Los mejores retratos de Gutiérrez de la Vega están pintados entre 1845-55, empleando un estilo firme y homogéneo, mostrando a los personajes con gran vida interior, retrato con mucha pasta de color y gratas tonalidades en los que no renuncia a la fuerza expresiva y la rapidez de factura, tomando como referencia a
Reynolds o
Van Dyck.