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Desarrollo


La historia antigua del Mayab Diego de Landa encontró en Yucatán una cultura viva y una civilización en ruinas. De la sagacidad del franciscano para separar ambos conceptos hay buenas pruebas en su obra; los conquistadores habían combatido denodadamente, y con irregulares resultados, tratando de dominar a varios grupos sociales que eran sólo herederos empobrecidos de lo que tiempo atrás fue una brillante civilización. Cualquier observador atento podía percibir entre la floresta de la península los vestigios de inmensas ciudades abandonadas, altísimas pirámides y ornamentados muros cubiertos de vegetación salpicaban el paisaje aquí y allí, como mudos testigos de una remota época de esplendor. La memoria histórica de los indígenas, la tradición oral, o la información que figuraba en los libros pintados, apenas abarcaba escasas centurias, cuando los señores del país habitaban Mayapán o Chichén Itzá. El resto se confundía con los mitos o estaba rodeado de una oscuridad impenetrable; si un maya del siglo XVI era preguntado por las soberbias construcciones de Uxmal o por la identidad de las solemnes figuras que llenaban las estelas erigidas de costa a costa, acudían en tropel a su mente los viejos cuentos que entremezclaban noticias de poderosos gobernantes de antaño con espíritus, magos y hechiceros, profecías sobre la destrucción del mundo, máximas morales y alguna que otra fabulosa experiencia personal. El conocimiento que entonces existía sobre Tikal, el más opulento reino de la antigüedad, era semejante al que mostraron ante Layard los beduinos que excavaban para él la colina de Nemrod.

Y, sin embargo, no es posible comprender la cultura de los mayas tardíos --el período que los arqueólogos denominan Postclásico (900-1542 d. C.)-- sin tener en cuenta los quince siglos que habían transcurrido con anterioridad. Es por eso que el manuscrito de Landa representa únicamente el acto postreto de un drama iniciado mucho tiempo atrás, y es por eso también que parece ineludible resumir en unas cuantas páginas apretadas los principales sucesos acaecidos desde que las tribus de agricultores aldeanos elevaron los primeros templos de piedra por encima de los árboles de la selva tropical. El escenario no ha sufrido modificaciones sustanciales. La base de la península de Yucatán es el territorio actual de Guatemala, Belice y los Estados mexicanos de Chiapas y Campeche. Los ríos Usumacinta y Motagua forman los lados inferiores del enorme triángulo maya, y en sus proximidades se asentaron las poblaciones protagonistas de la futura evolución hacia las jefaturas y los reinos clásicos. Los suelos son delgados y están amenazados constantemente por la erosión, las fuertes lluvias tropicales convierten en pantanos extensas zonas, la vegetación exuberante se renueva en rápidos ciclos dejando gruesas capas de materia orgánica putrefacta, y, finalmente, la vida animal prolifera bajo todas las apariencias y características imaginables. A medida que se asciende hacia el norte la pluviosidad decrece, el bosque achaparrado sustituye al de galería, y desaparecen las corrientes de agua superficiales.

En la costa más septentrional el ambiente es casi desértico, con plantas xerófitas y dilatados arenales. Lagunas, manglares, manchas de sabana y modestas sierritas de escasa elevación, son otros rasgos típicos de la región. En conjunto, la fisiografía del área maya no invita al poblamiento denso y es un obstáculo formidable para que surjan organizaciones sociales complejas, verdaderas aglomeraciones urbanas y poderes políticos centralizados. De hecho, en todos los medios semejantes de la tierra los casos de antiguas sociedades civilizadas selváticas se pueden contar con los dedos de una mano. Pero fue en esa región hostil donde las gentes del siglo V antes de nuestra Era comenzaron a levantar la más admirable de todas las civilizaciones americanas precolombinas. Descubrimientos recientes confirman la presencia de seres humanos en el territorio maya desde, al menos, nueve mil años antes de Jesucristo. Las exploraciones del prehistoriador Richard S. MacNeish en diversos lugares de Belice, aunque necesitadas de ulterior desarrollo y de más precisas dataciones, han proporcionado suficientes indicios de ocupación paleolítica, y ello, unido a los datos obtenidos en cuevas de profunda estratigrafía, como la yucateca de Loltún, permite cerrar definitivamente la larga polémica sobre la antigüedad de los primeros asentamientos. El sedentarismo y la producción controlada de alimentos vegetales fueron fenómenos gestados a lo largo de varios milenios, pero en el 2000 a.

