El Humanismo europeo

Imagen del Manuscrito del Maestro de las Horas del mariscal Boucicaut
Época: Pontificado y cultur
Inicio: Año 1350
Fin: Año 1500

Antecedente:
Cultura y espiritualidad

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Comentario

Partiendo de Italia, el Humanismo se difunde por todos los países de Europa, impulsado por los contactos diplomáticos y económicos, aunque con diferencias cronológicas de alguna importancia y superando, a veces, importantes resistencias.
El Humanismo alemán presenta notables diferencias con el italiano, en particular por su vinculación con las universidades y por su interés por la escritura y por los padres; esta penetrado de un fuerte sentimiento antipontificio y también de ideas ockhamistas que tendrán decisiva influencia en la difusión del luteranismo.
Estrasburgo fue el primer centro humanista en el Imperio; sus figuras más destacadas fueron Sebastián Brandt y Jacobo Wimpfeling, preocupados por el estudio de los clásicos y por el hallazgo de sistemas pedagógicos. En Nuremberg se asociarán las preocupaciones esenciales del Humanismo con el cultivo de las ciencias, en particular las matemáticas, física y astronomía; sus figuras principales fueron Martín Behaim, Conrado Peutinger y Willibaldo Pirkheimer.
El grupo de humanistas de Heidelberg ofrece una postura de mayor ruptura con el pasado, hasta el punto de que alguno de sus miembros se unirá finalmente al luteranismo. El más importante humanista de este centro, primera figura del Humanismo alemán, es Juan Reuchlin, antiaristotélico, muy influido por el Humanismo florentino, en particular por Marsilio Ficino y Pico della Mirandola, con quienes convivió un tiempo en Florencia. De este último aprendió la utilización de los métodos cabalísticos, que él expone en "De verbo mirifico"; le llevaría a enfrentarse a una serie de teólogos alemanes acerca de la conservación de los textos hebreos, cuyo análisis defiende en "Rudimenta hebraica" y en "Lexicon hebraicum".
La universidad de Lovaina fue, en los Países Bajos, el principal centro humanístico; grandes figuras de este Humanismo fueron Rodolfo Husman, llamado Agrícola, investigador filológico, en la línea de Valla, con intención de hallar en los escritores clásicos argumentos al servicio de la fe cristiana. Continuadores suyos fueron Rodolfo Langen y Alejandro Heek, maestro de Erasmo.
Erasmo de Rotterdam es la máxima figura del Humanismo de la Europa del norte; sus estudios filológicos, su exégesis del Nuevo Testamento, su crítica a las falsas devociones, a ciertas desviaciones en las prácticas, las indulgencias, por ejemplo, ofrecen la visión de la reforma que Erasmo pretendía: la reforma de las costumbres será sólo una consecuencia del cambio de actitud que él propugnaba. Su posición es siempre rigurosamente ortodoxa, aunque su criticismo estricto y el silencio, a veces irritante, frente a la heterodoxia luterana, de la que sin embargo se distancia netamente -su "De libero arbitrio" es prueba irrefutable- le hicieron sospechoso e indujeron a la proscripción de su obra.
Sus contactos con Cisneros, y su amistad con Carlos I y con Luis Vives, fueron vehículos importantes de su influencia en el Humanismo español, donde Erasmo contó con numerosos defensores; la violenta ruptura luterana y el rigorismo contrarreformista incrementarán la desconfianza hacia el erasmismo, yugulando las interesantes vías reformadoras que, dentro de la ortodoxia, ofrecía el proyecto de Erasmo.
Algo más tardío y haciendo frente a las fuertes tradiciones de sus universidades, llega el Humanismo a Francia e Inglaterra. Conserva el Humanismo francés, durante mucho tiempo, la influencia de Petrarca, caso de Guillermo Fichet, por ejemplo; junto a esa influencia es patente la de Erasmo, en particular en Jacques Lefevre d'Etaples, la gran figura del Humanismo francés, a quien generaciones posteriores reconocen como indiscutido maestro, por ejemplo Etienne Dolet y François Rabelais; es el traductor de la "Biblia" al francés.
El Humanismo ingles es fundamentalmente cristiano, muy vinculado a la tradición medieval, alejado de las tendencias paganizantes, y preocupado, sobre todo, por la fidelidad de los textos de la Sagrada Escritura, más que de la obra de los autores griegos y romanos. Oxford y Cambridge son los principales centros, y sus principales figuras John Colet, maestro en Oxford, que conoció a Ficino durante su estancia en Italia; san Juan Fisher, rector de Cambridge y firme refutador de las tesis de Lutero; y santo Tomás Moro, amigo personal de Erasmo. Ambos fueron víctimas de la autocracia de Enrique VIII, a cuyos proyectos se opusieron.
También es tardío el Humanismo en Portugal, esencialmente del siglo XVI, aunque ya en el siglo XV se aprecian algunas novedades, como las influencias de Petrarca en el "Cancioneiro geral", por lo demás muy medieval. Huellas del Humanismo, también, en la prosa didáctica del libro del "Leal Conselheiro", del rey don Duarte, y en el "Tractado da Virtuosa Benfeyturia" del infante don Pedro, cuyas fuentes de inspiración son, en gran parte, autores de la Antigüedad clásica.
Portugués es también el judío León Hebrero, aunque debe ser adscrito al Humanismo italiano de la Corte napolitana. Los descubrimientos portugueses, y los avances técnicos que los posibilitan, influyen en la orientación del Humanismo portugués. La figura más representativa de este Humanismo, probablemente, es Damián de Gois, amigo personal de los más importantes humanistas, como Erasmo y Luis Vives. El Humanismo portugués mantiene una amplia relación con toda Europa, pero sus figuras pertenecen totalmente al siglo XVI, más allá de los límites de nuestro ámbito.
