Muy similar al
San Pablo, Velázquez nos muestra a un hombre más joven que aquel, visto de perfil y envuelto en un manto amarillo. La figura aparece en primer plano, recortándose sobre un fondo neutro e iluminada por un potente foco de luz que deja en total oscuridad el fondo. Las excelentes manos del santo sujetan un libro y una lanza con gran vigor y fuerza.Sin duda, el realismo imperante en la obra es lo más atrayente, sintiendo el espectador que se encuentra ante un ser de carne y hueso, alejado totalmente de los idealismos que tanto éxito obtendrán 40 años después con
Murillo. Esto hace pensar que se trataría de un familiar o alguien cercano al artista. La marca de
Caravaggio está presente en toda esta etapa, lo mismo que ocurre en la pintura de
Zurbarán. Las luces, los colores, el naturalismo ... todo está inspirado en el
Tenebrismo que tanto éxito estaba cosechando en Roma y Nápoles.La similitud temática y de medidas con el San Pablo hacen pensar que estariamos ante dos imágenes que formaban un Apostolado.