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Desarrollo


Cómo los de Potonchan rompieron sus ídolos y adoraron la cruz Tras esta relación vio Cortés que aquélla no era tierra para españoles, ni le interesaba asentar allí, no habiendo oro ni plata ni otra riqueza; y así, propuso pasar adelante para descubrir mejor dónde estaba aquella tierra hacia poniente que tenía oro. Pero antes les dijo que el señor en cuyo nombre iban él y aquellos compañeros suyos, era rey de España, emperador de cristianos, y el mayor príncipe del mundo, a quien más reinos y provincias servían y obedecían vasallos, que a otro, y cuyo mando y gobernación de justicia era de Dios, justo, santo, pacífico, suave y a quien le pertenecía la monarquía del universo; por lo cual ellos debían darse como vasallos y conocidos suyos; y que si lo hacían así, les vendrían muchos y muy grandes provechos de leyes, policía y costumbres. Y en cuanto a lo que tocaba a la religión, les dijo la ceguedad y vanidad grandísima que tenían en adorar muchos dioses, en hacerles sacrificios de sangre humana, en pensar que aquellas estatuas les hacían el bien o mal que les venía, siendo mudas, sin alma, y hechas con sus mismas manos. Les dio a entender un Dios, creador del cielo y de la tierra y de los hombres, que los cristianos adoraban y servían, y que todo lo debían adorar y servir. En fin, tanto les predicó, que rompieron sus ídolos y recibieron la cruz, habiéndoles declarado primero los grandes misterios que en ella hizo y pasó el Hijo del mismo Dios.

Y así, con gran devoción y concurso de indios, y con muchas lágrimas de españoles, se puso una cruz en el templo mayor de Potonchan, y de rodillas la besaron y adoraron los nuestros primero, y tras ellos los indios. Los despidió después, y se fueron todos a comer. Les rogó Cortés que viniesen dentro de dos días a ver la fiesta de ramos. Ellos, como hombres religiosos, y que podían venir con toda seguridad, no sólo vinieron los vecinos, sino hasta los comarcanos del lugar, en tanta multitud, que causó admiración de dónde tan pronto se pudo juntar allí tantos miles de hombres y mujeres, los cuales todos juntos prestaron obediencia y vasallaje al rey de España en manos de Hernán Cortés, y se declararon como amigos de los españoles. Y esos fueron los primeros vasallos que el Emperador tuvo en la Nueva España. Así que fue hora el domingo, mandó Cortés cortar muchos ramos y ponerlos en un montón, como en mesa, mas en el campo, por la mucha gente, y decir el Oficio con los mejores ornamentos que había, al cual se hallaron los indios, y estuvieron atentos a las ceremonias y pompa con que se anduvo la procesión, y se celebró la misa y fiesta, con lo que los indios quedaron contentos, y los nuestros se embarcaron con los ramos en las manos. No menor alabanza mereció en esto Cortés que en la victoria, porque en todo se portó cuerda y esforzadamente. Dejó a aquellos indios a su devoción, y al pueblo libre y sin daño. No tomó esclavos ni saqueo, ni tampoco rescató, aunque estuvo allí más de veinte días.

Al pueblo lo llaman los vecinos Potonchan, que quiere decir lugar que huele mal, y los nuestros la Victoria. El señor se llamaba Tabasco, y por eso le pusieron de nombre los primeros españoles al río, el río de Tabasco, y Juan de Grijalva le nombró como él, por lo que no se perderá su apellido ni recuerdo con esto tan pronto, y así habían de hacer los que descubren y pueblan, perpetuar sus nombres. Es gran pueblo, mas no tiene veinticinco mil casas, como algunos dicen; aunque, como cada casa está por sí como isla, parece más de lo que es. Son las casas grandes, buenas, de cal y ladrillo o piedra; otras hay de adobes y palos, pero el tejado es de paja o lancha. La vivienda está en alto, por la niebla y humedad del río. Por el fuego tienen apartadas las casas. Mejores edificios tienen fuera que dentro del lugar, para su recreo. Son morenos, andan casi desnudos, y comen carne humana de la sacrificada. Las armas que tienen son arco, flecha, honda, vara y lanza. Las otras con que se defienden son rodelas, cascos y unos como especie de escarcelones: todo esto de palo o corteza, y alguno de oro, pero muy delgado. Llevan también cierta especie de corazas, que son unos listones estofados de algodón, revueltos a lo hueco del cuerpo.

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