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VERSIÓN DE LOS ANALES DE CUAUHTITLÁN Año 1-Caña. En él, según se dice, se refiere, nació Quetzalcóatl, el que fue llamado nuestro príncipe, el sacerdote 1-Caña Quetzalcóatl. Y se dice que su madre fue la llamada Chimalman. Y así se refiere, cómo se colocó Quetzalcóatl en el seno de su madre: ésta se tragó una piedra preciosa. Vienen los años 2-Pedernal, 3-Casa, 4-Conejo, 5-Caña, 6-Pedernal, 7-Casa, 8-Conejo. En el año 9-Caña buscó a su padre Quetzalcóatl, cuando ya tenía un poco de discernimiento, tenía ya nueve años. Dijo: ¿cómo era mi padre?, ¿acaso puedo verlo?, ¿acaso puedo mirar su rostro? En seguida le fue dicho: En verdad se murió, allá fue enterrado, ¡ven a verlo! Luego fue allá Quetzalcóatl, en seguida escarbó y escarbó, buscó sus huesos. Y cuando hubo sacado sus huesos, allá los fue a enterrar en el interior de su templo, en el que se nombra de la diosa Quillaztli... En el año 2-Conejo vino a llegar Quetzalcóatl allá a Tollantzinco, donde estuvo cuatro años, hizo allí su casa de ayunos, su casa de travesaños verdes... Años 3-Caña, 4-Pedernal, 5-Casa. En este año fueron a traer los toltecas a Quetzalcóatl para que fuera a gobernarlos, allá en Tula y fuera también su sacerdote. En el año 2-Caña hizo en Tula su casa de ayunos, su casa de penitencia, el lugar donde una y otra vez hacía súplicas. Nuestro príncipe 1-Caña Quetzalcóatl edificó sus cuatro palacios, su casa de travesaños verdes, su casa de coral, su casa de caracoles, su casa preciosa de quetzal.

Allí una y otra vez hizo súplicas, hacía merecimiento, allí vivía en abstinencia. Y justamente a la mitad de la noche, bajaba al agua, allí donde se nombra palacio del agua, en Amochco. Allí colocaba sus espinas de penitencia, en lo alto del monte Xicócoc y en el lugar mismo de las espinas en Huitzco, también en Tzíntoc y en el Nonohualtépec, en el monte de los nonohualcas. Y sus espinas las hacía de jades, plumas de quetzal eran sus ramas de abeto, también hacía ofrenda de fuego con turquesas genuinas, jades, corales. También eran ofrendas suyas serpientes, aves, mariposas que él sacrificaba. Y se refiere, se dice, que Quetzalcóatl invocaba, hacía dios para sí, a alguien que está en el interior del cielo. Invocaba a la del faldellín de estrellas, al que hace lucir las cosas; Señora de nuestra carne, Señor de nuestra carne; la que da apoyo a la tierra, el que la cubre de algodón. Hacia allá dirigía su voz, así se sabía, al Lugar de la Dualidad, el de los nueve travesaños con que consiste el cielo. Y como lo sabían los que allá vivían, hacía una y otra vez invocaciones, vivía en meditación y retiro. Y en su tiempo, descubrió él además muy grandes riquezas, jades, turquesas genuinas, el metal precioso, amarillo y blanco, el coral y los caracoles, las plumas de quetzal y del ave turquesa, las de las aves roja y amarilla, las del tzinitzcan y del ayocuan. Y también descubrió él toda suerte de cacao, toda suerte de algodón.

Muy grande artista era el tolteca en todas sus creaciones, en lo que sirve para comer, para beber, objetos de barro verdeazulados, verdes, blancos, amarillos, rojos, y todavía de otros colores más. Y cuando allí vivía Quetzalcóatl dio principio, comenzó a edificar su casa de los dioses. Levantó columnas en forma de serpiente pero no las terminó, no les dio remate. Y cuando allí vivía, no se mostraba ante el rostro de la gente, en el lugar oculto, en el interior de su palacio, allí estaba custodiado. Y los que lo guardaban, sus servidores, en muchos lugares lo mantenían oculto. En todas partes, en grupos, allí estaban sus servidores. Él estaba sobre esteras de jades, de plumas de quetzal, de oro y plata. Y se dice, se refiere que cuando vivía Quetzalcóatl, muchas veces los hechiceros quisieron engañarlo, para que hiciera sacrificios humanos, para que sacrificara hombres, pero él nunca quiso, porque quería mucho a su pueblo que eran los toltecas. Sus ofrendas eran siempre serpientes, aves, mariposas, que él sacrificaba. Y se dice, se refiere que esto enojó a los hechiceros. Así empezaron éstos a escarnecerlo, a hacer burla de él. Decían, deseaban los hechiceros afligir a Quetzalcóatl, para que éste al fin se fuera, como en verdad sucedió... Se convocaron entonces los hechiceros, los que se llamaban Tezcatlipoca, Ihuimécatl, Toltécatl. Dijeron: es necesario que deje su ciudad Quetzalcóatl, allí habremos de vivir nosotros.

