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Desarrollo


Capítulo XXXVI De las huacas que adoraban los indios Todas las cosas de que tenemos noticia en las antiguallas de este Reyno, son deducidas de los quipos de los indios viejos y conforme su variedad así es fuerza la haya, en quien escribiere sus historias. En el modo y orden de los sacrificios es tanta la confusión con que lo refieren, que es imposible vaya la narración de ello tan concertada y distinta como yo quisiera. Mi deseo ha sido bueno, mi diligencia mucha en ello, y mi trabajo sin cesar; si en algo me errare, crea el lector que no tengo culpa culpable, que yo he procurado sacar a la luz la verdad. El primer ynga que más se esmeró en los sacrificios fue Pacha Cuti Ynga, y por otro nombre Ynga Yupanqui, y dio la orden cómo habían de ofrecer los sacrificios, ilustró y, aun algunos dicen, fundó la Casa del Sol, tan famosa y rica en todo el Reino, llamada Curi Cancha, que significa Patio de Oro, por la mucha abundancia de plata y oro que en ella había. Aun algunos han querido decir que tuvo en ella el Ynga todas la suertes y diferencias, que había en este Reino, de árboles y semillas y animales bravos y domésticos y aves mansas y de rapiña, todas ellas echas de oro y plata, que, cierto, si ello fue así, no habido príncipe, rey ni monarca, desde la creación del mundo acá, que tan rico, precioso y admirable jardín de recreación haya hecho. Los huertos pensiles de Babilonia, uno de los milagros que celebra la Antigüedad, son nada en comparación de este huerto.

Todas las siete maravillas del mundo callen y se oculten con silencio para no celebrarse ya sino sólo esta. Sin esta Casa del Sol hizo otra para la Luna, también suntuosísima. Estas eran las huacas principales a quien el Ynga sacrificaba, y a quien tenía hechas estatuas con otra antiquísima, desde el primer Ynga Manco Capac, llamada Huana Cauri. Hizo después Ynga Yupanqui hacer el templo de Quisuar Cancha, dedicado al Hacedor, y donde puso su estatua. Llamábanle Pacha Yachachic, que significa Hacedor de Todo: era de oro, de la grandeza de un muchacho de diez años, figura de un hombre puesto en pie, el brazo derecho alto, con la mano casi serrada, y los dedos pulgar e índex altos, como persona que estaba mandando. Hizo este Ynga una consideración de buen filósofo, diciendo, que una cosa, que una pequeña nube ocultaba y casi privaba de su luz, como podía ser Dios, sino que sobre ella había otro más poderoso, y esto era querer ir recelando al soberano Señor y criador de todas las cosas. Pero no acertaban, aunque otros Yngas antes de éste también habían invocado al Hacedor con el nombre de Tepibiracocha; y, como los bienes que del Sol recibían, les eran tan manifiestos, le temían y adoraban, llamándose el Ynga ordinariamente Hijo del Sol. En el Templo dicho de Curi Cancha estaban las estatuas del Tieci, dicho del trueno y relámpago, que todos estos reverenciaban como a cosa temerosa y espantable, y que les podían hacer daño. Había juntamente muchos altares con diferentes ídolos y guacas porque tuvieron los Yngas esta orden: que en conquistando una provincia, luego traían consigo la huaca principal que en ella adoraban y reverenciaban, para, con este medio, tener más sujetos a los naturales de aquella provincia, y que della concurriesen al Cuzco, y a aquel famoso templo de todas las naciones de este Reino, con presentes y dones y sacrificios, cada cual a su ídolo y huaca, y así estaban más obedientes a los mandatos del Ynga, y contribuían personas que asistiesen en el templo del Sol, en guarda de su ídolo; y cada año enviaban para sacrificar lo necesario, según el uso y costumbre que cada pueblo tenía, y las cosas que ofrecían a sus ídolos.

Si se hubiesen de enumerar todos aquellos a quien hacían reverencia, sería cosa imposible, por no saberse sus nombres y ser infinitos. Los más conocidos eran los arriba dichos, y Antiviracocha y Ancocahua Pachacamac, que está junto a Lima, cuatro leguas, donde hay un famosísimo templo, al cual concurrían de todo el Reino como en romería. Titicaca, que fue otro frecuentadísimo edificio, en la Laguna de Chucuito, donde hay ahora una imagen, dicha de Nuestra Señora de Copacabana, en un pueblo que está allí fundado a cargo de religiosos del orden de San Agustín; la cual resplandece con infinito número de milagros, y, cada día, así españoles como indios experimentan la intercesión desta misericordiosa madre, con millones de millones de bienes espirituales y corporales, donde el demonio era visitado, honrado y adorado, y donde la majestad del omnipotente Dios era deservido y enojado. Ha sido servido que el día de hoy sea en su Santísima Madre, abogada nuestra, venerado, conocido y estimado, y estos miserables conozcan las mercedes que por su medio e intercesión reciben. Sin estas huacas e ídolos, había otros por todo el Reino, sin número, en las provincias, en los pueblos particulares en los ayllos y tribus, en las casas y caminos, montes, cerros, cuevas, piedras, encrucijadas, árboles, de manera que, cualesquiera cosa que excedía los límites y términos ordinarios, y que era admirable, espantosa, que causaba miedo, espanto o admiración, luego la adoraban y reverenciaban, y ofrecían sacrificios, y la tenían por negocio divino y sobrenatural, hasta las lagunas o ríos donde habían sucedido casos notables.

Las estrellas, el lucero, las cabrillas, las fuentes, manantiales, el arco del cielo, o si alguno juntaba un montón de piedras, y lo ponía en algún camino, y ellos llamaban apachitas, luego, todos los que pasaban, lo respetaban y adoraban. Todo esto procedía de su condición tan supersticiosa y miserable, o, por mejor decir y acertar, de que el demonio, permitiéndolo Dios, por sus pecados los tenía ciegos y entontecidos, que no acertaban en ninguna cosa, y buscando a Dios no le hallaban, pues tropezaban en las criaturas, y reparaban en ellas, adorando y reverenciando cosas sucias y bajas, y así se ha dicho en los demás capítulos, haciendo mensión de sus idolatrías, abusiones y huacas.

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