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Datos principales


Desarrollo


Prisión de Cuahutimoccín Cortés, que los vio en tanta estrechez y males, quiso probar si se entregarían. Habló con un tío de don Fernando de Tezcuco, que tres días antes había sido cogido preso y aún estaba herido, y le rogó que fuese a tratar de paz con su rey. El caballero rehusó al principio, sabiendo la determinación de Cuahutimoccín; pero al fin dijo que iría, por ser cosa de honra y bondad. Así que Cortés entró al otro día con su gente y envió a aquel caballero delante con algunos españoles; los que guardaban la calle lo recibieron y saludaron con el acatamiento que tal persona merecía; fue luego al rey, y le dijo su embajada. Cuahutimoccín se enojó y le mandó sacrificar. La respuesta que dio fueron flechazos, pedradas, lanzadas y alaridos, y que querían morir y no paz. Pelearon intensamente aquel día; hirieron y mataron a muchos hombres, y un caballo con una hoz que traía un mexicano hecha de una espada española; pero si muchos mataron, muchos murieron. Al otro día entró también Cortés, mas no peleó, esperando que se rendirían. Sin embargo, ellos no tenían tal pensamiento. Se llegó a una trinchera, habló a caballo con algunos señores que conocía, diciendo que podía acabar con ellos muy fácilmente en poco tiempo, pero que de lástima lo dejaba, y porque los quería mucho; que hiciesen que con el señor se entregasen, y serían bien recibidos y tratados, y tendrían qué comer. Con estas y otras razones así les hizo llorar. Respondieron que bien conocían su error y sentían su daño y perdición; pero que habían de obedecer a su rey y a sus dioses, que así lo querían; mas que se esperase allí, que iban a decirlo a su señor Cuahutimoccín.

Fueron, y al cabo de un rato volvieron diciendo que por ser ya tarde no venía el señor, pero que al día siguiente vendría sin duda ninguna a la hora de comer, a hablarle en la plaza. Con tanto, se volvió Cortés a su real muy alegre, pensando que en la entrevista se pondrían de acuerdo. Mandó preparar el teatro de la plaza con estado, a estilo de los señores mexicanos, y de comer para el día siguiente. Fue con muchos españoles muy preparados. No vino el rey, pero envió a cinco señores muy principales que tratasen en conciertos, y que le disculpasen por enfermo. Sintió que el rey no viniese; sin embargo, se alegró mucho con aquellos señores creyendo por su mediación conseguir la paz. Comieron y bebieron como hombres que tenían necesidad; llevaron algún refresco, y prometieron volver, porque Cortés se lo rogó, y les dijo que sin la presencia del rey no se podía dar ni tomar ningún acuerdo. Volvieron al cabo de dos horas; trajeron como presente unas mantas de algodón muy buenas, y dijeron que de ninguna manera vendría el rey, pues tenía vergüenza y miedo; y se fueron, porque ya era noche. Volvieron al otro día los mismos a decir a Cortés que se fuese al mercado, que le quería hablar Cuahutimoccín. Fue, y esperó más de cuatro horas, y nunca vino el rey. Viendo la burla, envió Cortés a Sandoval con los bergantines por una parte, y él por otra, combatió las calles y trincheras en que se hacían fuertes los enemigos; y como halló poca resistencia, pues no tenían piedras ni flechas, entró e hizo lo que quiso.

Pasaron de cuarenta mil las personas que fueron aquel día muertas y presas, y más tuvieron que hacer los españoles en impedir que sus amigos matasen que en pelear. El saqueo no se lo impidieron. Era tanto el llanto de las mujeres y niños, que partía el corazón de los españoles; y tan grande la hediondez de los cuerpos que ya estaban muertos, que se retiraron en seguida. Propusieron aquella noche, Cortés de acabar al día siguiente la guerra y Cuahutimoccín de huir, pues para eso se metió en una canoa de veinte remos. Así pues, por la mañana, tomó Cortés su gente y cuatro tiros, y se fue al rincón donde los enemigos estaban acorralados. Dijo a Pedro de Albarado que se estuviese quieto hasta oír una escopeta, y a Sandoval que entrase con los bergantines a un lago de entre las casas, donde estaban recogidas todas las barcas de México, y que mirase por el rey y no le matase. Mandó a los demás que echasen al enemigo hacia los bergantines; subióse a una torre, y preguntó por el rey. Vino Xihuacoa, gobernador y capitán general. Le habló, y no pudo conseguir de él que se entregasen. Todavía salieron muchos, y la mayoría eran viejos, muchachos y mujeres; y como eran tantos y llevaban prisa, unos a otros se empujaban, se echaban al agua y se ahogaban. Rogó Cortés a los señores indios que mandasen a los suyos no matasen a aquella gente mezquina, puesto que se entregaban. Empero, no pudieron tanto que no matasen y sacrificasen a más de quince mil de ellos.

Tras esto hubo grandísimo rumor entre la gente menuda de la ciudad, porque el señor quería huir y ellos ni tenían ni sabían a dónde ir; y así, procuraron todos de meterse en las barcas, y como no cabían, se caían al agua y se ahogaban. Muchos hubo que se escaparon nadando. La gente de guerra estaba arrimada a las paredes de las azoteas, disimulando su perdición. La nobleza mexicana y otros muchos estaban en las canoas con el rey. Cortés hizo soltar la escopeta para que Pedro de Albarado acometiese por su parte, y luego se retiró la artillería al rincón donde estaban los enemigos. Les dieron tanta prisa, que en poco rato lo ganaron, sin dejar cosa alguna por tomar. Los bergantines rompieron la flota de las barcas, sin que ninguna se defendiese. Antes bien, echaron todas a huir por donde mejor pudieron, y abatieron el estandarte real. Garci Holguín, que era capitán de un bergantín, echó tras una canoa grande de veinte remos y muy cargada de gente. Le dijo un prisionero que llevaba consigo, que aquéllos eran del rey, y que bien podía ser fuese él allí. Le dio entonces caza, y la alcanzó. No quiso embestirla, sino que le encaró tres ballestas que tenía. Cuahutimoccín se puso en pie en la popa de su canoa para pelear; mas como vio ballestas armadas, espadas desnudas y mucha ventaja en el navío, hizo señal de que iba allí el señor y se rindió. Garci Holguín, muy alegre con tal presa, lo llevó a Cortés, el cual lo recibió como a rey, le puso buena cara, y le atrajo hacia sí. Cuahutimoccín entonces echó mano al puñal de Cortés, y le dijo: "Yo ya he hecho todo lo posible para defenderme a mí y a los míos, y lo que era obligado para no llegar a tal estado y lugar como estoy; y pues vos podéis ahora hacer de mí lo que quisiereis, matadme, que es lo mejor". Cortés lo consoló y le dio buenas palabras y esperanzas de vida y señorío. Le subió a una azotea, y le rogó mandase a los suyos que se entregasen; él lo hizo, y ellos, que serían alrededor de setenta mil, dejaron las armas en viéndole.

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