Ésta es una excelente muestra de la etapa juvenil de Velázquez, influida profundamente por
Caravaggio. El sevillano pone de manifiesto su dominio del retrato al dar la imagen de un hombre de carne y hueso, captado directamente del natural y envuelto en una amplísima túnica en la que destacan los pliegues casi escultóricos. La figura del santo está sentada sobre un escalón que se confunde con el fondo, zona donde se ven las limitaciones de Velázquez al esconder hábilmente las piernas y ocultarlas bajo los pliegues. El colorido terroso es un rasgo común de estos años sevillanos al igual que la iluminación, heredados ambos del
Tenebrismo. Posiblemente fuese compañero de
Santo Tomás, lo que hace pensar que se trataría de los restos de un Apostolado, muy frecuente en el
Barroco español. Buena muestra son los que se pueden apreciar en el
Museo del Prado, de
Rubens,
Ribera o
El Greco.