Discípulo de su propio padre, según la usanza del arte de la época, fue a su vez el maestro de dos grandes genios:
Giorgione y
Tiziano. Giovanni fue apodado el Giambellino, en referencia a la belleza y sensibilidad con la que trabajaba sus pinturas. Actuó frecuentemente con su hermano
Gentile, también magnífico pintor; ambos forman parte de la Escuela renacentista
veneciana, en la cual tomó una importante parte la ola de renovación espiritual que trataba de contrarrestar el supuesto paganismo del
Renacimiento. Es por esta razón que Giovanni se decantó con frecuencia por la temática religiosa en vez de la mitología clásica. Junto a Gentile, trabajó en la decoración al
fresco de las Scuolas venecianas. Pero además de su hermano y de su padre, Jacopo, recibió otras influencias. La más crucial vino por parte de su cuñado, que era nada menos que
Mantegna. De él aprendió el dominio del dibujo y la rotundidad del volumen, aunque en cualquier caso el Giambellino hacía honor a su apodo, realizando pinturas de mayor lirismo que las de su cuñado. También
Antonello da Messina, que estuvo en Venecia, le proporcionó modelos de referencia que él aprovechó con grandes resultados: la técnica del
óleo, la linealidad de raíz
flamenca frente al colorismo veneciano, nuevas iconografías que renovaron su repertorio... Su influencia fue trascendental no sólo sobre sus discípulos directos, sino sobre toda una generación de pintores nacidos o afincados en Venecia, influencia que se rastrea en el propio
Durero, que le conoció cuando Bellini era ya muy viejo, pero "aún el mejor pintor", en palabras del alemán.