C. ya existían aldeas agrícolas como la de Cuello, en Belice, donde los labradores contaban con los utensilios típicos de la roza tropical y fabricaban una cerámica de gran calidad. El perfeccionamiento de las técnicas de cultivo, el recurso nunca olvidado de la caza y la recolección de frutos o plantas silvestres, y las transformaciones internas de unas comunidades que crecían y dominaban mejor su medio, dieron origen quince siglos después a las primeras jefaturas, es decir, agrupaciones sociales no igualitarias organizadas bajo un régimen jerárquico. Entonces empezó la construcción de los conjuntos monumentales llamados centros ceremoniales, expresión seguramente de las ideas religiosas que sustentaban el nuevo orden. Los sitios ejemplares de esta etapa formativa son El Mirador y Cerros, aunque en seguida podríamos añadir Tikal, Dzibilchaltún y otros más o menos distantes entre sí. La arquitectura de piedra es el indicador principal de los profundos cambios; templos sobre basamentos troncopiramidales, edificios de aspecto palaciego, juegos de pelota, capillas o adoratorios, y plataformas de desconocida función, constituyen el grueso de las obras en esos centros focales del poder y de la ideología. Centenares de trabajadores debieron ser movilizados durante meses, para acarrear los materiales y dar forma a los majestuosos espacios sagrados, todos ellos obedientes a una sola autoridad cuyas prerrogativas se extendían sin duda a la gestión de los asuntos económicos, la exacción tributaria, el arbitraje de los litigios, la orientación religiosa y la dirección de la guerra.

Alrededor del comienzo de la Era cristiana llegaron al corazón de las tierras bajas mayas --el área del moderno departamento guatemalteco del Petén-- las influencias de una cultura que había madurado en sectores de la vertiente costera del Pacífico y en el altiplano; portadores de la escritura jeroglífica y de la costumbre de labrar estelas y altares, y haciendo uso de complicados procedimientos cronológicos, esos emigrantes bien pueden ser considerados los fundadores de la época clásica. Su origen es todavía objeto de controversias; al parecer, los olmecas del litoral de Veracruz y Tabasco penetraron profundamente hacia el sur y sureste durante el primer milenio antes de Jesucristo, y algunos de sus rasgos culturales característicos, mezclados con otros de Oaxaca y Guatemala, acabaron por germinar en los sitios de Izapa, Abaj Takalik y Kaminaljuyú, ocasionando aquellas ideas acerca de la vida social y de la cosmología que luego fueron trasplantadas a las selvas del lado norte de las cordilleras. Los mayas de la cuenca del Usumacinta, del Petén y Belice, adoptaron con prontitud tales innovaciones a las que no eran ajenas sus propias líneas de desarrollo; el año 292 de nuestra Era los moradores de Tikal erigieron la más antigua de las estelas de piedra con inscripción de Serie Inicial --que así se llama el procedimiento maya de computar el tiempo transcurrido desde un punto de origen convencional-- que se conoce en la región, y con ella dio comienzo el período de apogeo.