En las Monarquías de España no se produjo una ruptura brusca con el pasado medieval, sino una lenta introducción de nuevas formas de pensamiento, de nuevas concepciones artísticas y de nuevas formas de creación literaria; un largo proceso en el que conviven autores y visiones medievales con modelos humanistas.
La difusión del Humanismo tiene como vehículo de decisiva importancia la internacionalización que significa la entronización de los Trastámara en los tronos peninsulares, la intensa participación en los problemas de la Europa del momento, y los contactos con Italia, siempre intensos, pero especialmente decisivos en época de Alfonso V.
Los primeros contactos con las corrientes humanísticas son incluso anteriores; las tensiones políticas del reinado de Pedro I producen el exilio de importantes clérigos castellanos que desempeñarán importantes puestos en Aviñón, sirviendo de nexo de unión con el pensamiento humanista. Es de destacar la figura del cardenal Gil de Albornoz y de su colegio de San Clemente en Bolonia.
La presencia aragonesa en Sicilia, desde finales del siglo XIII, será un temprano vínculo de comunicación al que es preciso añadir las conquistas en el oriente mediterráneo. La presencia de los maestres de Rodas, frecuentemente catalanes, tendrá una gran importancia a lo largo del siglo XIV; la traducción de obras griegas dará al Humanismo aragonés una fuerte impronta helenista.
En el desarrollo del Humanismo hispano es posible establecer tres etapas, esencialmente coincidentes en las Coronas de Aragón y Castilla, siempre teniendo en cuenta la convivencia de ideas y autores más medievales con otros humanistas. Una primera etapa, finales del siglo XIV y dos primeras décadas del siglo XV, con fuerte impronta medieval; la segunda etapa, hasta mediados de este siglo, se define por un gran desarrollo de la poesía. La tercera fase, correspondiente a la segunda mitad del siglo XV, da paso a la crítica social y política, y a la consolidación de un espíritu caballeresco, transido de un cierta nostalgia del pasado.
El primer Humanismo, a pesar de su fuerte didactismo moralizante, contiene factores nuevos: esencialmente orientado al hombre como fin en sí mismo, desmitificador, preocupado por la precisión en los análisis históricos. Personaje importante en este primer Humanismo castellano es Pedro López de Ayala; diplomático, hombre de armas e historiador, destaca por la concepción del hombre como protagonista de los acontecimientos cuyo devenir se halla en condiciones de modificar.
Contemporáneo suyo, en la Corona de Aragón, Francisco Eiximenis, comparte la visión humanista de Ayala, con propuestas moralizantes. En sus obras, "El cristiano" y "El libro de las mujeres", con fuerte carga moralizante, se plantea temas como la bondad femenina o la idea de la muerte unida a la inquietante brevedad de la vida desde puntos de vista muy innovadores. Muchos de sus puntos de vista fueron incorporados a su ardorosa predicación por su contemporáneo san Vicente Ferrer.
Más innovador es Bernat Metge, cuyo conocimiento de los clásicos se trasluce en la cuidada cancillería aragonesa de Pedro IV y Juan I, a cuyo servicio estuvo. En su obra "El sueño" se plantea los temas propios de las nuevas preocupaciones, como la inmortalidad del alma, el destino de ultratumba, la actitud ante la vida, y la crítica a las mujeres.
En la poesía se mantiene fuerte la influencia provenzal y gallega, "Cançoneret de Ripoll" y "Cancionero de Baena", aunque se va imponiendo la corriente italianizante tanto en la forma como en la temática.
Precedente e introductor de la segunda etapa fue Enrique de Villena, moralizante, como hombre medieval, escéptico y de curiosidad universal, como un humanista. Máximos exponentes en la lírica son Ausias March, Iñigo López de Mendoza y Juan de Mena. Ausias March se distancia de la lírica provenzal y crea una lírica en lengua catalana.
Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, prototipo de cortesano de su época, buen conocedor de los clásicos, impulsó la traducción de numerosas de sus obras y reunió una importante biblioteca. Su obra literaria acoge manifestaciones de la cultura popular, "Serranillas"; obra histórica, "Comedieta de Ponza", y obra política y satírica, "Doctrinal de Privados", precedente de la literatura satírica que florece en la etapa siguiente.
En la tercera etapa se desarrolla la novela, en la que se conjugan historia y leyenda; ejemplares más acabados de la novela de esta época son "Curial y Guelfa" y "Tirant lo Blanch", en las que se combinan el fondo histórico y las acciones fantásticas, a las que la segunda de ellas añade el realismo y la ironía. En la Corona de Castilla la novela sigue todavía apegada a la temática del amor cortés de origen provenzal.
Nostalgia, en las "Coplas a la muerte de mi padre", de Jorge Manrique; pesimismo, en particular la preocupación por la muerte, patente en las populares "Danzas de muerte"; reacción moralizante, en las numerosas y difundidas "Ars moriendi"; sátira, en las "Coplas de Ay Panadera" y de "Mingo Revulgo"; y misoginia, desde la moderada del "Corbacho" a la cruda crítica contra las mujeres de las "Coplas del Provincial" o, sobre todo, del "Maldezir de mujeres", de Pedro Torrellas, son características de las obras de esta última etapa.

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