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Desarrollo


CAPITULO XXXIII Sigue el V. Padre su camino, visita de paso la Misión de San Gabriel, y lo que practicó en la de Saya Diego. Tan incesante era el anhelo de nuestro V. Padre Junípero para la consecución de establecer nuevas Misiones, que no saciándose jamás, hubo de morir con esta sed; si no es que diga, que viendo la imposibilidad de fundar (por falta de Ministros) las que ya había conseguido se erigiesen, este cuidado le abrevió el paso para salir de esta vida y pasar a la eterna, a pedir a Dios en la Corte Celestial Operarios Evangélicos para las nuevas Reducciones. Veía ya fundada la de San Luis, que era la quinta en esta nueva California; y faltaban tres de las proyectadas y entre ellas la que le llevaba la primera atención, que era la del Seráfico Doctor San Buenaventura, así por lo que se expresó en el Capítulo XXV, como porque concebía de la innumerable Gentilidad que puebla la Canal, que se había de conseguir mucho fruto con esta Misión, por ser el sitio destinado para ella el que se nombró la Asumpción de nuestra Señora, en donde había un gran Pueblo de Gentiles, aunque no había estado en él nuestro Apostólico Fr. Junípero. Con esta ansia salió de la Misión de San Luis, y apresurando las jornadas por lo que importaba su pronto arribo a San Diego, anduvo las ochenta leguas que hay de distancia hasta San Gabriel, todas pobladas de Gentilidad, y en las veinte de la Costa que forma la Canal de Santa Bárbara le pareció todavía mayor la abundancia de Pueblos de Gentiles que lo que le habían dicho; y robándole cada uno el corazón, con los deseos más eficaces de establecer en aquel tramo tres Misiones, llegó al término de la Canal, bajando de Monterrey, o principio de ella para la subida a aquel Puerto, que es el sitio y Pueblo de la Asunción; y supuesto que era el mismo lugar premeditado para la Misión de San Buenaventura, no quiso pasar adelante el V.

Padre sin registrarlo, como lo hizo acompañado del Comandante, pareciéndole a ambos ser terreno muy proporcionado para una buena Misión, por tener todas las circustancias que en las Leyes de Indias se previenen; y concluido el reconocimiento siguieron su viaje. Llegaron a la Misión de San Gabriel (que era la única que no había visto el V. Siervo de Dios) y le causó extraordinaria alegría ver ya allí tantos Cristianos que alababan a Dios. Procuró acariciarlos y regalarlos a todos, y juntamente a sus padres Gentiles, causándole especial complacencia ver aquella espaciosa llanada, capaz para fundar en ella una Ciudad. Dio a los Padres los parabienes y gracias por lo mucho que habían trabajado en lo espiritual y temporal; y sin admitir descanso alguno, salió a continuar su viaje con uno de los de aquella Misión, para que recibiese los avíos pertenecientes así a ella, como a la de San Buenaventura, y llegaron sin especial novedad al Puerto de S. Diego, el día 16 de Septiembre. Luego que se halló allí, sin tratar de tomar ningún descanso de un viaje tan dilatado (y para el V. Siervo de Dios tan penoso por el habitual accidente que padecía en el pie y pierna) se fue a estrechar con el Capitán y Comandante de los Barcos Don Juan Pérez, su Paisano, haciéndole presente la imposibilidad de transitar las ciento y setenta leguas que hay, de camino por tierra hasta Monterrey, pobladas todas de Gentiles, por carecerse de Mulas para ello, y de Tropa para resguardo de la recua; manifestándole al propio tiempo las necesidades que se habían padecido por la dilación de los Barcos, siendo causa de que muchos Soldados desertasen de la Tropa, y se introdujesen con los Gentiles, igualándose en sus depravadas costumbres; y que si los demás no habían hecho lo mismo, era por la expectación que tenían de la pronta venida del Barco; pero si ahora habiendo llegado dos, se quedaban con la misma necesidad, se marcharían, ocasionando la pérdida de las tres Misiones del Norte que quedaban fundadas.