Los arqueólogos dividen esta etapa de seis siglos aproximadamente, en tres partes. El período Clásico Temprano se distingue por la consolidación de la estructura cultural integradora de los distintos elementos que habían confluido en las tierras bajas nucleares: una sociedad diversificada de agricultores y comerciantes cuyos rasgos básicos eran las relaciones de parentesco y de rango, una religión politeísta, que legitimaba el poder absoluto de los gobernantes y que tenía como pilares el culto a los antepasados y una cosmovisión determinada por conceptos cronológicos, y la expresión tangible de todo ello, los centros ceremoniales con multitud de edificios distribuidos por la floresta, la escultura monumental con las efigies de los reyes y de los dioses, las pinturas murales, los suntuosos enterramientos, la escritura jeroglífica, las observaciones astronómicas y los meticulosos cálculos aritméticos. Entonces se dejó sentir también la presencia de gentes venidas de las lejanas montañas del centro de México; los teotihuacanos, que habían levantado un vasto imperio económico y político, penetraron en la selva y establecieron colonias en diferentes lugares, tomando tal vez a Tikal por sede de sus capitanes y embajadores. La acción y el prestigio de Teotihuacan fueron tan profundos que ciertos aspectos de su cultura perduraron entre los mayas aun después de la caída y destrucción de la poderosa metrópoli. Hay científicos que aseguran que fue precisamente el hundimiento de ese colosal imperio mexicano la causa del paréntesis que cierra la primera parte del período Clásico.

En efecto, a lo largo del siglo VI se aprecia una crisis de gran magnitud en el sur del Mayab que puede estar conectada con la retirada paulatina de los mercaderes teotihuacanos ante la debilidad de su gobierno y la inseguridad de las rutas. Graves acontecimientos debieron suceder en Tikal y otras ciudades, pues se interrumpe la creación de estelas, signo inequívoco de disturbios sociales y alarmas ideológicas. El siglo de hierro de la historia maya, cuya luz mortecina apenas llega hasta nosotros a través de escasos vestigios arqueológicos, termina sin embargo tan abruptamente como empezó, dando paso a la época de mayor esplendor. Hacia el año 590 los pobladores de la jungla recuperan su identidad nacional, fortalecen las viejas tradiciones y se agrupan bajo el poder de monarquías hereditarias de derecho divino que van a impulsar los logros materiales e intelectuales hasta extremos sorprendentes. Es el período Clásico Tardío. El incremento demográfico se hace ostensible, nuevas construcciones se emprenden por doquier, aumenta la producción de los campos y se ponen en práctica audaces e ingeniosas técnicas para aprovechar los pantanos y las laderas de las colinas, florece el arte y los sabios sacerdotes se entregan sin pausa a la astrología y a las matemáticas. Ciudades-Estado o reinos de regular extensión se reparten el territorio, no sin encarar frecuentes conflictos con sus vecinos; la guerra es una actividad que otorga reputación y abundantes beneficios, y en algunas zonas fronterizas o de especial interés estratégico los señores se ven obligados a acometer campañas militares casi constantemente.

Por eso, los símbolos de la gloria de los monarcas de Yaxchilán, Piedras Negras o Bonampak son, sobre todo, la lanza y el escudo. De igual modo, los dioses guerreros van adquiriendo mayor relieve en el panteón; se llevan a cabo sacrificios humanos, a los cautivos se les arranca el corazón o se les humilla con torturas y despojándoles públicamente de sus insignias de rango. En este momento se realizan las obras más grandiosas y bellas: la cripta del Templo de las Inscripciones de Palenque, los frescos de Bonampak, los inmensos templos I y IV de Tikal, las mayores estelas de Quirigúa, los relieves de la Acrópolis de Copán, el Palacio del Gobernador y el Cuadrángulo de las Monjas de Uxmal, el arco de Labná, el Palacio de Sayil, la calzada que une Cobá con Yaxuná, por citar sólo unos cuantos ejemplos de la fiebre constructora y el apogeo artístico que caracterizan los siglos VII y VIII d.C. Bien se puede afirmar que los bosques que cubrían la península estuvieron en trance de desaparecer ante el empuje de los labradores y los canteros. Quien atraviese hoy con mirada despierta la enorme distancia que separa Seibal de Izamal, o Comalcalco de Lubaantún, no dejará de percibir ni por un instante las huellas devoradas por la vegetación de lo que fue una explosión de actividad y de vida, y si su mente es sensible a la voz de las ruinas podrá imaginar el bullicio de los poblados y los cánticos solemnes de los sacerdotes que ascendían las escalinatas de las pirámides.

