Uno de sus modelos favoritos en sus últimos años será el jardinero Vallier, sentado en la terraza de Les Lauves. Cézanne emplea la característica pose que identifica a buena parte de sus retratos: la figura sentada en primer plano, girada hacia la derecha, con las manos entrelazadas. El rostro inexpresivo de algunos retratos como el de su hijo
Paul o
madame Cézanne deja paso a imágenes algo más cargadas de expresividad como se aprecia en el retrato de
Vollard o los del
jardinero.
Las tonalidades oscuras se adueñan de la composición, aplicado el color de manera contundente, renunciando a los toques cortos identificativos de su etapa
impresionista. Con estos trabajos, Cézanne se adelanta a la vanguardia que tanto se interesará por su obra, especialmente
Picasso y
Matisse.