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Datos principales


Desarrollo


Lo que sucedió a Cortés en Chiauiztlan El día que partieron de Cempoallan llegaron a Aquiahuiztlan, y aún no habían llegado los navíos, de lo que mucho se sorprendió Cortés, por haber tardado tanto tiempo en tan poco camino. Había un lugar a tiro de arcabuz o poco más del peñón, en un repecho que se llamaba Chiauiztlan; y como Cortés estaba ocioso, fue allá con los suyos en orden y con los de Cempoallan, que le dijeron que era de un señor de los oprimidos por Moctezuma. Llegó al pie del cerro sin ver hombre del pueblo, sino a dos, que no los entendió Marina. Comenzaron a subir por aquella cuesta arriba, y los de a caballo hubiesen querido apearse, porque la subida era muy pendiente y áspera; Cortés les ordenó que no, para que los indios no viesen que había ni podía haber lugar, por alto y malo que fuese, donde el caballo no subiese; mas subieron poco a poco y llegaron hasta las casas, y como no vieron a nadie, temieron algún engaño. Mas por no mostrar flaqueza entraron por el pueblo, hasta que tropezaron con una docena de hombres honrados que llevaban un faraute que sabía la lengua de Culúa y la de allí, que es la que se usa y habla en toda aquella serranía, que llaman Totonac; los cuales dijeron que gente de tal forma como los españoles, ellos no habían visto jamás, ni oído que hubiesen venido por aquellas partes, y que por esto se escondían; pero que como el señor de Cempoallan les había hecho saber quién eran, y certificado ser gente pacífica, buena, y no dañina, se habían tranquilizado y perdido el miedo que cobraran viéndolos ir hacia su pueblo; y así, venían a recibirlos de parte de su señor y a guiarlos adonde habían de ser aposentados.

Cortés los siguió hasta una plaza donde estaba el señor del lugar muy acompañado; el cual hizo gran demostración de placer al ver aquellos extranjeros con tan luengas barbas. Tomó un braserillo de barro con ascuas, echó una cierta resina que parece ánime blanco y que huele a incienso, y saludó a Cortés incensando, que es ceremonia que usan con los señores y con los dioses. Cortés y aquel señor se sentaron debajo de unos portales de aquella plaza, y mientras que aposentaban a la gente, le dio cuenta Cortés de su venida a aquella tierra, como hizo a todos los demás por donde había pasado. El señor le dijo casi lo mismo que el de Cempoallan, y aun con mucho temor de Moctezuma, no se enojase por haberle recibido y hospedado sin su licencia y mandato. Estando en esto, asomaron veinte hombres por la otra parte frontera de la plaza, con unas varas en las manos, como alguaciles, gruesas y cortas, y con sendos moscadores grandes de plumas. El señor y los otros suyos temblaban de miedo al verlos. Cortés preguntó que por qué, y le dijeron que porque venían aquellos recaudadores de las rentas de Moctezuma, y temían que dijesen que habían hallado allí a aquellos españoles, y que fuesen castigados por ello y maltratados. Cortés les animó, diciendo que Moctezuma era su amigo, y haría con él que no les dijese ni hiciese mal ninguno por aquello, y hasta que se alegraría de que le hubiese recibido en su tierra; y si así no fuese, que él los defendería, porque cada uno de los que consigo traía, bastaba para pelear con mil de México, como ya muy bien sabía el mismo Moctezuma por la guerra de Potonchan.

No se tranquilizaba nada el señor ni los suyos por lo que Cortés les decía; antes bien, se quería levantar para recibirlos y aposentarlos: tanto era el miedo que a Moctezuma tenían. Cortés detuvo al señor, y le dijo: "Para que veáis lo que podemos yo y los míos, mandad a los vuestros que prendan y tengan a buen recaudo a estos recaudadores de México, que yo estaré aquí con vos, y no bastará Moctezuma a enojaros, ni aun él querrá, por respeto a mí". Con el ánimo que a estas palabras cobró, hizo prender a aquellos mexicanos, y como se defendían les dieron buenos palos. Pusieron a cada uno por sí en prisión en un pie de amigo, que es un palo largo en que les atan los pies a uno de los lados y la garganta al otro y las manos en medio, y por fuerza han de estar tendidos en el suelo. Cuando los tuvieron atados, preguntaron si los matarían; Cortés les rogó que no, sino que los tuviesen así y los vigilasen para que no se les fuesen. Ellos los metieron en una sala del aposento de los nuestros, en medio de la cual encendieron un gran fuego, y los pusieron alrededor de él con muchas guardas. Cortés puso a algunos españoles también de guardia y a la puerta de la sala, y se fue a cenar a su aposento, donde tuvo mucho para sí y para todos los suyos de lo que el señor les envió.

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