Mas de pronto, como segada por una fuerza incontenible, la civilización se detiene y retrocede. Las ciudades son abandonadas, la nobleza de sangre huye dejando atrás sus palacios y sus ancestros, los reyes renuncian al poder y se encaminan hacia un destino misterioso, los artistas arrojan sus herramientas de trabajo, los astrólogos clausuran para siempre sus observatorios y bibliotecas; en un lapso de cien años regresa el silencio y la selva destroza despiadadamente lo que habían sido lujosas habitaciones y ornamentados santuarios. No existe todavía una causa convincente y unánimemente aceptada para explicar semejante catástrofe, ninguna calamidad natural o social parece bastante poderosa para dar razón del fin súbito de la civilización clásica en la cúspide de su progreso y en tan dilatado territorio. Pero la realidad se impone con argumentos irrebatibles; uno por uno caen los reinos del Petén, Belice, Izabal, Honduras, Chiapas, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, la población que permanece en las cercanías de los centros ceremoniales adopta un modo de vida tribal y de vez en cuando profana los antiguos lugares sagrados para saquear los templos, hacer ofrendas o dar modesta sepultura a sus muertos. Sólo en el norte de la península el extraño y enigmático fenómeno que acaba con la época clásica se manifiesta de manera amortiguada, siguen en pie algunas ciudades y el orden social no se resquebraja. Entre los siglos IX y X toda Mesoamérica, desde los ríos Pánuco y Lerma hasta el Ulúa, es sacudida por un gigantesco movimiento de pueblos cuyos orígenes y circunstancias son oscuros.

Las fuentes históricas de los primeros tiempos de la colonia hacen mención de estos sucesos y de la confusión que produjeron, pero los relatos disponibles, puestos en el papel centurias más tarde, están llenos de ambigüedad y entretejidos con leyendas o fórmulas religiosas. Sabemos que aprovechando el hundimiento de Teotihuacan grupos seminómadas irrumpieron por el norte hacia las fértiles tierras del centre, de México, y que su avance suscitó nuevas luchas, emigraciones y pillajes; sin embargo, tales acontecimientos no bastan para justificar las notables perturbaciones que la arqueología descubre lo mismo en las altiplanicies que en las cálidas llanuras costeras o meridionales. Por lo que afecta a los mayas, apenas somos capaces de esbozar una secuencia inconexa de hechos y asociar a los principales ciertos nombres étnicos de impreciso contenido. Nuestra opinión es que unas gentes que podemos llamar genéricamente nonoalcas, habitantes hasta entonces del litoral comprendido entre los Estados actuales de Tabasco y Campeche, influidos a partes iguales por las culturas de México y del área maya, se expanden en varias direcciones, hasta las montañas y valles de Hidalgo y Tlaxcala, por la costa de Campeche camino del Puuc y Chichén Itzá, y por la cuenca del Usumacinta alcanzando la ciudad de Seibal. No existe certeza alguna en cuanto a las fechas de esas correrías, ni es posible asegurar la homogeneidad de las distintas tribus; lo evidente es que después del siglo IX los nonoalcas se hallan asentados en Tula (Hidalgo), los olmecas xicalancas en Cacaxtla (Tlaxcala), los itzaes en Chichón Itzá (Yucatán), un grupo anónimo --quizá los putún-- en Seibal (Petén), y, tal vez algo después, los quichés, cakchiqueles y tzutujiles en las montañas de Guatemala.

