras de los hombres de la ILE, los principios pedagógicos impulsados por el liberalismo español y en estrecha relación con la concepción educativa del socialismo. Habían ascendido nuevos guías intelectuales laicos que fomentaron la existencia de ámbitos de sociabilidad laicista y facilitaron la movilización social en contra de lo religioso. Esta política secularizadora republicana se había venido gestando desde Giner de los Ríos hasta Azaña, pasando por el Sexenio Revolucionario y aprovechando su impulso para desarrollar todas las iniciativas educativas laicas de los nuevos grupos surgidos e ideales políticos liberales y de izquierdas.

La reforma se consolidó con la presencia de Fernando de los Ríos como Ministro de Instrucción Pública, que fiel a su formación y a sus ideas socialistas demandó la socialización de la enseñanza. Su tesis integraba la escuela única o unificada, la relación íntima entre la enseñaza superior y la vida social, el valor profesional de la enseñanza y la preocupación por la enseñanza de adultos.

Entre las medidas tomadas para la puesta en práctica de la citada reforma destacaron la organización y promoción de la escuela primaria, la política de construcciones escolares, la distribución e instalación correcta de centros de segunda enseñanza -una vez cerrados los de la Iglesia-, la reforma del bachillerato, el carácter activo y creador de la educación, el concepto de educación pública como sistema unitario que se desenvolvía en tres grados y la constitución del profesorado como cuerpo único.

La Constitución de 1931, en su artículo 3, refrendó la exclusión de la Iglesia, legislando la no confesionalidad del Estado, lo que provocó graves tensiones en el sector católico. En el artículo 26 se prohibía a las órdenes religiosas ejercer la enseñanza, se expulsaba a la Compañía de Jesús, y en el 48 se establecía la enseñanza laica. Esta situación se agravó con la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas de 1933, que prohibía enseñar a los religiosos. La citada determinación no pudo llevarse a cabo porque el gobierno fue incapaz de asumir las necesidades educativas del país, aunque intentó obtener en arriendo los colegios religiosos para establecer en ellos una formación laica.

Con el triunfo de las derechas a finales de 1933, estos cambios se suspendieron. Y en este dilema de cambios, según el signo político del gobierno, se produjo la victoria del Frente Popular en 1936, que de nuevo incluyó en su programa educativo el programa educativo de la República (B. Martín Fraile 2008: Foro de Educación 10, 111-113).

La escuela se iba a convertir en "el arma ideológica de la revolución española", en frase del entonces primer Director General de Primera Enseñanza, Rodolfo Llopis. De esta manera se demostraba una vez más que la escuela es algo más que la simple instrucción de contenidos, que existe un currículo oculto que transmite formas de ser en la vida, posturas religiosas, sociales y actitudes intelectuales.

La radicalización de ideologías y posiciones políticas en este período, en el que ocupó un papel importante el modelo educativo, condujo al enfrentamiento de todo el país. Todos los intentos anteriores quedaron truncados con el levantamiento militar de Franco y la posterior Guerra Civil que llevó a la división de España en dos zonas con concepciones muy distintas desde el punto de vista educativo.

En esta nueva etapa de enfrentamiento, como queda claramente de manifiesto en los siguientes párrafos, todas las mujeres de ambos bandos se sintieron llamadas a hacer algo por los suyos, bien en el frente, bien en la retaguardia al lado de los hombres, al tiempo que las autoridades de ambos gobiernos -republicano y sublevado-, prohibieron su presencia en los frentes. Por un lado, en el lado sublevado, "la única mujer falangista que en esos primeros meses de guerra pudo hacer algo fue María Paz Unciti (Anexo V). Esta joven, ayudada de varias camaradas más, consiguió poner en marcha el Auxilio Azul, cuya misión prioritaria consistía en buscar refugio a los camaradas perseguidos. En el período de persecuciones previo al estallido de la Guerra Civil, la Sección Femenina ya se había ocupado de la suerte de los encarcelados[...] La vida de los hombres peligraba, pero también la de las mujeres. Una de las primeras ejecutadas fue precisamente María Paz Unciti. [...]

En el bando republicano las mujeres tampoco se quedaron paradas una vez iniciada la guerra. Las necesidades generadas las convirtieron en parte activa de la lucha contra el bando opuesto. Las diversas organizaciones apelaban a su implicación en la defensa de la patria, siempre que respetasen la tradicional subordinación al hombre. Los eslóganes inscritos en los numerosos carteles editados por todo el territorio republicano recordaban que el lugar de la mujer era la retaguardia: "¡Mujer!, tu trabajo y tu colaboración en el sindicato serán decisivos mientras nuestros hombres lucha". No obstante, el esfuerzo bélico llegó a demandarlas más adelante en ocupaciones hasta entonces varoniles: "¡Mujer! Exige un puesto en la producción que es hoy tu frente de lucha". En la mayoría de los casos, el cartelismo aludía al sentimiento protector de la maternidad, presente también en el heroísmo de resonancias telúricas que simbolizaban figuras poderosas como la Pasionaria, Federica Montseny, etc.



Fuera de estas individualidades, ciertamente emblemáticas, la mayoría de las luchadoras de la España republicana fueron anónimas "obreras del hogar", que la propaganda había consignado como heroínas de la retaguardia. Hubo también miles de mujeres que se implicaron en la lucha contra los nacionales encuadradas en alguna de las heterogéneas organizaciones femeninas existentes, que respondían a intereses partidistas, muchas veces enfrentados. Sin ir más lejos, el movimiento feminista de impronta anarquista Mujeres Libres englobó a unas veinte mil, resueltas a obtener su total liberación, tanto por razones de sexo como por su condición de miembros del proletariado. Aunque más sensible con los problemas de la mujer, tampoco el anarquismo superó la mentalidad sexista, pese a la enorme implantación que tuvo la citada organización libertaria. Si en la retaguardia las mujeres desempeñaron un papel destacado a lo largo de la guerra, las pocas que llevadas por su antifascismo decidieron luchar en el frente, nada pudieron hacer al encontrarse con las contundentes objeciones de sus compañeros, instalados en la inercia histórica de considerar la lucha cosa de hombres. Este rechazo se oficializó con un decreto firmado por Largo Caballero a finales de otoño de 1936, que obligaba a las milicianas a abandonar lo antes posible los frentes.

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