Excusábase el Comandante de subir a Monterrey, por estar el tiempo tan avanzado, y que el Invierno le había de coger precisamente en aquel Puerto, no pudiendo aguantar el Paquebot los temporales de aquella altura. Pero el V. P. Junípero lo animó diciéndole, que confiase en Dios nuestro Señor, por quien se hacía este servicio, pues se dirigía ala conversión de las almas, y que el Señor no había de permitir contratiempo, cuando se hiciese a su Divina Majestad este servicio. Con estas razones eficaces, unidas al gran concepto que tenía hecho de la virtud del V. P. Junípero, y confiado en sus oraciones, se resolvió el Comandante Pérez a subir con su Paquebot, y carga a Monterrey, dando mano luego a disponerse para la subida. Evacuado este principal asunto de su bajada a San Diego, tiró a concluir los demás. Veíase el fervoroso Prelado con cuatro Misioneros en San Diego con el que había subido en compañía del P. Dumetz de la antigua California, y con Carta mía, en que le daba noticia de la subida de otros dos que le despaché desde Loreto, y en vista de esto, envió para Monterrey, con la recua de los víveres que remitía el Comandante Fages, a los Padres Crespí, y Dumetz, con el ánimo de dejar en San Diego con el Padre Fr. Luis Jayme al Padre Fr. Tomás de la Peña (de la Provincia de Cantabria) que acababa de subir de la antigua California, y con los otros, que esperaba, pasar a la fundación de San Buenaventura. Luego que se vieron desocupados, así de la salida del Paquebot el Príncipe para Monterrey, como de la de la recua de víveres que caminaba por tierra, trató nuestro V.

Fr. Junípero de la nueva fundación, esperando por instantes los dos Padres arriba dichos. Consultó el punto con el Comandante Fages para el efecto de la Escolta y demás auxilios necesarios para la fundación; pero halló cerrada la puerta, y que iba dando tales disposiciones, que si llegasen a ponerse en planta, lejos de poder fundar, amenazaban el riesgo de que se perdiese lo que tanto trabajo había costado para lograrse. Para atajar estos acaecimientos, de que podían resultar notables quebrantos, hizo el V. Padre cuantas diligencias le dictó su mucha prudencia y notorio alcance; pero nada bastó para lograr su intento. Este motivo le dió a conocer, que semejante novedad procedía de mutación en el Superior Gobierno, por la falta de los Señores Virrey y Visitador general, que habían pasado a España, a cargo de los cuales, como principales motores de esta espiritual Conquista, corría su protección; y que por no estar el nuevo Señor Virrey enterado de los nuevos Establecimientos, tomaba esta obra tan contrario semblante. Tratólo todo con los tres Misioneros que se hallaban en San Diego, los dos de aquella Reducción, y el otro de la de San Gabriel, y fueron de parecer que convenía fuese en el Barco que estaba próximo a salir para San Blas el V. P. Presidente, o el Misionero que gustase enviar, para ir a México a informar a S. Excâ. Desde luego le pareció al V. Padre muy conveniente este informe; pero para deliberar con mayor acierto, dispuso que el día siguiente 13 de Octubre, dedicado a San Daniel y sus Compañeros, se les cantase una Misa solemne, para que pidiesen a Dios luz para determinar lo que fuese de su mayor agrado, y que entretanto cada uno de los Religiosos por su parte lo encomendase a nuestro Señor.

Hiciéronlo así, y después de cantada la Misa, se juntaron los cuatro Misioneros, y fueron de parecer que fuese uno de ellos; y que sería más conveniente fuera el V. Padre, que como Presidente estaba impuesto en todo; pero que si por sus accidentes y avanzada edad no pudiese, nombrara al Religioso que gustase. En vista del dictamen de los tres Padres Compañeros, se avino nuestro V. Fr. Junípero a hacer el viaje de doscientas leguas por tierra, después de la navegación, olvidando sus accidentes y avanzada edad de sesenta años. Poniendo toda su confianza en Dios, por quien se sacrificaba, se embarcó en el expresado Paquebot San Carlos, que salió de San Diego el 20 de Octubre, y después de quince días de navegación dio fondo el 4 de Noviembre en San Blas, sin haber experimentado novedad alguna en el viaje. Desembarcó en aquel Puerto el V. Padre, y se halló con las novedades que demostrará el Capítulo siguiente en la copia de la Carta que insertaré, las cuales habría sabido en San Diego si se hubiera dilatado en salir algún corto tiempo, pues se las escribí por Septiembre en Carta que llevaron los Padres que le enviaba para la Misión de S. Buenaventura, que llegaron a San Diego a pocos días de haber salido de allí el Barco.

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