Se abre así el período Postclásico, por tanto, con estos dos rasgos esenciales: desaparición de la vieja civilización de las regiones nucleares, sin que acertemos siquiera a conjeturar qué fue de los señores de Palenque, Yaxchilán, Tikal, Copán y demás capitales, y arribo a la mitad septentrional de la península de Yucatán de los portadores de una cultura fuertemente mexicanizada (entendiendo este calificativo como ideas y costumbres no mayas procedentes sobre todo de los altos valles y planicies de México). Los putún fundadores del enclave foráneo de Seibal evacuan el lugar en pocos años con el mismo sigilo con que lo ocuparon. Hay que añadir aún los fragmentos del mito de Quetzalcoatl que nos conciernen. Según las crónicas y tradiciones, el rey de los toltecas de Tula, llamado Ce Acatl Topiltzin Quetzalcoatl, se vio impelido a dejar su ciudad hacia mediados del siglo X, poniendo rumbo con sus partidarios a la costa oriental y terminando finalmente en Yucatán. Diego de Landa inicia las noticias históricas de la Relación hablando de este famoso personaje, al que los mayas denominaban Kukulcán (traducción literal del nombre náhuatl, es decir, serpiente quetzal o serpiente con plumas), y dice que es creencia de los indígenas que con los itzaes que poblaron Chichén Itzá reinó un gran señor llamado Kukulcán, que entró por la parte de poniente, aunque dudan si vino antes o después de los itzaes o con ellos. Desde luego, parece razonable suponer que Kukulcán acaudillaba una partida de nonoalcas expulsados de Tula por la fracción tolteca de los adoradores o seguidores de Tezcatlipoca, su oponente en el mito, o sencillamente por los representantes de las tribus inmigrantes del norte de México.

Sea como fuere, lo importante es que la invasión, si debe ser separada de la de los itzaes, trajo consigo gobernantes extranjeros y nuevos modos de vida ajenos a los del período Clásico; el arte de Chichén Itzá, la primera capital de los acompañantes de Kukulcán, muestra con claridad el enfrentamiento y posterior fusión de ambas culturas, por ejemplo en las pinturas murales de batallas entre toltecas y mayas, o en la arquitectura del Templo de los Guerreros, donde las columnas serpentiformes exóticas conviven en perfecta armonía con los mascarones del primitivo dios local de la lluvia: Chac. Landa informa también que Kukulcán, o mejor, sin duda, uno de sus descendientes que portaba idéntico título, fundó más adelante otra ciudad, tratando con los señores naturales de la tierra que él y ellos se establecieran allí. Fue Mayapán, la urbe amurallada que sirvió de sede al último gran poder centralizado e independiente de la mitad norte de la península yucateca. Los arqueólogos suponen que Chichén Itzá perdió preponderancia hacia principios del siglo XIII, y que la recién fundada Mayapán heredó la supremacía merced a los pactos sellados entre los distintos grupos que se repartían a la sazón el país, algunos de los cuales tenían a su cabeza a los viejos linajes mayas. Las fuentes coloniales, por su lado, narran los conflictos intermitentes en que se enzarzaban unos señores y otros; cualquier percance podía desencadenar la rebelión o la guerra, pues a la fidelidad política se anteponía el sentimiento de solidaridad étnica celosamente guardado por las familias dirigentes.

Y fue una de estas escaramuzas por el prestigio y los honores lo que provocó el levantamiento contra la dinastía Cocom de Mayapán a mediados del siglo XV, que tuvo como fatal desenlace el arrasamiento de la ciudad y la dispersión de los pobladores. Rotas las alianzas, afloraron otras rencillas y deseos de venganza; los ochenta años siguientes, hasta que los españoles impusieron su dominio, fueron de marcada decadencia, muy lejos ya el recuerdo de la época de esplendor, cuando se edificaban majestuosas pirámides para albergar a los soberanos difuntos y honrar a sus divinos antepasados. No obstante, a pesar de la desunión que imperaba en Yucatán, los conquistadores hallaron enconada resistencia en los caciques y reyezuelos de las diferentes provincias; el sometimiento de la península, de aquel mosaico de linajes nobles, mercenarios veteranos y acaudalados mercaderes, costó más tiempo y esfuerzo que el de México. Con la pacificación llegaron los colonos, los encomenderos y los frailes, las instituciones españolas y las medidas para apartar a los indios de sus hábitos y prácticas religiosas seculares. Entonces, cuando todavía los mayas no se habían repuesto de la terrible derrota, es decir, cuando aún trataban de entender la naturaleza del cataclismo que puso fin a su mundo, apareció en escena el franciscano Diego de Landa.

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