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Desarrollo


Estilo literario Sobre la calidad literaria de la Historia de la nación chichimeca, los investigadores han emitido juicios desfavorables. Así, el P. Garibay la ha calificado de afectada y, Manuel Carrera, de desaliñada66. Personalmente, me parece una obra bien planteada y redactada. En cualquier caso, es el lector quien tiene la última palabra. Un rasgo característico, exclusivo podría decirse, del libro, reside en el aire novelesco que impregna sus páginas. Como ha señalado el R Garibay67, hay verdaderos núcleos de novela, y aún de drama en sus capítulos. Otro aspecto que conviene abordar en estas breves observaciones es el del idioma original de la historia. Para no cargar el ya excesivo número de citas, me limitaré a exponer mi opinión, que se funda en un análisis lingüístico. Si tenemos en cuenta que la obra muestra un dominio perfecto del castellano (en un capítulo se usan tres acepciones del término máquina) y un deficiente conocimiento del nahuatl (vacilaciones ortográficas, dislexias, etc.), parecía lógico suponer que Ixtlilxochitl redactó la Historia de la nación chichimeca en castellano. Ahora bien, ¿como incurrió D. Fernando, un nahuaparlante, en tantos errores? La respuesta carece de dificultades: la responsabilidad recae exclusivamente en alguno de los muchos transcriptores del manuscrito. Ixtlilxochitl, ¿escritor indígena? ¿escritor español? Hemos llegado a la parte más polémica de las presentes líneas. La inclusión de la Historia de la nación chichimeca en alguna de las grandes secciones en que se divide la historiografía novohispana, plantea un sinnúmero de dificultades.

Algunas facetas de la obra se acercan a la tradición histórica nativa; pero otras proceden de la prosa histórica castellana. No resulta extraño, pues, que el P. Garibay vea en Ixtlilxochitl un osado redactor de una Historia europea68 y un fiel guardián de los moldes de la vieja Anahuac69. Esta contradictoria opinión responde a una doble lectura de los escritos de D. Fernando. La primera, espontánea e inconsciente; la segunda, elaborada a partir de algunos de los muchos ismos que influyen en el pensamiento de cualquier científico social. En mi opinión, el P. Garibay aceptaba el predominio del osado redactor sobre el fiel guardián; pero como el benemérito sacerdote, además de mexicanista e indigenista, era autor de una historia de la literatura nahuatl, indianizó a nuestro cronista. Para ello, nada mejor que recurrir al nepantlismo70, ese precioso neoaztequismo creado por Miguel León-Portilla que sintetiza las nefastas consecuencias de la transculturación en un solo término. En el alma compleja de este mestizo arde más la llama de los pasados historiadores que la conocida cultura literaria o griega. Es, por lo mismo, uno de los ejemplos más preciosos de la manifestación del trauma de la Conquista; bajo los aparentes modos de Europa, de España para mayor exactitud, sigue dominando el espíritu de Tetzcoco, no desemejante al de Tenochtitlan71. Frente a las posturas que cargan las tintas en la herencia nativa de Ixtlilxochitl, Gloria Grajales, menos radical, hace un tímido intento reivindicar la parte castellana del tetzcocano.

Sin embargo, este loable propósito no se concreta, pues el choque cultural sigue presente en las tesis de la investigadora. Así, D. Fernando será amigo y opositor de los españoles conquistadores, pese a que su contacto con los cultos misioneros de Santa Cruz, que le enseñaron a conocer, a vivir y a sentir a la manera europea72. Si se amplía la grieta abierta por la Dra. Grajales, el resultado final contrasta vivamente con la interpretación imperante entre los críticos de Ixtlilxochitl, empeñados en convertir la obra de D. Fernando en una versión novohispana de El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde. Aunque podría aducir bastantes argumentos en contra de la tradicional visión stevensoniana, se limitará a presentar aquí los más significativos. El primero parte de una precisión lingüística. Como ya se ha apuntado anteriormente, el segundo acto del pleito relativo al cacicato de San Juan Teotihuacan se centró en la discusión sobre el tipo racial de los componentes del grupo familiar Pérez de Peraleda y Cortés Ixtlilxochitl. La mitad de los testigos citados para prestar testimonio declararon que son españoles y tenidos por tal, mientras que otros los han tenido y tienen por españoles73. Ninguna de las declaraciones menciona la palabra mestizo, tan cara al P. Garibay y, en cambio, se cita el término castizo. Respecto del significado de esta voz, el Diccionario de la Real Academia define su cuarta acepción con las siguientes palabras: En mexicano cuarterón.

Nacido en América, de mestizo y española, o de español y mestiza74. El vocablo sólo adquiere significación si se relaciona con el sistema de castas establecido en los virreinatos hispanoamericanos. Las castas indianas --representadas magistralmente en la serie de cuadros de mestizaje del madrileño Museo de América-- establecían un cierto orden en el complejo panorama étnico y socio-cultural de las colonias españolas. La adscripción a una casta determinaba el status del individuo y permitía a los burócratas establecer con relativa facilidad su grado de hispanización. Los castizos ocupaban un lugar de honor dentro del sistema, porque los vástagos de aquellos que casaban con españoles se consideraban castellanos de hecho y de derecho. ¿Qué conclusión se puede sacar de lo expuesto en el párrafo anterior? Una de gran importancia. El Ixtlilxochitl de alma torturada que se debate entre lo español y lo indígena no existe. Su madre, una mestiza auténtica, quizá sufriese la dolorosa experiencia de la cultura dual; pero D. Fernando no, pues la familia vivía conforme a las pautas culturales del Viejo Mundo. El segundo argumento, que requiere un apartado propio, se basa en un breve análisis de la estructura y el contenido de la Historia de la nación chichimeca.

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