Dijeron: ofrezcámosle fuerte bebida embriagante, con ella habremos de perderle, así no hará más penitencia. Entonces habló Tezcatlipoca: yo digo, yo, hagámosle saber qué apariencia tiene su cuerpo. En seguida confirieron entre sí, cómo habrían de hacerlo. Primeramente ya va Tezcatlipoca, consigo lleva un espejo, pequeño, reluciente por ambos lados, lo lleva envuelto. Cuando llegó allí, donde vivía Quetzalcóatl, dijo a los servidores que lo guardaban: ¡id a decir al sacerdote que ha venido un joven que viene a mostrarle, que viene a hacerle ver cómo es su cuerpo! Entraron luego los servidores, lo que habían oído fueron a decirlo a Quetzalcóatl. Respondió éste: ¿qué cosa, oh abuelo, servidor, qué tiene mi cuerpo? Ved lo que ha traído, luego podrá entrar. Pero Tezcatlipoca no quiere mostrarlo, dice: en verdad yo mismo lo haré ver al sacerdote, id a decírselo. Los servidores fueron a decírselo: No lo permite, mucho quiere él hacértelo ver. Quetzalcóatl respondió: dejadlo pasar. Fueron a llamar a Tezcatlipoca; entró, hizo reverencia, dijo: ¡oh príncipe, sacerdote, aquí estoy yo, yo, hombre del pueblo, he venido. Y he venido a saludarle, oh Señor 1-Caña Quetzalcóatl, he venido a mostrarte cómo es tu cuerpo. Quetzalcóatl respondió: te has fatigado, ¿de dónde vienes para que yo vea cómo es mi cuerpo? Dijo Tezcatlipoca: ¡oh príncipe, sacerdote! Sólo soy un hombre del pueblo, aquí he venido desde las faldas del monte de los nonohualcas, ¡mira ya cómo es tu cuerpo! Entonces le dio el espejo, le dijo: ¡conócelo con tus propios ojos, míralo con tus propios ojos, oh príncipe, allí en el espejo, te verás a ti mismo! Y cuando se hubo visto Quetzalcóatl, tuvo gran pesar de sí mismo, dijo: si mueven las gentes del pueblo mío, ¿no habrán de correr? Porque muy grandes eran sus ojeras, estaban muy hundidos sus ojos, por todas partes tenía bolsas en el rostro, su rostro no era ya como el de un hombre.

Cuando se hubo mirado en el espejo dijo: ¡que nunca me mire mi pueblo, sólo aquí habré de quedarme! Entonces salió, le dejó Tezcatlipoca... Luego vinieron a acercarse, vinieron a dirigirse los hechiceros Ihuimécatl y Toltécatl adonde estaba Quetzalcóatl. Los que guardaban a éste, no querían permitirles la entrada, dos veces, tres veces, los regresaron, no querían permitírselo. Finalmente se les preguntó de dónde venían. Respondieron éstos, y dijeron: de allá del cerro de los sacerdotes, del cerro de los toltecas. Cuando Quetzalcóatl oyó esto, dijo: ¡dejadlos entrar! Pasaron luego, lo saludaron, le entregaron verduras, chiles, otras yerbas. Cuando Quetzalcóatl las hubo probado, entonces una vez más le pidieron, le entregaron la bebida fermentada. Pero él dijo: no habré de beberla, estoy ayunando, ¿acaso es ésta, bebida que embriagada a la gente, que da muerte a los hombres? Los hechiceros le dijeron: pruébala al menos con tu dedo pequeño, es fuerte, es punzante. Quetzalcóatl con la punta de su dedo la probó, después de gustarla dijo: ¡pueda yo beber de ella, oh abuelos! Luego que hubo bebido una vez, los hechiceros le dijeron: ¡cuatro veces tendrás que beber! Y así cinco jícaras le dieron. Entonces dijeron: ésta es tu libación. Y después de que él hubo bebido, dieron de beber a todos sus servidores, a todos cinco jícaras les dieron. Cuando estuvieron enteramente embriagados, de nuevo dijeron los hechiceros a Quetzalcóatl: ¡oh príncipe, ponte a cantar, he aquí el canto que has de elevar! Entonces habló, entonces así lo entonó Ihuimécatl: Mis casas de quetzal, de quetzal, mi casa de plumas amarillas, mi casa de coral, yo tendré que dejarlas.

Estando ya alegre Quetzalcóatl, dijo: Id a tomar a mi hermana mayor, Quetzalpétatl, ¡que juntos los dos nos embriaguemos! Sus servidores fueron allá, donde ésta hacía penitencia, en el cerro de los nonohualcas. Le fueron a decir: Hija nuestra, señora Quetzalpétatl, penitente, venimos a tomarte, te aguarda el sacerdote Quetzalcóatl, tú vas a ir a estarte con él. Ella respondió: Bien está vayamos, oh servidores. Y cuando hubo llegado, se sentó al lado de Quetzalcóatl. Entonces le dieron cuatro jícaras de bebida fermentada, y una más que fue su libación. Luego Ihuimécatl y Toltécatl, los embriagadores, así cantaron a la hermana mayor de Quetzalcóatl, entonaron: ¡Hermana mía! ¿en dónde está tu morada?, ¡oh tú, Quetzalpétatl, embriaguémonos...! Y después ya se va Quetzalcóatl, se levanta, llama a sus servidores, por ellos llora. Entonces se marcharon hacia allá, se fueron a buscar a Tlillan Tlapallan, la tierra del color negro y rojo, el lugar de la cremación... En el mismo año 1-Caña, se dice, se refiere que cuando llegó al agua divina Quetzalcóatl, a la orilla de las agua celestes, entonces se irguió, lloró, tomó sus atavíos, se puso sus insignias de plumas, su máscara de turquesas. Y cuando se hubo ataviado, entonces se prendió fuego a sí mismo, se quemó, se entregó al fuego... Y se dice que, cuando ya está ardiendo, muy alto se elevan sus cenizas. Entonces aparecen, se miran, toda clase de aves que se elevan también hacia el cielo, aparecen el ave roja, la de color turquesa, el tzinitzcan, el ayocuan y los loros, toda clase de aves preciosas. Y cuando terminó ya de quemarse Quetzalcóatl, hacia lo alto vieron salir su corazón y, como se sabía, entró en lo más alto del cielo. Así lo dicen los ancianos: se convirtió en estrella, en la estrella que brilla en el alba.

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